17. Juventud y encuentro con Cristo

Posted on Actualizado enn

17. Juventud y encuentro con Cristo 

Comparto con ustedes un artículo que me han pedido de las Obras Misioneras Pontificias de México (OMPE), y que será publicado en el mes de Junio del presente año en su Revista Ad Gentes. Ese número será dedicado al tema de los jóvenes y de las vocaciones. Me han pedido que comparta mi experiencia vocacional. He intitulado a mi artículo: Juventud y encuentro con Cristo. En la Revista aparecerá con algunas fotos. 

Me dirijo a los jóvenes. Quiero compartirles mi experiencia de cristiano, de filósofo y de sacerdote. Jóvenes en primer lugar de edad, pero también de corazón. Porque así como da mucha tristeza ver a personas acabadas y sin ilusiones a los 20, es causa de gran alegría encontrarse con “jovencitos” que ya cuentan tal vez con 80 años de vida, pero que siguen con las mismas ilusiones que cuando tenían 18. En primer lugar hablaré de las características principales que yo considero debe tener un joven. En segundo lugar les diré quién es Jesucristo para mí. Y finalmente les platicaré cómo fue que quise ser sacerdote.

1. La juventud el mejor momento para enamorarse de Cristo.

La mejor edad para enamorarse de Cristo es la juventud. Claro está que cualquier edad es buena para dejarnos seducir por Él. Sin embargo la juventud reúne varios elementos que ayudan a tener un encuentro más profundo y sincero con el Señor, como son la libertad, la rebeldía y el idealismo.

Ser joven es ser libre. Es experimentar todo un abanico de posibilidades en nuestra vida. Es como encontrarse en un campo donde hay muchos senderos posibles por tomar: ¿Qué estudiar? ¿Con quién salir? ¿Qué hacer de mi vida? Es experimentar –como dice el filósofo Sören Kierkegaard– la angustia ante la decisión, pero también la alegría de la diversidad de opciones. Conforme vamos avanzando en la vida nuestras opciones se van reduciendo. A mi parecer las decisiones principales se toman entre los 15 y los 25 años de edad. Un deporte, un tipo de música, tomar o no tomar, fumar o no fumar, una carrera, una novia, una esposa, una profesión, un trabajo, etc.

Ser libre es no dejarse encerrar en los dogmas establecidos sino ser creativos y abiertos. Un joven pierde su juventud cuando se instala, cuando se vuelve conformista, cuando él mismo se corta las alas. Por eso hay varios adultos e incluso ancianos que siguen siendo libres, y varios jóvenes que ya han envejecido cuando han perdido su libertad. Jesús fue el hombre libre por excelencia, alguien que supo inventar, alguien que no se instaló en las normas políticas ni en los dogmas religiosos de su tiempo, por eso es seduce tanto a los jóvenes cuando se le conoce.

Ser joven es ser rebelde. Es tener rabia por la manera cómo está organizado el mundo. Poquitos que tienen de sobra y la mayoría que prácticamente se mueren de hambre, políticos y servidores públicos corruptos, calentamiento global, guerras, etc. No es que el mundo esté mal hecho, somos los seres humanos quienes lo hemos administrado mal. Amo a México mi país, pero siento que está hecho una “mierda”. Lamento escribir esta palabra pero no he encontrado otra mejor que pueda describir el nivel de descomposición moral, política y económica en que vivimos. Y lo peor de todo es que los jóvenes se acostumbren al olor del excremento.

Ser joven es sentir hervir la sangre de coraje ante las injusticias sociales, ante dogmatismos religiosos que aprisionan a los hombres en vez de liberarlos, ante sistemas económicos que explotan y llevan a la miseria a millones y millones de hombres. Un joven pierde su juventud cuando pierde la capacidad de indignarse. Jesús ha sido el rebelde por excelencia. Alguien que no dejó de criticar el egoísmo y el aburguesamiento de su tiempo, por eso no deja de seguir atrayendo a los jóvenes cuando lo conocen.

Ser joven es ser idealista. Es soñar, imaginar y anhelar un mundo más justo, un país mejor, ser cada día más buena persona. Es saber que otro mundo es posible y comprometerse para conquistarlo. Por eso las grandes revoluciones en el mundo han comenzado con los jóvenes. Dejar de ser joven es conformarse, caer en la apatía y pensar que la realidad es así y que ya nada se puede hacer para cambiarla.

Ser joven es ser inventivo y propositivo. Es inscribirse en la lista de los grandes utopistas de la humanidad que lucharon por construir un mundo más humanos que como ellos lo encontraron, como Sto. Tomás Moro, Gandhi, Luther King, o el Beato Oscar Arnulfo Romero, por citar sólo algunos nombres. Un joven pierde su juventud cuando deja de soñar. Jesús ha sido el más grande idealista de la historia. Alguien que llamó a su proyecto el Reino de Dios. Un Reino de paz, de justicia y de fraternidad, que empieza como una semillita en el corazón de cada hombre.

2. Quien es Jesucristo para mí.

En la historia de la humanidad han existido hombres y mujeres que han dejado huella de su paso por el mundo: Sócrates, Agustín de Hipona, Leonardo da Vinci, Gandhi o Teresa de Calcuta, por citar algunos nombres. Sin embargo ninguno ha marcado tanto mi vida, ni la historia, como lo ha hecho aquel joven judío, carpintero de Nazaret, llamado Jesús.

¿Quién es Jesús para mí? Él es mi amigo, mi Maestro, el modelo del ser humano que yo quisiera llegar a ser. Yo a Él lo conozco desde hace muchos años, e incluso antes de saber hablar, y de articular correctamente las palabras, ya balbuceaba yo su nombre: “Jesús”, en las primeras oraciones que me enseñó mi madre. Más tarde en el catecismo lo fui conociendo un poco más hasta que caí “enamorado” de Él en la adolescencia. Entre Él y yo había algunas extrañas coincidencias que remarqué muy pronto: pobres de nacimiento, de padres carpinteros y de familias muy religiosas. Pero además de esas coincidencias –puramente accidentales– encontré en su vida y predicación una denuncia social, espiritualidad, libertad y rebeldía, que no han dejado de seducirme.

Jesús crítico social. No me gusta el mundo en el que vivo. Pocos que tienen de sobra y muchos que mueren de hambre. No podemos entender la vida de Jesús sin su denuncia política, económica y social, a la sociedad de su tiempo, que sigue siendo valida hasta nuestros días. Frases como “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”; “No se puede servir a Dios y al dinero”; o “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los Cielos”, no han dejado de seducirme y de inquietarme. Aún antes de que leyera yo los análisis económicos de Marx o el compromiso político del Che Guevara, Jesús sembró en mí el anhelo de buscar la justicia sobre todas las cosas. Proyecto que Jesús llamaba “El Reino de Dios”. “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás les será dado por añadidura”, Él decía.

Jesús hombre de fe. Sin embargo, a diferencia de grandes revolucionarios de todos los tiempos, para Jesús la dimensión social y horizontal de la justicia debe estar unida a la dimensión espiritual y vertical de la fe. Porque “no sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que proviene de la boca de Dios”. El activismo de Martha debe ser precedido por la escucha espiritual de María. Para cambiar la injusticia social primero debo comenzar, cambiando el egoísmo de mi propio corazón. Un cambio muy lento –para los que somos ansiosos– pero que para Jesús da mejores resultados. Es como la semilla de mostaza que siendo pequeña llega a convertirse en un árbol grande, por ejemplo.

Jesús hombre libre y rebelde. Para mí Jesús es el prototipo del hombre libre por excelencia. Alguien que no se dejó aprisionar por nada ni por nadie. Criticó, tanto a su propia religión –el judaísmo– como al sistema político y económico de su tiempo. Para Jesús la base de su actuar no era la Ley sino la promoción y el bienestar del ser humano. Un hombre rebelde, radical y libre, como lo fue también Juan el Bautista llegó a decir de Jesús: “Yo no soy digno de desamarrarle siquiera las correas de sus sandalias”. Jesús un hombre con agallas. Alguien que no le tenía miedo a nada ni a nadie, alguien que no tenía prudencia ni diplomacia al decir las cosas. Las decía de sopetón. Sus palabras eran como flechas calientes que confortaban a unos (los pobres) y hacían rechinar los dientes a otros (los ricos y poderosos), por eso duró tan poco.

¿Qué significa para mí decir que creo en Jesús? Para mí decir que creo en Jesús representa la seguridad y la confianza de que Él sigue vivo. Jesús para mí no es un bonito recuerdo histórico, como alguien que hizo el bien y murió hace muchos años (como lo pensaban los discípulos de Emaús al principio), sino que es Alguien presente en mi vida y en la Historia. Jesús para mí es el Deseo más profundo de mi alma, pero también la añoranza más triste de mi debilidad. Es esa tensión desgarradora entre buscarlo o esconderme de Él; entre seguirlo muy de cerca o alejarme caminando a mi ritmo; entre amarlo a Él y a mí a través de Él o amarme a mí y a Él a través de mí. Creer en Jesús significa para mí creer en el ser humano y creer en mí mismo (que en ocasiones resulta más difícil). Es buscar mantener un justo equilibrio en mi amor. Ya que para amarlo a Él –a quien no puedo ver– debo amar a mis hermanos a quienes veo todos los días; pero para amarlos a ellos bien, debo de amarlo a Él. Relación que no puede ser entendida con la lógica de la razón sino con la de los sentimientos y con la de la fe.

3. Por qué quise ser sacerdote.

Yo vengo de una familia de escasos recursos. Mi padres emigraron de Chiapas a la ciudad de México cuando yo tenía tres años de edad, en busca de mejores condiciones de vida. En mi infancia mi vida osciló entre buscar mi propio bienestar o buscar la justicia. Nunca me gustó ser pobre ¿a quién le ha de gustar? Recuerdo que cuando yo era niño (entre 8 y 9 años de edad) me gustaba dejar el barrio pobre y sin pavimentar donde yo vivía e irme a caminar a Satélite (una zona muy bonita y elegante de la zona). Me iba allá para escoger la casa y el automóvil que yo tendría cuando fuera grande. Pero recuerdo también que en aquel tiempo, y aún sin haber leído nada de Marx ni del Che Guevara, ya me daba yo cuenta que el mundo estaba mal hecho (o mejor dicho, mal administrado). Pocos que tenían mucho y muchos que teníamos muy pocos. Mi papá siendo carpintero, y trabajando en obras en construcción, me llevaba los fines de semana a trabajar con él, para que me diera yo cuenta de la crudeza de la vida.

Sí, de chico quería yo ser rico pero también quería yo ayudar a los demás. Muy pronto me di cuenta que para poder ser rico y poder llegar a ser “alguien” en la vida, necesitaba estudiar. No había de otra. Así es que estudié lo mejor que pude la secundaria y la preparatoria. Sin embargo tampoco se alejaba de mí la idea de consagrar mi vida ayudando a otros. Difícil dilema.

Fue casi al terminar la preparatoria que llegó a mis manos, por casualidad, la revista “Esquila Misional” de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús. Fue un tremendo “shock” en mi vida cuando leí un artículo intitulado “Cartas desde la misión”. Un sacerdote mexicano escribía todo lo que hacía en una misión muy pobre de África y decía sentirse muy feliz, además había varias fotografías de él en su misión, donde se le veía muy contento en medio de tanta miseria. Conforme iba leyendo yo su carta mi corazón palpitaba y se llenaba de felicidad. ¡Eso era lo que yo quería ser! Al termino del artículo había una nota que decía: Si quieres ser misionero háblanos a este número de teléfono. Recuerdo que de inmediato hablé por teléfono sin saber si siquiera qué es lo que quería decir o preguntar. Todo lo demás ustedes ya se lo han de imaginar. Ocho años de seminario, cuatro en México y cuatro en el extranjero (Paris, Francia), para prepararme a ser sacerdote.

Concluidos mis estudios sacerdotales llegué como Diácono al Valle de Chalco. En aquel tiempo (fines de los ochentas) era una de las zonas más pobres de la periferia de la ciudad de México. Lugar donde inició el entonces presidente Carlos Salinas su programa Solidaridad, y lugar a dónde llegó el Papa Juan Pablo II en 1990 cuando quiso visitar una zona pobre de la Ciudad de México. Muy pronto me di cuenta de la presencia de “Chavos banda” en la zona. Jóvenes, adolescentes y a veces niños, que deambulaban por las calles muchas veces drogándose.

En ese contexto experimenté como un segundo llamado de parte de Dios para ocuparme de ellos. Me incardiné a la Diócesis de Nezahualcóyotl, Estado de México, y le dije a mi Obispo –el día mismo de mi ordenación– que cuando él quisiera enviarme a una parroquia yo le pedía me envira de favor a una de las zonas más pobres de la Diócesis. Me tomó de inmediato la palabra y menos de un mes después de mi ordenación (24 de Noviembre de 1991), fui destinado como párroco al lugar mismo en que había llegado el Papa. Lo que es hoy la Catedral del Beato Juan Diego, pero en aquel tiempo era sólo una capillita con laminas de cartón y sin puerta. Trabajé 5 años como párroco (3 en esa parroquia y 2 en otra nueva, en una zona de paracaidistas) ocupándome principalmente de acompañar a chavos banda. Fruto de aquel trabajo, tiempo después, salió mi libro: Evangelio pa´la Banda (Ed. San Pablo, 2014) que realicé en coautoría con mi amigo el P. Federico Loos, sacerdote estadounidense que ha trabajado la mayor parte de su vida “alivianando” a la banda.

Casi cinco años después de haber sido ordenado sacerdote mi obispo me propuso seguir estudiando Filosofía –que es lo que le dije que a mi me gustaba–, porque necesitaba profesores para el seminario. Tuve que pensar mi futuro como sacerdote nuevamente y le dije que sí. Era como un tercer llamado dentro de mi mismo sacerdocio. Siempre he considerado que la mejor manera de ayudar a nuestros hermanos es a través de la educación. Hay una frase asiática que dice: “Si me das un pescado comeré un día, si me enseñas a pescar nunca más tendré hambre.”

Al principio me iba yo a Paris por 2 años, al final me quedé poco más de 7. Obtuve dos Doctorados en Filosofía: Uno por el Instituto Católico de Paris y otro por la Universidad de Paris IV La Sorbona. Mi tesis fue sobre el tema: “La verdad y la justicia, el llamado y la respuesta en la filosofía de Emmanuel Levinas”. Regresé a México a fines del 2003 y desde entonces me he dedicado a la enseñanza y a la investigación. En la actualidad he publicado 8 libros (uno en Francia y otro en Alemania). Soy profesor de Posgrado en Estudios Latinoamericanos en la FFyL de la UNAM, donde imparto un curso semanal de Maestría sobre pobreza e injusticia en América Latina, y también soy profesor y coordinador de la Cátedra de Ética Social: ¿Cómo los pobres visualizan y enfrentan la pobreza? en la Universidad Anáhuac Norte. Desde Enero del presente año, me han aceptado en el Sistema Nacional de Investigadores, Nivel I.

Estoy contento de ser sacerdote y profesor de filosofía. Tengo 51 años de edad y me sigo considerando joven. Es decir libre, rebelde e idealista. ¡Eso espero! porque siempre hay el riesgo de envejecer instalándonos en las comodidades, en lo ya adquirido. Antes te terminar, y de manera humorística, comparto con ustedes un texto que escribí cuando cumplí mis primeros 10 años sacerdotales. En él relato como me imagino que Jesús, el Maestro, me eligió para seguirlo y ser sacerdote. Que Dios los bendiga y si los llama no tengan miedo en decirle que sí.

Texto evangélico apócrifo sobre la vocación de Francisco

Jesús ya había llamado a sus doce discípulos y estaba a punto de partir, cuando un joven rico corrió a su encuentro, se arrodilló delante de él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?”. Jesús le respondió: “Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre”. El otro contestó: “Maestro todo esto lo he practicado desde muy joven”. Jesús sintió cariño por él y dijo en voz baja a sus discípulos: “Aunque ya no pensaba llamar a nadie más, aún no he llamado a nadie de este pueblo”. Después, miró con cariño al joven y le dijo: “Sólo te falta una cosa: anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme”. Cuando el otro oyó estas palabras, se sintió como golpeado, porque tenía muchos bienes, y se fue triste. Entonces algunos discípulos se rieron discretamente al constatar la poca eficacia de las palabras de su maestro y siguieron caminando. Jesús los detuvo y dijo: “¡No! Esperen que aún nos falta alguien más”. Entonces miró entre la multitud como buscando a alguien. Esta vez no quería equivocarse. Había varios jóvenes alrededor de él ya que muchos querían conocerlo. Entre ellos se encontraba Francisco, hijo de Benjamín, el carpintero de Acatzingo, y de Micaela, la mujer que servía en la Iglesia, hermano de Benjamín, Guadalupe y de Jesús (que llevaba el mismo nombre que el Maestro). Francisco que era algo tímido, había escuchado mucho hablar sobre el maestro y quería simplemente conocerlo, y después continuar sus labores. Entonces se puso detrás de un joven alto para poder esconderse y pasar inadvertido. Jesús giró para ver con atención a todos los que estaban alrededor de él, y señaló al joven alto que cubría a Francisco. Le dijo: “Ven y sígueme”. El joven alto, temblando de miedo se señaló así mismo con el dedo índice mientras le preguntaba dudoso “¿Yo?”. Algunos discípulos trataron de sofocar su risa, mientras Jesús se decía: “Oh no, otra vez no por favor”. Entonces el joven alto dio la vuelta como tratando de buscar ayuda, y viendo que Francisco estaba escondido detrás de él le dijo: “Es a ti a quien el Maestro llama”. “¿A mí?” Preguntó Francisco asombrado. La multitud se hizo a un lado, y Jesús que no había visto antes a Francisco lo miró con cariño y le sonrió. Francisco tembló al cruzar por vez primera la mirada directa del maestro. No podía creer que era a él a quien el maestro llamaba. Entonces volteó para ver si había alguien detrás de él, pero él estaba sólo. Sólo enfrente de Él. Algunos discípulos sonriendo comenzaron a caminar, pero Jesús permaneció allí y le sonrió nuevamente con cariño como diciéndole “No me dejes sólo, no te preocupes, yo estaré contigo”. Francisco no dijo nada, dejo las pocas cosas que tenía en las manos, y después se puso a caminar detrás del maestro.

2 comentarios sobre “17. Juventud y encuentro con Cristo

    jose fco. altamirano henaro escribió:
    4 mayo, 2015 en 17:24

    Xavier

    siempre disfruto y aprendo de tus cartas semanales.
    tu testimonio contagia la sinceridad,sencillez,alegria y compromiso.

    pero siempre que se habla de vocaciones religiosas no logra todavía asimilar si de por si son pocas,una gran mayoría desertan depues deun tiempo,y si no pasa lo que compartes un envejence instalándose en sus comodidades ya adquiridas.

    mi vida y la de mi famila ha sido tocada y bendecida por una gran cantidad de religiosos y religiosas que hemos tenido la oportunidad de convivir.
    no seria mi vida la misma sin esas personas que igual que tu sacrifican parte de su vida para seguir construyendo el reino de Dios y el acompañamento que siempre brindan.

    esta carta de Leonardo Boff de renuncia al sacerdocio que escribió en 1992 ,nos las dieron en un retiro vocacional,la conserve y ojala podamos comentarla,

    un abrazo

    pepe

    CARTA DE RENUNCIA AL SACERDOCIO
    Leonardo Boff

    Hay momentos en la vida en que una persona, para ser fiel a sí misma,
    tiene que cambiar. Yo he cambiado. No de batalla; sino de trinchera.
    Dejo el ministerio presbiteral, pero no la Iglesia. Me alejo de la
    Orden Franciscana, pero no del sueño tierno y fraterno de san
    Francisco de Asís.
    Continúo y seré siempre teólogo, de matriz católica y ecuménica, a
    partir de los pobres, contra su pobreza, y a favor de su liberación.
    Quiero comunicar a los compañeros y compañeras de camino las razones
    que me han llevado a una tal decisión. Primero de todo digo: salgo
    para mantener la libertad y para continuar un trabajo que me era
    fuertemente impedido. Este trabajo ha significado la razón de mi lucha
    de los últimos 25 años. No ser fiel a las razones que dan sentido a la
    vida significa perder la dignidad y diluir la propia identidad. No lo
    hago. Y pienso que tampoco Dios lo quiere. Recuerdo la frase de José
    Martí, destacado pensador cubano del siglo pasado: “No es posible que
    Dios ponga en la cabeza de una persona el pensamiento y que un obispo,
    que no es tanto como Dios, prohíba expresarlo”. Pero rehagamos un poco
    el recorrido. A partir de los años setenta, junto con otros
    cristianos, intenté conjugar el Evangelio con la justicia social, y el
    grito de los oprimidos con el Dios de la vida. De esto resultó la
    teología de la liberación, la primera teología latinoamericana de
    relevancia universal. Con ella buscábamos rescatar el potencial
    liberador de la fe cristiana y actualizar la memoria peligrosa de
    Jesús, rompiendo con aquel círculo férreo que tenía al cristianismo
    prisionero de los intereses de los poderosos.
    Esto nos llevó a la elección de los pobres y excluidos. Ellos nos
    evangelizaron. Nos hicimos más humanos y más sensibles a su pasión. Y
    también más lúcidos al descubrimiento de los mecanismos que siempre de
    nuevo les hacen sufrir. De la sagrada ira pasamos a la práctica social
    y a la reflexión comprometida. Soportamos, en comunión con ellos, la
    maledicencia de aquellos sectores sociales que encuentran en el
    cristianismo tradicional un aliado para mantener los propios
    privilegios bajo el pretexto de la preservación del orden que es, para
    las grandes mayorías, pura y simplemente desorden. Hemos sufrido
    cuando hemos sido acusados, por nuestros hermanos de fe, de herejía o
    de pacto con el marxismo y cuando hemos visto romperse públicamente
    vínculos de fraternidad; siempre he sostenido la tesis de que una
    Iglesia es verdaderamente solidaria con la liberación de los oprimidos
    sólo cuando ella misma, en su vida interna, supera estructuras y
    comportamientos que implican la discriminación de las mujeres, la
    disminución de los valores de los laicos, la falta de confianza en las
    libertades modernas y en el espíritu democrático y la excesiva
    concentración del poder sagrado en las manos del clero.
    Con frecuencia he hecho esta reflexión que aquí repito: lo que es
    error en la doctrina sobre la Trinidad no puede ser verdad en la
    doctrina sobre la Iglesia. Se enseña que en la Trinidad. no puede
    haber jerarquía. Todo subordinacionismo es aquí herético. Se enseña
    que las personas divinas son de igual dignidad, de igual bondad, de
    igual poder. La naturaleza íntima de la Trinidad no es la soledad,
    sino la comunión. La pericoresis (mutua relación) de la vida y del
    amor une a los Tres divinos con tal radicalidad que no tenemos tres
    dioses, sino un solo Dios-comunión. Sin embargo, de la Iglesia se dice
    que es esencialmente jerárquica y que la división entre clérigos y
    laicos es de institución divina. Un torniquete que se estrecha
    No estamos contra la jerarquía. Si ha de existir la jerarquía, ya que
    esto puede ser un legítimo imperativo cultural, será siempre, en un
    buen raciocinio teológico, jerarquía de servicios y funciones. Si no
    resulta así, ¿cómo se puede verdaderamente afirmar que la Iglesia es
    icono-imagen de la Trinidad? ¿Dónde va a parar el sueño de Jesús de
    una comunidad de hermanos y de hermanas si existen tantos que se
    presentan como padres y maestros cuando Él ha dicho explícitamente que
    tenemos un solo padre y un solo maestro (Cfr. Mt., 23, R9). La forma
    actual de organizar la Iglesia (no ha sido siempre así en la historia
    de la Iglesia) crea y reproduce demasiadas desigualdades en vez de
    actualizar y hacer posible la utopía fraterna e igualitaria de Jesús y
    de los apóstoles.
    Por tales y semejantes proposiciones, que por lo demás se infieren en
    la tradición profética del cristianismo y en el proyecto de los
    reformadores a comenzar desde san Francisco de Asís, he caído bajo la
    severa vigilancia de las autoridades doctrinales del Vaticano. Esta
    vigilancia ha sido, directamente o por interpuesta autoridad, como un
    torniquete que se ha estrechado siempre más hasta hacer prácticamente
    imposible mi actividad teológica de profesor, conferenciante,
    consejero y escritor.
    Desde el año 1971 he recibido frecuentemente cartas y amonestaciones,
    restricciones y castigos. No se diga que no he colaborado. He
    respondido a toda carta. He negociado por dos veces mi temporal
    alejamiento de la cátedra. En 1984 afronté en Roma el diálogo con la
    más alta autoridad doctrinal de la Iglesia católica romana. Acogí el
    texto de condenación de varias de mis opiniones en 1985.
    Y después (contra el sentido del derecho, pues me había sometido a
    todo) fui castigado con un tiempo de silencio obsequioso. Acepté
    diciendo: “Prefiero caminar con la Iglesia (de los pobres y de las
    comunidades eclesiales de base) que caminar solo con mi teología”.
    Fui destituido de la Revista Eclesiástica brasileña y alejado de la
    dirección de la editorial Vozes. Me impusieron un estatuto especial,
    ajeno a las normas del derecho canónico, obligándome a someter todo
    escrito mío a una doble censura previa, una interna de la Orden
    Franciscana y otra del obispo a quien compete dar el imprimátur.
    He aceptado todo y a todo me he sometido. Entre 1991 y 1992, el cerco
    se ha cerrado todavía más. Fui alejado de la revista Vozes (la más
    antigua revista cultural de Brasil, de 1904); se impuso la censura a
    la editorial Vozes y a todas las revistas que ella publica. Me fue
    impuesta de nuevo la censura previa a todo escrito, artículo o libro.
    Y fue aplicada con celo. Y por un tiempo indeterminado habría tenido
    que alejarme de la enseñanza de la teología.
    La experiencia subjetiva que he sacado en estos 20 años de relación
    con el poder doctrinal es ésta: este poder es cruel y sin piedad. No
    olvida nada, no perdona nada, exige todo. Y para alcanzar su fin, se
    toma el tiempo necesario y elige los medios oportunos. Actúa
    directamente o usa instancias intermedias u obliga a los propios
    hermanos de la Orden Franciscana a cumplir una función que compete,
    por derecho canónico, sólo a quien tiene autoridad doctrinal (obispos
    y la Congregación para la Doctrina de la Fe).
    Tengo la sensación de haber llegado ante un muro. No puedo avanzar ni
    un paso más. Retroceder implicaría sacrificar la propia dignidad y
    renunciar a una lucha de tantos años. No todo es lícito en la Iglesia.
    El mismo Jesús fue muerto para testimoniar que no todo es lícito en
    este mundo. Existen límites intraspasables: el derecho, la dignidad y
    la libertad de la persona humana. La Iglesia jerárquica no posee el
    monopolio de los valores evangélicos ni la Orden Franciscana es la
    única heredera del Sol de Asís. Existe también la comunidad cristiana
    y el torrente de tierna fraternidad franciscana en los cuales podré
    situarme con jovialidad y libertad. Antes que amargarme y ver
    destruidas en mí las bases humanas de la fe y de la esperanza
    cristiana y golpeada la imagen evangélica del Dios-comunión de
    personas, prefiero cambiar de camino, no de dirección. Las
    motivaciones eje que han inspirado mi vida continuarán inalterables:
    la lucha por el Reino que comienza desde los pobres, la pasión por el
    Evangelio, la compasión con los sufrientes de este mundo, el
    compromiso de liberación de los oprimidos, la articulación entre el
    pensamiento más crítico con la realidad más inhumana y el empeño de
    cultivar la ternura hacia todo ser creado, a la luz del ejemplo de san
    Francisco de Asís.
    No dejaré de amar el carácter mistérico de la Iglesia y de comprender
    sus límites históricos con lucidez y con la necesaria tolerancia.
    Existe innegablemente una grave crisis en la actual Iglesia católica
    romana. Se confrontan duramente dos posiciones de fondo. La primera
    cree en la fuerza de la disciplina y la segunda en la fuerza
    intrínseca al curso de las cosas. La primera piensa que la Iglesia
    tiene necesidad de orden y por esto basa todo en la obediencia y en la
    sumisión de todos. Esta posición es propia por lo demás de los
    sectores hegemónicos de la administración central de la Iglesia. La
    segunda piensa que la Iglesia tiene necesidad de liberarse, y para
    ello tiene fe en el Espíritu que fermenta la historia y en las fuerzas
    vitales que como humus confieren fecundidad al milenario cuerpo
    eclesial. Esta posición está representada por sectores importantes de
    las Iglesias periféricas, del Tercer Mundo y de Brasil.

    La fe como superación del miedo.
    Indiscutiblemente, yo me coloco en la segunda posición, en la de
    aquellos que han hecho de la fe la superación del miedo, que esperan
    en el futuro de la flor sin defensa y en las raíces invisibles que
    alimentan al árbol.
    Hermanos y hermanas, compañeros de camino y de esperanza; que este mi
    gesto no os descorazone en la lucha por una sociedad en la que sea
    menos difícil la colaboración y la solidaridad, puesto que a esto nos
    invita la práctica de Jesús y el entusiasmo del Espíritu. Ayudemos a
    la Iglesia institucional a ser más evangélica, compasiva, humana y
    empeñada en la libertad y la liberación de los hijos y de las hijas de
    Dios.
    No caminemos de espaldas al futuro, sino con los ojos bien abiertos
    para discernir en el presente los signos de un nuevo mundo que Dios
    quiere, y dentro de este mundo un nuevo modo de ser Iglesia: comunal,
    popular, liberador y ecuménico. Por lo que a mí toca, quiero con mi
    trabajo intelectual empeñarme en la construcción de un cristianismo
    indio-afro-americano inculturado en los cuerpos, en la piel, en las
    danzas, en los sufrimientos, en la alegría y en las lenguas de
    nuestros pueblos, como respuesta al Evangelio de Dios que todavía no
    ha sido plenamente dada después de 500 años de presencia cristiana en
    el continente.
    Continuaré en el sacerdocio universal de los creyentes que es pura
    expresión del sacerdocio del laico Jesús, como nos recuerda el autor
    de la carta a los hebreos (7, 14; 8,4). No salgo triste de esta
    situación, sino lleno de paz, hago mía en efecto la poesía del que es
    nuestro mayor poeta, Fernando Pessoa: “¿Ha valido la pena? / Todo vale
    la pena / si el alma no es pequeña”.
    Siento que mi alma, con la gracia de Dios, no ha sido pequeña. Unidos
    en el camino y en la gracia de Aquel que conoce el secreto y el
    destino de cada uno de nuestros pasos, os saludo con paz y bien.

    Leonardo Boff.
    Río de Janeiro – 29/06/1992

      franciscoxaviersanchez respondido:
      4 mayo, 2015 en 17:43

      Hola José Francisco, con gusto. Ahora que me de un poco más de tiempo porque ando con lo de fin de cursos y tengo mucho trabajo, pendiente. Pero vemos para comentarla, más adelante. Saludos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s