2. Carta a los Reyes Magos[1]
“¿Por qué se destinan a diario miles de millones a la guerra y no se reserva ni un céntimo para la medicina, los artistas y los pobres? ¿Por qué la gente tiene que pasar hambre, cuando en otras partes del mundo hay comida en abundancia, pudriéndose? ¡Dios mío!, ¿por qué el hombre es tan estúpido?”.
Ana Frank
Queridos Reyes Magos:
Me llamo Francisco Xavier, pero mis papás y hermanos me dicen Paco, tengo 44 años y mi cabeza va quedando cada vez más calva. Por lo tanto, pienso que ustedes al leer esta carta se estarán preguntando ¿Pero por qué este hombre pelón y barbudo nos escribe, si él bien sabe que nosotros sólo atendemos las cartas de los niños? Entonces permítanme hacer una pequeña aclaración para no molestarlos: Es verdad que tengo el cuerpo de un adulto y algunos comportamientos de adulto, como por ejemplo: a veces paso horas platicando con mis amigos en conversaciones aburridas, en vez de invitarlos a quitarnos los zapatos y mojarnos los pies en los charcos que dejó la lluvia; o a veces me aguanto las ganas de jugar luchitas con mi perro Juguete, y lo retiro con pequeñas patadas para que no maltrate mi pantalón negro recién planchado; u otras veces paso mucho tiempo encerrado leyendo en una tarde hermosa, en vez de salir a echarme una “cascarita” con los niños de mi calle, o a volar papalotes. Sí, en todo esto y en otras cosas más, me he dado cuenta de que ya he crecido y de que soy un adulto. Sin embargo, también es verdad que en otras muchas cosas creo que sigo siendo un niño. Por ejemplo: Sigo creyendo que ustedes existen y que hacen esfuerzos por traer juguetes a todos los niños del mundo, olvidándose de las pequeñas travesuras que hicieron durante el año. Ah pero sobre todo sigo creyendo que Dios nos ha dado un Ángel de la guarda que nunca crece y que permanece siempre a nuestro lado siendo un “Ángel niño”. Es decir; un Ángel que siendo adultos nos recuerda los tesoros que Dios les dio a los niños y que los adultos nunca debemos perder: el amor, el perdón, y las noches tapizadas con sueños hermosos.
Es por esta razón, y aconsejado por mi Ángel niño, que hoy he querido escribirles.
Queridos Santos Reyes, hoy no quiero pedirles nada material para mí, porque ya me han dado demasiado en los más de cuarenta años que tengo de vida. Sólo quiero pedirles -si no es mucha molestia- por todos los niños que no recibirán juguetes el día de mañana. Ayúdenles a entender que no es porque ellos sean malos o se hayan portado mal. Tan sólo es porque la tierra es muy grande y ustedes tan sólo son tres y no se dan abasto para repartir juguetes en tan solo una noche. Por tal motivo, quiero pedirles que despierten en los corazones de los adultos el deseo de ayudarlos a ustedes a repartir juguetes y amor a todos los niños del mundo, en especial a los más pobres, ya que ellos son muy amados por el Niño-Dios, que también nació pobre.
Ah se me olvidaba decirles que soy sacerdote y que por ahora vivo en un seminario, en medio de niños que en cuerpo de jóvenes se preparan para ayudar a los Reyes Magos en su labor de repartir amor por el mundo. Les pido que ustedes que están muy cerca del Niño-Dios le pidan por todos nosotros.
Gracias por leer mi carta y cuídense mucho.
Los quiere:
Paco
[1] Francisco Xavier Sánchez Hernández, El taller de Dios y otros cuentos e historias más, Ed. Edamex, México, 2009, p. 149-152.





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