Una reflexión en el año de la Fe

19. Santa María madre de Dios

Esta segunda parte del Ave María fue compuesta por la tradición de la Iglesia en el siglo XIV para encomendarnos a la protección de María. Dos preguntas: ¿Por qué llamamos santa a María? y ¿Por qué decimos que es madre de Dios?

 

Santa María. Si bien sólo Dios es Santo, Él nos llama también a buscar la santidad como nos lo recuerda el libro del Levítico 11, 44: “Yo soy el Señor su Dios, así que sean santos, porque Yo el Señor soy Santo.” Podemos decir que la santidad es la meta final en nuestra vida, nuestra vocación más profunda. Hemos nacido para la santidad. ¿Pero qué es la santidad? En pocas palabras podemos decir que “la santidad es la aceptación de Dios en nuestra vida”. Eso es todo, lo demás son sólo pretextos para alcanzar la santidad: trabajo, diversiones, estudio, etc. El egoísmo es exactamente lo contrario a la santidad. El egoísmo es querer hacer una vida sin Dios. La santidad es aceptar al Otro en mi vida (a Dios y al ser humano). Nacemos egoístas –como nos lo recuerda el filósofo judío Emmanuel Levinas– pensando sólo en nosotros mismos, como niños caprichosos que piensan que el mundo es sólo para ellos. El paso del egoísmo a la santidad es el paso del individualismo al reconocimiento y aceptación del Otro en mi vida. Y esta aceptación del “otro” (Dios y el ser humano) implica una renuncia a mi bienestar solitario (1Pedro 1, 14-16). No se busca la santidad por ella misma. Es siendo misericordiosos y compasivos con los demás que la santidad nos llega como regalo de Dios. Y no me refiero a la santidad de las estampitas o de los santos “canonizados” por la Iglesia; sino a la santidad de todos los días. A la satisfacción de terminar el día con la alegría de que hemos hecho bien nuestro trabajo: hemos amado. En este sentido si llamamos a María santa es porque su vida fue una constante entrega a los demás.

Madre de Dios. La santidad es la aceptación de la maternidad divina. Dejar que Dios nazca en nuestra vida. No se trata por lo tanto de una cuestión biológica sino de una especie de des-nucleación de nuestro ser que nos transforma. En este sentido todos estamos llamados a la experiencia de la “maternidad divina”, hombres y mujeres. Llevar a Cristo en mí es también llevar las penas y alegrías de mis hermanos. Jesús decía: “mi madre y mis hermanos son todos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.” (Lc. 8, 21). María es madre de Dios (en la persona de Jesús) no sólo por el hecho carnal de haberlo llevado durante nueve meses en su vientre; sino sobre todo por haberlo llevado en su corazón durante toda su vida y haber cumplido su Palabra. Una persona egoísta nunca podrá amar. El amor implica renuncia, sacrificio, maternidad. Es permitir que alguien más que yo pueda vivir en mí. Llevar al otro en mí es modificar mi existencia, es descubrirme otro del que yo creía ser. Es experimentar la alegría de la santidad, aún sin darle ese nombre.

Oración: “Gracias Señor por habernos dado a María como modelo de santidad. Ayúdame a buscar la santidad que consiste en renunciar a mi egoísmo. A morir a mí mismo para que otros puedan nacer en mí. Experiencia de maternidad divina que me permitirá nacer en el ser humano nuevo que Tú esperas de mí.” Amén.

Loma Bonita, Nezahualcóyotl, Estado de México, 12 de Mayo de 2013

Anuncios

3 thoughts on “Una reflexión en el año de la Fe

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s