47. Creo en el Espíritu Santo (Reflexión en el Año de la Fe)

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47. Creo en el Espíritu Santo

La relación de Dios con el hombre, y del hombre con Dios, es una búsqueda continua en el Amor y en el Deseo de uno para con el otro. Decir en la profesión de fe: “Creo en el Espíritu Santo” equivale a señalar el más alto grado de intimidad que se pueda tener entre el Creador y su criatura. El Espíritu Santo es la presencia misma de Dios en cada ser humano. Dios no está ya fuera (el Padre), ni siquiera junto a mí (el Hijo), sino que está dentro de mí (el Espíritu). Dios me habita. Extraordinaria “deificación” del hombre que se convierte así en tabernáculo, santuario, portador de Dios mismo como regalo para la humanidad.

Nuestra búsqueda de Dios es algo que ha ido evolucionando con el paso del tiempo hasta llegar a una relación muy particular que los cristianos llamamos “vivencia” de Dios, o también creencia en el Espíritu Santo que nos constituye. En el fondo se trata de una extraordinaria historia de amor. La Historia de la humanidad se puede comparar con la historia particular de cada ser humano. Primero se pasa de la idolatría de ídolos paganos a la creencia en un Dios único al que llamamos Padre. Posteriormente nos damos cuenta de que tenemos además un hermano mayor, Hijo del Padre y hermano nuestro, que nos muestra el camino para vivir mejor como hermanos. Jesús de Nazaret, hermano nuestro, se sigue haciendo presente misteriosamente en la Historia humana en cualquier persona que yo encuentro en mi camino. Entender que el amor a Dios (al que yo buscaba arriba), pasa por el amor a todo ser humano (el que camina a mi lado), y vivir esto, es experimentar el Espíritu de Dios en mi vida.

Ahora bien, la experiencia del Espíritu de Dios no es exclusividad de los cristianos porque es la experiencia misma del Amor, y éste está al alcance de todo ser humano creyente o no. Por lo tanto decir: “creo en el Espíritu Santo” comporta una actitud específica de vida. No se puede decir con los labios lo que el corazón no experimenta. Es como decirle a alguien “te amo” cuando los hechos demuestran lo contrario. Vivir la experiencia del amor es “conocer” a Dios. Pero no se trata aquí de un conocimiento intelectual y académico sino vivencial. Sólo se conoce aquello que se ama. El amor nos une a Dios porque Dios es amor.

El Espíritu de Dios se simboliza en la Biblia como aire y como fuego. El aire entra en nosotros y nos permite vivir. Dios sopla en Adán un aire (Espíritu) que le da vida. No hemos nacido para la materia, barro, lujos y dinero, sino para ser portadores del Espíritu de Dios en nosotros. Hemos nacido para amar, todo lo demás son pretextos. Pentecostés es recibir el aire fresco de Dios en mis pulmones, y en mi vida, que me permite abrir la puertas del egoísmo y hablar lenguas nuevas para comunicarme con mis hermanos y hermanas, comprometerme con ellos y ellas. El Espíritu de Dios también es fuego que quema el egoísmo que hay en mí y que me purifica (como crisol al oro) para hacer de mi la creatura nueva que Dios espera de mí.

Oración: “Ven Espíritu Santo y quema en mí todo el egoísmo que aún existe, purifícame e infúndeme en mí tu Espíritu. Sopla en mí el deseo de amarte y de servirte a través de mis hermanos.  Amén.

Ixtapaluca, Estado de México, 20 de Noviembre de 2013

 

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