38. Pobreza económica. Un desafío ético para las sociedades contemporáneas.

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38. Pobreza económica. 

Un desafío ético para las sociedades contemporáneas.

Del 18 al 20 de Noviembre de 2015 se celebró en Santiago de Chile el 1er Congreso Iberoamericano de Ética Aplicada. Hubo 11 temas tratados en el congreso: Medio ambiente, Aborto, Ética empresarial, etc. Yo participé en la mesa de Ética y economía. Comparto con ustedes mi ponencia.

Introducción

La pobreza puede entenderse, de manera muy general, a partir de dos grandes dimensiones: la pobreza llamémosle espiritual y la material. O dicho en otras palabras la invisible –o personal– y ligada más bien a la ética y a la religión; y la visible –o social– es decir la concreta y material, y ligada más bien a la economía y a la política. Dentro de éste último tipo de pobreza material y visible, entran gran variedad de expresiones como pueden ser: la pobreza alimentaria, cultural, sanitaria, educativa, etc. Diferentes tipos de pobreza material o visible, que tienen su raíz en la mala administración de nuestra casa común que es el mundo. Es decir en la mala administración de la economía. Ya que como lo dice la etimología misma de la palabra “economía” (oikonomos) es la ciencia que busca la administración del hogar. En esta exposición nos referiremos en particular a la pobreza económica, a la que consideramos raíz de todas las demás formas de pobreza en el mundo. ¿Y por qué considerar a la pobreza económica como un desafío ético para las sociedades contemporáneas? Nos parece que hasta ahora la economía ha estada ligada a la política, es decir a la visibilidad del ser humano (su materialidad), y consideramos importante buscar otro fundamento a la economía que surja de la ética (de esta dimensión llamémosle invisible, o más bien dicho audible del ser humano).

La pobreza en el mundo es uno de los principales males que aquejan a la humanidad. En la página oficial del Banco Mundial podemos leer la siguiente información: “Los avances en cuanto a la reducción de la pobreza han sido notables en las últimas décadas. El mundo logró la meta del primer objetivo de desarrollo del milenio (ODM) de disminuir a la mitad para 2015 la tasa de pobreza registrada en 1990, y lo consiguió en 2010, cinco años antes de la fecha prevista. Pero pese a este logro, la cantidad de personas que vive en condiciones de pobreza extrema en el mundo sigue siendo inaceptablemente elevada. De acuerdo con las estimaciones más recientes, el 17 % de la población del mundo en desarrollo vivía con menos de US$1,25 al día en 2011, cifra inferior al 43 % de 1990 y al 52 % de 1981.”[1] Estos datos optimistas del Banco Mundial, de que se ha logrado reducir a la mitad la pobreza extrema en el mundo en los últimos años, parecen contradecir lo que nosotros vemos y constatamos en la realidad. Cada vez es más presente y cruda la presencia de los pobres en nuestras sociedades, en nuestros países de América Latina, en el mundo. Los éxodos masivos en Oriente Medio, África, Asia y América Latina, hacía países más desarrollados, dan prueba de ello. La guerra, el narcotráfico y la corrupción política en varios países, han engrosado considerablemente el numero de pobres en el mundo.

Yo vengo de México, un país en que (al igual que otros tantos) las cifras oficiales sobre la pobreza y el desempleo muestran una cara maquillada y la realidad muestra otra, más cruda, más real. Pareciera ser que la pobreza es una cosa y el pobre es otra. La pobreza son las cifras, las estadísticas, los números, el PIB de una nación. El pobre es Carmen, madre soltera que tiene que trabajar en lo que encuentre para mantener a sus tres hijos y que además es analfabeta; es Johnny, indocumentado hondureño que tiene que exponer su vida atravesando México, ya que ha preferido correr ese riesgo que morir de hambre o de violencia en su país. Y así podríamos citar muchos nombres, con rostros concretos, cuyas historias escapan, la mayor de las veces, a los números oficiales, que buscan maquillar cifras. Consideramos por lo tanto que la lucha contra la pobreza es el mayor reto que tenemos que enfrentar las sociedades en la actualidad. Un desafío para la humanidad que debe encontrar en la ética la semilla que haga surgir tanto en políticos, religiosos, economistas, y sociedad en general, una nueva manera no tanto para ver sino para escuchar el clamor y el hambre del pobre.

Es objetivo de la presente reflexión es mostrar que la lucha contra la pobreza económica y material, debe comenzar con un cambio de actitud individual que podemos llamar conversión o búsqueda de pobreza espiritual. Convertirnos al pobre no debe ser una opción política o religiosa entre otras más (una ideología política o una teología particular), sino que en esta conversión debemos encontrar el sentido mismo a nuestra existencia, y la posibilidad de vivir en una sociedad realmente justa y fraterna.

En nuestra reflexión, analizaremos en primer lugar el tema de la pobreza ligándolo al egoísmo humano, egoísmo que nos impide escuchar en el otro un rostro que tiene hambre y que nos pide justicia. En esta sección analizaremos cómo los modelos de sociedades postmodernas, neoliberales y hedonistas, que se promueven en la actualidad, nos impiden salir del egoísmo que sólo sabe saciar su propia hambre y decir “yo soy”, y olvida el hambre del otro. Posteriormente analizaremos el momento de la conversión cuando hace su irrupción el Otro, el pobre. Encuentro ético-religioso, anterior al nacimiento de la política y de la economía, que nos debe llevar del yo-soy al “tú eres”. Finalizaremos proponiendo una nueva forma de entender la pobreza no como un flagelo o imposición social a una gran parte de la humanidad, sino como una elección de vida. Lo que podríamos llamar la elección de una pobreza espiritual como condición necesaria para una vida plena tanto a nivel personal como social. El camino metodológico de nuestra exposición comprende tres etapas: egoísmo, conversión y elección.

  1. Egoísmo: una economía postmoderna al servicio del “yo soy”.

Emmanuel Levinas comienza su obra más conocida Totalidad e infinito (1961) con la frase siguiente: “Aceptaremos fácilmente que es cuestión de gran importancia saber si la moral no es una farsa.”[2] Podríamos decir prácticamente lo mismo de la economía: “No es difícil aceptar que la economía hasta el día de hoy ha sido una farsa”. ¿Por qué? Porque después de tantos siglos de tratados, ensayos, discursos y propuestas económicas, el ser humano no ha mejorado su situación material. Pareciera ser que la pobreza y la desigualdad social han sido constantes en la historia de la humanidad. Y si bien muchos pensadores han formulado propuestas sobre la ciudad, o mundo ideal para vivir mejor (ejemplo Platón, Tomás Moro, Hobbes, Marx, etc.), estas propuestas se han quedado en utopías que no se han podido concretizar. ¿Por qué? Porque tal vez a la base del cambio social está el cambio, o la conversión individual. Tema poco tratado en economía y en general en la filosofía, ya que estas por lo general ven al ser humano como representante de una colectividad social, un número, una cifra, una totalidad. El ser humano individual, que tiene un rostro concreto, se ha diluido en grandes proyectos económicos que han hablado a su espalda.

Vivimos en un mundo paradójico en que algunos –los que tienen el poder, fundamentalmente económico– hablan en nombre de la mayoría. El neoliberalismo salvaje parece homogeneizar al mundo gracias a la propaganda consumista omnipresente en todas partes, aún en las regiones más pobres del planeta. Es por ésta razón que mientras algunos aseguran que vivimos en la actualidad en la postmodernidad, que es un desencanto de las promesas de la modernidad; los pobres –que son mayoría– experimentan que para ellos la modernidad todavía no les ha llegado. Vivimos en un mundo en que algunos hablan, buscando dar un sentido a sus vidas postmodernas, mientras que otros escuchan, y luchan por sobrevivir ya que son los invisibles de la historia. En 1961 Jean-Paul Sartre escribía en el prefacio al libro de Franz Fanon, Los condenados de la tierra, una frase que todavía tiene validez. “No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado.”[3] Como lo hemos mencionado anteriormente, el problema fundamental de la economía es que se ha ligado a la política y no a la ética, a la razón abstracta del yo y no a la escucha humilde del otro. A la pretensión de querer hablar en nombre de todos, de la colectividad, de la masa de seres humanos, pero ha olvidado relacionarnos con el individuo concreto que tiene un rostro.

Cuando en 1979 Jean-François Lyotard introducía en filosofía el término de postmodernidad[4], él no estaba inventando nada nuevo, se trataba sólo de una constatación sobre el espíritu de la época, l´air du temps. Una época que describe bien al hombre burgués contemporáneo, preocupado sólo por él mismo, por su patrimonio, por su empresa, por su bienestar. La racionalidad inaugurada con Descartes, a partir de la búsqueda solipsista de su “cogito ergo sum” (pienso luego existo), culmina con el triunfo de la razón. La postmodernidad, que surge como un desencanto por no haber logrado lo que la modernidad prometía, culmina con el triunfo del placer y de la inmediatez: “compro luego existo”. Se pasó de la búsqueda de la Verdad a la satisfacción del Placer. Cambió la finalidad pero no el lugar desde donde surge la inquietud: el todopoderoso Yo.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la economía? Consideramos que si la economía no ha sabido hasta ahora responder al problema del otro, del pobre, del prójimo, es decir del ser humano que está frente a mí, es porque ha partido de las necesidades del yo, ya sean intelectuales o placenteras, pero siempre centradas en el yo. Es necesario buscar una nueva base, origen, arké, para la economía, que tome realmente en cuenta al otro; nos referimos a la ética. Pero no se trata de cualquier tipo de ética, sino de una ética particular, no surgida con Sócrates en Grecia por ejemplo, que aún con buenas intenciones sigue partiendo del yo ligado a la razón (la mayéutica); sino de una ética llamémosle “religiosa”, surgida con Abraham y posteriormente con el judeo-cristianismo, y ligada a la escucha. A una economía fundada en el Logos griego proponemos una economía que surja del Shema bíblico. Al deseo de una economía que busca inmediatamente “ver” y “hablar”: mediante teorías, porcentajes y cifras; proponemos una economía que busque “escuchar” y “responder”: mediante la justicia. ¿Pero cómo administrar la casa de manera distinta? ¿En qué momento hace su irrupción el otro, el pobre, en mi vida? Es aquí donde analizaremos brevemente la propuesta ético-bíblica del filósofo judío Emmanuel Levinas. Es importante remarcar que la crítica que ahora hacemos a una economía surgida únicamente de la razón, toma como base la crítica que Levinas hace a la ontología que sustenta a la política. En nuestro caso se trata de una ontología que fundamenta a la economía. En los dos casos, política y economía surgen de un yo egológico y ontológico que quiere ver para entender y explicar el mundo.

Para Emmanuel Levinas antes de que el Otro, a quien él da el nombre genérico de rostro, surja en mi vida para llamarme, la primera preocupación en mi vida debe ser por mí mismo, por construir mi propio yo, mi casa, mi identidad. Es necesario e importante poder decir “yo soy” antes de llegar a decir “tu eres”. En su libro mencionado anteriormente, Totalidad e infinito, Levinas consagra su capítulo II a describir la constitución del yo con un título muy elocuente para nuestra ponencia: “Interioridad y economía”. ¿Pero de qué economía se trata? De una economía que busca la correcta administración de la casa del yo. Para el filósofo francés nacemos egoístas y preocupados por saciar nuestra propia hambre. ¿Hambre de qué? de todo lo que encontremos a nuestro paso. Un todo genérico al que él da el nombre de Ser. Nos alimentamos del ser: música, comida, libros, espectáculos, etc., todo entra en nosotros y nos constituye. “Vivimos de “buena sopa”, de aire, de luz, de espectáculos, de trabajo, de ideas, de sueños, etc.…”[5] Levinas habla de economía para referirse a la manera como cada uno de nosotros administra en su vida interior el ser exterior que ha ido adquiriendo mediante el gozo de la asimilación y que le constituye. Se trata por lo tanto de una economía puesta al servicio de la interioridad del yo, de mis gustos, creencias e intereses. Una economía que ignora el hambre del otro y que sólo busca administrar el gozo del yo. “En el gozo, soy absolutamente para mí. Egoísta sin referencia al otro (…). No contra los otros, sino en mi “reserva personal” –pero enteramente sordo al otro, fuera de toda comunicación y de todo rechazo de comunicar– sin orejas, como vientre con hambre.”[6] El hombre egoísta que no escucha el clamor del hambre del otro, es como un vientre sin orejas que sólo sabe comer. Ver con concupiscencia al otro para después devorarlo ya sea sexual, laboral, comercialmente, etc. Es el mundo de la economía liberal en que vivimos, en dónde como decimos en mi país: “el que tiene más saliva traga más pinole”. Es a fin de cuentas el egoísmo humano el que explica que algunos coman mucho mientras otros se mueran de hambre; es el mundo de las grandes empresas mundiales que hacen desaparecer a los pequeños comerciantes; de las grandes potencias que mantienen en la periferia a la mayoría de los países del orbe. Una pregunta se impone: ¿Cómo hacer para salir de esta óptica egoísta de provecho personal que olvida al otro? A través de lo que hemos llamado conversión al otro.

  1. Conversión: la aceptación ética del otro en mi vida “tu eres”.

Lo único que nos puede salvar personal y colectivamente del egoísmo humano, que nos está llevando a construir sociedades sordas al clamor del otro, es la aceptación del otro/a en mi vida. Reconocer que no hemos venido para satisfacer nuestra propia hambre sino para poner nuestra vida misma al servicio del hambre del otro[7].

2.1. El encuentro con el otro. “El otro es la fruta prohibida”

En el libro del Génesis, el Señor después de haber creado a Adán le dijo: “Puedes comer de cualquier árbol que haya en el jardín, menos del árbol de la Ciencia del bien y del mal; porque el día que comas de él morirás sin remedio.” (Génesis 2, 17). ¿Cuál es aquel árbol de la Ciencia del bien y del mal de cuyos frutos Dios ha prohibido comer a los hombres? Apoyándonos en los análisis de Emmanuel Levinas intentaremos demostrar que el otro, cualquier ser humano que se nos presente, constituye el fruto que nos está prohibido comer.

Si estuviéramos solos en la tierra, como Robinson Crusoe en su isla antes del encuentro con Viernes, o Adán antes de la aparición de Eva, nuestra preocupación principal en la vida sería la de sobrevivir gracias a la comida. La comida constituye al hombre y lo nutre. El hombre es un ser omnívoro que se alimenta de todo lo que va encontrando a su paso. Comemos con la boca, pero también con los ojos, la nariz, los oídos y el tacto. Gracias a nuestros sentidos todo lo que hay fuera de nosotros y que podemos llamar “trascendencia” o exterioridad se convierte en alimento y pasa a formar parte de nosotros mismos, lo que podemos llamar “inmanencia” o interioridad. El alimentarnos y transmutar la exterioridad en interioridad no es un acto egoísta sino una necesidad vital. El señor, después de haber creado al hombre le dijo que se alimentara de todo lo que encontrara en la creación: “Dios les dijo: “Yo les entrego, para que ustedes se alimenten, toda clase de hierbas, de semillas y toda clase de árboles frutales.” (Génesis 1, 29). El hombre nutre su cuerpo con la materialidad de la tierra, y nutre su espíritu con el conocimiento que le viene de las cosas que encuentra. “Y cada ser viviente había de llamarse como el hombre lo había llamado. El hombre puso nombre a todos los animales, a las aves del cielo y a las fieras salvajes.” (Génesis 2, 20). Nombrar las cosas es conocerlas, asimilarlas, quitarles su misterio. Mediante la técnica el hombre domina al mundo y mediante la razón lo asimila, lo hace digerible. Nombrar es conocer y conocer es apropiarnos de las cosas, hacerlas nuestras. Dice Emmanuel Levinas, “La alimentación, como medio de revigorización, es la transmutación de lo Otro en Mismo, que está en la esencia del gozo”[8]

¿Qué debemos concluir de todo esto para nuestra investigación? Que el hombre, al menos en la primera etapa de su formación, o de su constitución, debe preocuparse por comer con la boca y conocer con los ojos. En el libro del Génesis se nos dice que el hombre fue creado de barro y en la leyenda del Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, que fue hecho de maíz. Barro o maíz son los primeros elementos que nos constituyen. Sin embargo, nos podemos preguntar: ¿No hemos sido creados para algo más que no sea la asimilación a través del comer y del conocer? ¿Qué sucede cuando un ser humano se presenta a mí? ¿Lo considero objeto de comida y de conocimiento? Es aquí donde entra lo que hemos llamado anteriormente conversión al otro, o una manera nueva de relacionarnos con él/ella sin considerarlo mercancia u objeto para mi consumo. “Dijo Yahvé: “No es bueno que el hombre esté solo. Haré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude.” (Gn 2, 18). La soledad es mala consejera, no es bueno que el hombre esté solo pensando en comer y conocer. Economía egoísta que ignora al otro. Necesitamos del otro/a que nos venga a ayudar, es decir a sacarnos de nuestro sueño de autosuficiencia, alguien que venga a romper la unidad y la dureza de nuestro yo. Alguien que venga no para que yo lo coma con mis dientes o mis ojos, sino alguien, que al contrario venga a comer algo de mí, venga para que yo le de algo de lo mío, economía del servicio al otro. “Entonces Yahvé hizo caer en un profundo sueño al hombre y éste se durmió. Y le sacó una se sus costillas, tapando el hueco con carne. De la costilla que Yahvé había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre.” (Gn 2, 21-22). El hombre definitivo –o “completo”, por utilizar esta palabra – es aquel que ya no está hecho solamente de barro sino de la alteridad del otro. Eva está formada de la costilla de Adán y no solamente de barro. ¿Pero cómo se llega a la creación de un ser humano a partir de otro? Mediante el reconocimiento de la alteridad. Es decir aceptando que el otro, cualquier ser humano que esté enfrente de mí, no es objeto de consumo para mi boca o para mis ojos, sino que es la fruta prohibida que no viene a entrar en mí por medio de la alimentación, sino que viene a sacarme de mí, de mi egoísmo, para que sea yo quien lo alimente a él o ella. Hay por lo tanto un cambio radical en la manera de entender la economía, no ya como una preocupación por la adminsitración de mi porpia hambre, sino como una preocupación por saciar el hambre del otro. Para Emmanuel Levinas, cuando el rostro se me presenta, lo primero que me dice es: “¡No matarás!” es decir: ¡Ten cuidado yo no soy comestible, no me confundas con las frutas del paraíso! “Dios le dio esta orden al hombre: “Puedes comer de cualquier árbol que haya en el jardín, menos del árbol de la Ciencia del bien y del mal; porque el día que comas de él, morirás sin remedio.” (Gn 2,17). Si el otro es la fruta prohibida que yo no puedo comer, y yo estoy tan acostumbrado a comer, asimilar, y hacer desaparecer todo aquello que esté enfrente de mí, nos podemos preguntar: ¿Cómo se puede llegar a respetar la alteridad del otro? Es aquí donde hablaremos de la huella de Dios en el rostro del otro que me ordena servirlo, y de la conversión al otro.

2.2. De la asimilación del otro a la donación del yo. “Ya no soy yo quien vive es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20a).

   Si anteriormente hemos dicho que los dos órganos privilegiados para realizar el proceso de asimilación, o de transmutación de lo otro en mí mismo, son la boca y los ojos. Emmanuel Levinas, a partir de las fuentes bíblicas, nos va enseñar a agudizar un sentido que hemos descuidado mucho en filosofía y en las relaciones humanas y que es el sentido del oído. ¿Por qué el oído? Porque el oído es el sentido de la alteridad que nos permite escuchar el llamado del otro. Mientras que en filosofía se nos ha enseñado que el órgano por excelencia es la vista, que nos permite ver y comprender; en la Biblia el oído es el sentido privilegiado para entrar en relación con Dios. Tanto en el Antiguo Testamento con el ¡Shema Israel! (¡Escucha Israel!), (Dt. 6, 4), como en el Nuevo Testamento con tantas exhortaciones a escuchar al Señor: “¡El que tenga oídos para oír que oiga!” (Mc 4,23; Lc 8,8), “El que los escucha a ustedes me escucha a mí.” (Lc 10, 16), etc. Para Levinas, Dios nos habla a través del rostro del otro, de cualquier ser humano que esté enfrente de mí. Llamado que viene a constituir mi vida y a orientar mi pensamiento para otorgarme mi verdadera identidad. Una identidad no enraizada en el egoísmo del yo que se preocupa por su propia alimentación, sino en la preocupación por el hambre del otro. “Quitarme el pan de la boca para que el otro coma” como decía Levinas. O más aún, las palabras de Cristo en los evangelios, que se ofrece en sacrificio para que el mundo tenga vida: “Yo soy el pan de vida. El pan que yo les daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo.” (Juan 6, 48.51), o “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes.” (Lucas 22, 19). ¿Cómo se llega a este auto-sacrificio, o inmolación del yo, en beneficio del tú? Realizando el paso del egoísmo del yo a la responsabilidad por el otro. Un paso que no es automático, sino que necesita de un proceso de maduración humana que, en términos religiosos se dice conversión.

Resumiendo podemos decir que si la economía hasta ahora no ha sabido responder a las expectativas humanas de construir una sociedad más equilibrada y justa, es porque ha estado fundada en una razón egoísta que sólo se ha preocupado por saciar el hambre del yo. Es necesario buscar un nuevo fundamento a la economía que tome en cuenta el hambre del otro. Una economía que surja no de la razón, de los cálculos y de las estadística, sino de la pasión, de la compasión y más aún del amor por el otro[9]. Una economía en la cual la pobreza sea una elección de vida.

  1. Elección: De la pobreza impuesta a la pobreza voluntaria

En la primera parte de esta ponencia comentábamos que el fracaso de la economía actual, en su combate contra la pobreza, está muy ligado a la sociedad postmoderna y consumista en la que ahora vivimos, que sólo fomenta sociedades egoístas y sordas al clamor del pobre. Es por lo tanto necesario pensar ésta lucha contra la pobreza de manera distinta. Encontrar un nuevo fundamento al deseo de combatir el hambre en el mundo, que no surja de la teoría económica sino de la caridad ética, nos referimos a que la pobreza sea una elección. ¿Qué entendemos por elegir la pobreza? Nos referimos a luchar contra la miseria y la injusticia en el mundo no a partir de la riqueza, sino de la pobreza misma. A hacer de la pobreza una elección de vida y de sociedad.

Antes de continuar es bueno hacer la diferencia entre dos maneras distintas de entender la pobreza. La pobreza que hay que combatir es la miseria económica, que da muerte y que mantiene en condiciones inhumanas a millones de seres humanos en el mundo; la pobreza que hay que buscar es la pobreza espiritual o libertad interior, que da vida y que promueve una sociedad más justa y fraterna.

Ya que anteriormente en nuestro trabajo hemos hablado de la pobreza como de un mal, que causa muerte y sufrimiento a causa del egoísmo humano que sólo busca satisfacer el hambre del yo. Ahora hablaremos de la pobreza como de un bien, que causa vida y justicia, porque está atenta al hambre del otro.

 3.1. La pobreza Bíblica una exigencia para el encuentro con Dios.

El tema de la pobreza es una de las grandes constantes en el judeo-cristianismo. Desde el Dios del monoteísmo que escucha el clamor de un pueblo pobre y decide liberarlo, hasta Jesucristo que como dice San Pablo: “Por ustedes se hizo pobre, siendo rico, para hacerlos ricos con su pobreza” (2 Cor. 8, 9). ¿Qué hay de extraordinario en la pobreza, que la Biblia misma nos invita a buscar? La pobreza nos da libertad. Y sin la libertad no somos nada, tan sólo títeres de sistemas liberales y consumistas que nos mueven a su antojo. Claro está que hablamos aquí de personas que pueden elegir la pobreza para poder vivir más plenamente la vida. No nos referimos a las personas que están esclavizadas a la pobreza económica y que no tienen la capacidad de elegir ser pobres porque ya lo son.[10] Hacemos desde ahora la distinción entre la pobreza económica que hay que combatir y la pobreza llamémosle espiritual que hay que buscar. Con lo dicho hasta ahora podemos deducir que una de las primeras condiciones para lograr una economía realmente preocupada por el otro es que debe partir de la pobreza, es decir de la libertad. La economía es una ciencia abstracta que maneja cifras y números, pero quienes hacen la economía (políticos, empresarios, comerciantes, etc.) son personas concretas. Y si no son libres no podrán entrar en una correcta relación ética con los demás. Ya el gran pensador del Ser, Martin Heidegger, a quienes algunos han considerado como uno de los más grandes filósofos del siglo XX, hablaba de la importancia de la pobreza para la correcta búsqueda del Ser.

Al termino de la Segunda guerra mundial, y después de que Europa hubiera quedado devastada a causa del egoísmo y de la ambición humana, Heidegger escribió algunos textos referentes a las condiciones necesarias para buscar una nueva forma de humanismo. Es así que escribió Carta sobre el Humanismo (1946) y dictó una pequeña conferencia con el título de “La pobreza” (1945).[11] La crítica que Heidegger hace a la técnica como olvido del Ser, la podemos hacer al consumismo como olvido del Otro, del pobre. Heidegger comenta el verso del poeta Hölderlin que dice: “Entre nosotros, todo se centra sobre lo espiritual, nos hemos vuelto pobres para llegar a ser ricos”[12]Para Heidegger, el poeta nos invita a buscar la pobreza como ascesis y libertad interior que nos deje en libertad para lo realmente importante, que para Heidegger consiste en buscar al Ser ontológico. “Ser-pobre; es decir, carecer únicamente de lo no-necesario, es decir, pertenecer alguna vez a lo Libre-liberante, es decir, mantenerse en relación con lo Liberante […] Por el hecho mismo de que la pobreza no nos hace carecer de nada, tenemos de entrada todo, nos mantenemos en la sobreabundancia del Ser”[13] Para Heidegger la pobreza es la condición indispensable para poder liberarnos de lo que no-necesario y poder encontrar al Ser; Para San Pablo la pobreza es la condición necesaria para liberarnos de lo no-necesario y poder encontrar a Dios. “Por ustedes se hizo pobre, siendo rico, para hacerlos ricos con su pobreza” (2 Cor. 8, 9).

Elegir la pobreza es elegir la libertad interior como condición necesaria para poder relacionarnos con el otro, con el pobre concreto que tiene hambre y que nos pide justicia.

 

Conclusión

Al inicio de nuestra exposición decíamos que la lucha contra la pobreza económica es uno de los principales retos éticos para nuestras sociedades contemporáneas. Un reto que no se ha podido vencer porque ha partido de una economía sorda y ligada a la razón totalitaria del yo, que analiza todo a partir de su deseo de asimilar todo lo que encuentra a su paso. Es por lo tanto importante buscar un nuevo fundamento a la economía que no parta de la política, y ese fundamento se encuentra en la ética como compasión por el otro. Escuchar al otro antes de hablarle; sentirlo antes que pensarlo. Una nueva economía que implica a su vez una nueva antropología que descubra al ser humano como ser de bondad y de responsabilidad antes que como animal político y de razón. Antropología desarrollada en los últimos años por pensadores como Emmanuel Levinas, Xavier Zubiri, Carlos Días y Adela Cortina, presente en este Congreso.

Economía que surja desde la experiencia misma de la pobreza, como elección de vida y de libertad ante la sociedad consumista que nos está esclavizando, y que tenga como destinatarios a los pobres. Como ha dicho el Papa Francisco en uno de sus discursos: “La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.”[14]

[1] http://www.bancomundial.org/es/topic/poverty/overview. Consulta el 2 de Nov. de 2015.

[2] Emmanuel LEVINAS, Totalidad e infinito, Ed. Sígueme, Salamanca, 1997, p. 47.

[3] Franz FANON, Los condenados de la tierra, Prefacio de J-P Sartre, FCE, México, 2009, p. 7

[4] Cfr. Jean-François LYOTARD, La condición postmoderna, Ed. Cátedra, Madrid, 2004.

[5] Op. cit., p. 129.

[6] Op. cit., p. 153.

[7] Cfr. Francisco Xavier Sánchez Hernández, “Comer y ser comido. De la asimilación del otro a la donación del yo”, en Revista “Pensares y Quehaceres. Revista de Políticas de la filosofía”, Asociación Iberoamericana de Filosofía y política, México, Núm. 9, Marzo de 2010.

[8] Op. Cit., p. 130.

[9] La importancia de relacionar a la razón con la compasión por el otro ha sido estudiada por varios pensadores contemporáneos, por ejemplo: Xavier Zubiri y la “razón sentiente”; Carlos Díaz y la “razón cordial” o Adela Cortina con su “Ética cordial”.

[10] Cfr. con la teoría de las capacidades ampliadas, como capacidad de elegir el “ser” y el “hacer” del ser humano, desarrollada principalmente por Amartya Sen y Martha Nussbaum.

[11] La conferencia fue dictada el 27 de Junio de 1945 en el castillo de Wildenstein. Martin HEIDEGGER, La pobreza, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 2006.

[12] Op. cit., p. 93

[13] Op. cit., p. 113 y 115.

[14] Mensaje del Papa Francisco para la cuaresma de 2014: https://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/lent/documents/papafrancesco_20131226_messaggio-quaresima2014.html Consultado el 10 de Noviembre de 2015.

Un comentario sobre “38. Pobreza económica. Un desafío ético para las sociedades contemporáneas.

    La fruta prohibida | Cristo Es Evolución escribió:
    13 enero, 2016 en 12:39

    […] a mí! (Reflexiones filosóficas y teológicas del P. Francisco Xavier Sánchez Hernández). https://franciscoxaviersanchez.wordpress.com/2015/11/22/38-pobreza-economica-un-desafio-etico-para-l… Post: Pobreza económica. Un desafío ético para las sociedades contemporáneas. Actualizado 22 […]

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