41. Descendió a los infiernos (Reflexión en el Año de la Fe)

41. Descendió a los infiernos

Esta frase del Credo es una de las más difíciles de entender. Sin embargo se encuentra presente en la Biblia misma (1Pe 3, 18-19; Efesios 4, 9), y ha sido comentada también por los Padres de la Iglesia. ¿Qué significa eso de que Jesús bajó a los infiernos y de qué infiernos se trata?

La expresión utilizada en el griego del Nuevo Testamento es “katelthonta eis ta katôtata” que se traduce como “descender a lo que está debajo (de la tierra)”. En latín se tradujo como ínferos. Algunos comentadores bíblicos han tratado de explicar que Jesús –una vez muerto el Viernes por la tarde y antes de su resurrección a las primeras horas del Domingo– fue a redimir (salvar) a los que habían muerto antes que él. Hombres justos (los patriarcas, los profetas, etc.), pero también injustos, que no pudieron conocerlo por haber nacido antes que Él. Sin embargo yo –al igual que otros comentadores– comparto otra interpretación. Ya que nos podemos preguntar: ¿Dios no pudo haber aceptado –junto a Él– a tantos hombres justos de otras razas y culturas que murieron sin haber conocido a Cristo pero que practicaron el bien? El mismo Jesús, hablándonos del juicio final, nos dice que Dios aceptará en su Reino a personas que hicieron el bien sin saber que se lo estaban haciendo al mismo Señor (Mt. 25, 40).

Me parece que la expresión debe ser tomada más bien en sentido espiritual. “Bajar a lo más profundo”, no de la tierra sino del ser humano, es experimentar la ausencia de Dios. Una vida sin Dios se convierte en infierno. Jesús compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado; sin embargo Dios le permitió vivir no sólo la muerte corporal (que sufrimos todos los mortales) sino también la muerte espiritual. El grito de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). Es un grito que acompaña a Jesús a su sepultura. El silencio de Dios en Auschwitz (más de 6 millones de judíos asesinados en la II Guerra mundial); el silencio de Dios ante miles, millones de muertes inocentes en el mundo, es más fuerte e incomprensible que la muerte corporal. Hacer el bien y aparentemente morir abandonados por Dios, es el peor infierno y abismo que se pueda experimentar. Ya el filósofo ateo Frederick Nietzsche hablaba de la muerte de Dios como del más grande acontecimiento de la historia. Sin embargo la diferencia entre el loco que anuncia la muerte de Dios en Nietzsche, y Jesús que experimenta el abandono por parte de su Padre, es enorme. El primero ha perdido toda brújula en la vida, se alumbra con su propia linterna que después rompe. En cambio Cristo muere experimentando el abandono por parte de su Padre, es verdad; pero también satisfecho con él mismo –en paz– por haber hecho hasta el último momento la voluntad de su Padre. La frase que Jesús dice ante de morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Luc 23, 46), demuestra que aún en lo absurdo –el infierno de la injusticia humana– la confianza en Dios es más grande que el sin sentido del aparente triunfo del mal.

Oración: “Señor ayúdame a mantenerme fiel a ti sobre todo en los momentos en que Tú callas, cuando guardas silencio. En aquellos momentos que mi vida parece un infierno. Cuando estoy en el inframundo de mi existencia y tengo la tentación de refugiarme en mi egoísmo. Ayúdame a vencer la muerte no de mi cuerpo sino de mi espíritu.” Amén.

Vista Hermosa, Tlalnepantla, Edomex, DOMUND, 20 de Octubre de 2013

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