22. Pobreza y vulnerabilidad en la justicia mexicana.

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22. Pobreza y vulnerabilidad en la justicia mexicana

El día de hoy México perdió ante Holanda en los últimos minutos del partido. Se ha esfumado la posibilidad de jugar un 5º, 6º partido, y tal vez de haber sido los campeones del mundo. Se nos ha ido la posibilidad utópica de gritar: ¡Somos los mejores del mundo en futbol! Ha llegado el momento de regresar a nuestra realidad: la corrupción, la violencia y la enajenación cultural que vivimos en nuestro país. Comparto con ustedes la reflexión que presenté en el 2º Encuentro de Derechos Humanos, Jurisprudencia y Presupuestos de la Ética, organizado por la SCJN, el 27 de Junio de 2014.

Buenos días, el tema de esta mesa de dialogo tiene como título “Equidad social y grupos en situación de vulnerabilidad”. Por mi formación profesional: filosofía, abordaré el tema no tanto desde una perspectiva jurídica, sino más bien filosófica y antropológicamente, para buscar lo que debe estar a la base en la impartición de justicia, a saber la salvaguarda de los Derechos Humanos y del Principio Pro-persona; de todo ser humano en general, y más en particular de aquellos y aquellas que viven en situación de vulnerabilidad. ¿Y cuál es la situación de vulnerabilidad que de cierta manera reagrupa a las personas que son más susceptibles de sufrir social y jurídicamente: por ejemplo migrantes, desempleados, indígenas, etc.? Me parece que es la pobreza. Por lo tanto el título de mi reflexión es el siguiente: “Pobreza y vulnerabilidad en la justicia mexicana”.

Comienzo reflexionando sobre la palabra “equidad”, ya que me parece que la etimología misma de esta palabra, nos permite entender el combate a la pobreza como un elemento importante y central en la impartición de justicia. ¿Qué significa la palabra “equidad”?. Equidad viene del latín aequitas, de aequus, que se ha traducido como “igual”. Y del griego epieikéia [επιεικεία], que consiste en la virtud de la justicia aplicada a casos concretos. Es decir que la palabra equidad indica la idea de justicia como “corrección” más que como “igualdad”. Como vamos a ver, la idea de equidad en su etimología latina, pero sobre todo griega, no manifiesta la idea de igualdad numérica 1=1 por ejemplo. Sino la idea de “reponer” o “restaurar” –movidos por la bondad– lo que la Ley escrita no siempre alcanza a ver. En términos bíblicos Jesucristo decía que el Sábado –es decir la Ley escrita– fue hecho para el hombre y no el hombre para la Ley (Marcos 2, 27); y el Principio Pro-persona manifiesta la misma idea en términos jurídicos. El Diccionario de la lengua española, por su parte, define la equidad como: “Bondadosa templanza habitual. Propensión a dejarse guiar, o a fallar, por el sentimiento del deber o de la conciencia, más bien que por las prescripciones rigurosas de la justicia o por el texto determinado de la ley. Es la justicia natural, par oposición a la letra de la ley positiva”.[1] Es decir que etimológicamente la palabra equidad no es sinónimo de igualdad, sino más bien de reparación –o corrección– de lo desigual. Ya que si bien la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece en su artículo 1 que: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”, en la practica bien que sabemos que no es así. No es lo mismo nacer pobre que nacer rico cuando se trata de reclamar justicia, y esto en cualquier parte del mundo pero en particular en México, de quien ahora hablamos. No es lo mismo nacer indígena que nacer mestizo; hablar dialecto que hablar español; ser analfabeta que tener estudios, en fin. Como decía un amigo mío a manera de broma: “en México todos somos macehuales, paro hay algunos más iguales que otros.”

Con lo dicho hasta ahora vemos que en la sociedad actual hemos malinterpretado la idea de “equidad”, ya que la hemos entendido desde una perspectiva puramente igualitaria A = A, quitándole la dimensión de “justicia correctiva” que esta palabra comporta. Por poner un ejemplo muy sencillo y de la vida cotidiana. Para que toda una familia pueda sentarse a comer, la equidad no consiste en que todas las sillas sean iguales, sino en que haya sillas adaptadas a las necesidades de algunos miembros de la familia. Los bebés necesitarán sillas especiales para bebés; los niños pequeños sillas un poco más altas para que puedan alcanzar el nivel de la mesa, los discapacitados –si es que los hay– sillas adaptadas a sus necesidades, etc. Desde este punto de vista incluso la repartición de la comida no consistirá en repartirla en tantos iguales (matemáticamente); sino en darle a cada unos según sus necesidades alimenticias (vitales).

Se dice que la justicia es ciega porque debe aplicarse a todos por igual, ser imparcial. Sin embargo hay casos que no son contemplados por la justicia universal, y es allí donde debe entrar la sensibilidad del juzgador, para corregir lo que la justicia universal no alcanza a ver. Aristóteles explica todo esto con gran claridad en su libro Ética a Nicómaco, donde hace precisamente la diferencia entre la justicia y la equidad. Para el filósofo griego la justicia y la equidad tienen cierta semejanza, pero la equidad supera a la justicia porque la corrige: “Por tanto, lo justo y lo equitativo son lo mismo; y siendo ambos buenos, es, con todo, superior lo equitativo. Lo que produce la dificultad es que lo equitativo es en verdad justo, pero no según la ley, sino que es un enderezamiento de lo justo legal. La causa de esto está en que toda ley es general, pero tocante a ciertos casos no es posible promulgar correctamente una disposición en general.”[2] Aristóteles, en el siglo IV a.C., ya preveía una corrección en la impartición de justicia. La justicia es buena pero la corrección de la justicia, a la que él llamaba equidad, es aún mejor. Dice Aristóteles: “Por tanto, lo equitativo es justo, y aun es mejor que cierta especie de lo justo, no mejor que lo justo en absoluto, sino mejor que el error resultante de los términos absolutos empleados por la ley. Y esta es la naturaleza de lo equitativo: ser una rectificación de la ley en la parte en que esta es deficiente por su carácter general.”[3] Para Aristóteles es importante corregir en casos particulares los erros de la justicia que se dirige a lo universal. El bien del hombre individual debe estar por encima de la Ley universal. ¿En México cómo se cumple esto?

Me parece que en México también en muchos casos se hacen excepciones a la Ley, pero no para favorecer los intereses de los más vulnerables sino al contrario, de los que tienen el poder; ya sea político, económico, religioso, jurídico, etc. Y en estos casos ya no hablamos de equidad, como corrección o perfeccionamiento de la justicia, sino de corrupción, como descomposición de la justicia.

¿Y por qué tendríamos que favorecer los intereses de los más vulnerables en la impartición de justicia, a quienes yo he englobado con el termino genérico de pobres? Por dos razones básicas: una económica y la otra ética.

Primero económicamente porque son la mayoría, no sólo en México sino a nivel mundial. “Alrededor de 2.800 millones de personas, esto es el 46% de la humanidad, viven por debajo de la línea de la pobreza que el Banco Mundial fija en 2 dólares diarios. Una pobreza tan inconcebible vuelve a estas personas especialmente vulnerables ante cambios insignificantes de las condiciones naturales y sociales, y también las expone a muchas formas de explotación y abuso.”[4]El origen de muchos males de nuestra sociedad mexicana (migración, vandalismo, desempleo, etc.) tiene su origen en la mala distribución de la riqueza que vivimos en nuestro país. Por lo tanto un impartidor de justicia que dé prioridad a las exigencias de los pobres, no hace nada extraordinario, sino que busca responder al llamado de la mayoría de la población. Y segundo éticamenteporque en la defensa del débil y vulnerable nos jugamos nuestra humanidad, es decir nuestra razón de estar en mundo. Analicemos con un poco más detalle estas dos razones de lo que podríamos llamar “la opción preferencial por los pobres” en la impartición de justicia.

1. Economía y justicia. El pobre visto desde una perspectiva social.

¿Cómo fue que surgió la idea de justicia en la historia de la humanidad? No nos detendremos a hacer largos estudios sobre el origen de la justicia en el mundo. Solamente recordaremos que a la base del surgimiento de la justicia está la idea de protección de algunos sobre la voracidad y el egoísmo de otros. El pensador inglés Thomas Hobbes, en el siglo XVII,afirmaba que “el hombre es un lobo para el hombre”, es decir que de cierta manera nacemos egoístas y buscamos destruir al otro. ¿Se trata de una concepción infundada y pesimista de nuestra condición humana? Lamentablemente pareciera ser que no, ya que la historia de la humanidad corrobora la agresión de unos (los fuertes) sobre los otros (los débiles). La justicia entendida de esta manera busca poner límites y controlar la maldad humana, nuestros deseos más profundos de tener, poseer, o incluso de matar al otro con tal de asegurar nuestro predominio individual sobre los demás seres humanos. Se hacen por lo tanto contratos sociales que aseguren la paz y la supervivencia humana. Ahora bien, si la justicia siempre ha sido buscada por los débiles para protegerse de la agresión de los más fuertes; de los pobres con respecto de los ricos; de los negros en relación a los blancos; de la mujer hacía el varón, etc., con el paso del tiempo debemos estar atentos para ir corrigiendo a la misma justicia, que muchas veces traiciona sus propios orígenes para situarse de lado de los poderosos. Y tenemos así que varias leyes en la actualidad, y en nuestro país, no tienen ya nada que ver con los intereses de las clases vulnerables que –aunque son mayoría como población– no cuentan con los elementos ideológicos, políticos e intelectuales, para poder defenderse.

Un gran malestar de la sociedad mexicana tiene que ver con la manera tan distinta en que se imparte justicia en nuestro país, dependiendo de la situación económica de las personas involucradas, y esto en todos los niveles. En los medios de comunicación escuchamos a menudo decisiones legales que favorecen a los poderosos aún a sabiendas de los robos, engaños y fraudes que han cometido. Y por otra parte nos encontramos con personas inocentes que son inculpadas injustamente, pero que por ser pobres no pueden defenderse.

Por lo tanto, y a manera de primera conclusión, es importante que para que la justicia cumpla realmente su función de regular una buena convivencia entre los habitantes de una sociedad, el juez e impartidor de justicia no se deje deslumbrar por intereses económicos, y esté más bien atento para corregir lo que las leyes no logran escuchar y que es el llanto de los pobres.

2. Ética y justicia. El pobre escuchado desde su individualidad.

La justicia al igual que la ética son universales ya que se dirigen a todos los seres humanos sin excepción. Sin embargo cada persona tiene un rostro concreto como nos lo recuerda el filósofo judío Emmanuel Levinas. Cada persona tiene su propia historia, sus propios temores, alegrías, etc. La Ley tiene la gran ventaja de que es universal, pero esa ventaja se vuelve debilidad en casos concretos que la Ley no contempla. A los seres humanos no se les puede juzgar en montón, como si fueran borregos, sino individualmente. Un juicio que muchas veces se complica por elementos no siempre contemplados por la norma escrita. Es aquí donde entra en juego la sabiduría del juzgador de la que hablaba Aristóteles en las primeras citas que señalamos al hablar de la equidad.

¿Qué hacer cuando el juzgador no encuentra una respuesta clara ante un caso concreto? ¿En dónde leer lo que no está escrito? La bondad es más importante que la justicia, porque la bondad surge del corazón y la justicia del intelecto. Ser inteligente y conocer las leyes es algo bueno; pero ser inteligente y más aún tener sensibilidad de corazón a la hora de juzgar es algo extraordinario. Ya nuestros antepasados en México, los sabios Tlamatinimes, habían encontrado que para poder ser persona se necesitaban dos elementos: tener un rostro (ixtli) pero también un corazón (yóllotl). En la cultura mesoamericana venimos a la tierra sin rostro, es decir anónimamente. El poder llegar a ser “alguien” y tener una personalidad es un esfuerzo que tiene como base la educación y el aprendizaje. Ahora bien no se trata solamente de acumular conocimientos en la cabeza, de llegar a ser eruditos en algo, sino de una educación que tenga como base a los demás, una actitud moral. Si el rostro hace hincapié en la sabiduría, el corazón lo hace en el movimiento, en el dinamismo que nos motiva a actuar. Tener un rostro y un corazón es ser un hombre integro, que sabe utilizar su sabiduría y conocimientos al servicio de los demás. Comenta León-Portilla: “El “dar su corazón a alguna cosa” equivale a ir en pos de algo. El corazón (yollotl –voz derivada de yoli, “él vive”–, significa literalmente “vitalidad”, es decir aquello que confiere dinamismo al yo.” (p.191). Ser persona es ser responsable del otro tanto intelectual (teórica) como vivencialmente (prácticamente). La sabiduría tiene que ser movida por las entrañas, por el corazón, en el momento de tratar y más aún de juzgar a mis semejantes. En los discursos de los ancianos conocidos como Huehuetlatolli se dan consejos a hombres y mujeres sobre la manera de comportarse con los demás. Ser persona en el mundo náhuatl es vivir comprometido con el otro, servirlo, ayudarlo, adquirir un rostro y un corazón gracias al servicio que se da a los demás; para poder salir del anonimato que es la ignorancia y el egoísmo.

Por lo tanto, y a manera de segunda conclusión, es importante que el juez e impartidor de justicia sea un hombre sensible y misericordioso. Alguien que se deje afectar por la vulnerabilidad y por la pobreza del otro. Un ser humano que haya adquirido un rostro (gracias a su esfuerzo intelectual) pero también un corazón (gracias a su sensibilidad humana).

[1] Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, T. I., Ed. Espasa Calpe, Madrid, 2002, Voz: equidad, p. 943.

[2] ARISTÓTELES, Ética Nicomaquea, UNAM, México, 2012, (1137b), p. 129.

[3] Op. cit., (1137c), p. 1139. También se puede ver el articulo de Alberto Buela, en: http://bitacorapi.blogia.com/2011/120101-equidad-epieikeia-la-excepcion-ante-la-ley.php

[4] Thomas POGGE, La pobreza en el mundo y los derechos humanos, Ed. Paidós, Barcelona, 2005, p. 14.

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