15. La terrible historia de los homónimos. O la noche de un día difícil

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  1. La terrible historia de los homónimos.

O la noche de un día difícil

En un lugar de Norteamérica cuyo nombre es impronunciable … (Y Norteamérica no son sólo los Estados Unidos), llegué para participar a un Congreso Internacional de estudios sobre la religión. Y sin haberlo imaginado, viví una experiencia muy desagradable la noche de mi llegada. Todo tiene que ver con el problema de los homónimos (entiéndanse las personas que se llaman y apellidan igual que uno, pero tienen distinta cara, afortunadamente). Creo que por eso los Bancos hacen bien en identificarnos sólo a partir de un número.

¿Por qué habremos tantos Sánchez Hernández en el mundo? Tengo dos teorías sobre el origen de esos dos apellidos tan comunes. Sánchez considero que viene de Sancho Panza. En la primera mitad del siglo XVII, cuando comenzaron a llegar muchos españoles a América Latina, Don Quijote de la Mancha ya había sido publicado. Y a alguno de los aventureros españoles se la habrá ocurrido buscar un apellido nuevo, distinto al de sus demás compañeros, y considero que pensó en Sancho Panza: “Sancho, Sánchez”, y le pareció divertido y adecuado. Sin imaginar que a la mayoría de sus compañeros se les había ocurrido la misma idea para nombrar a sus hijos nacidos en las nuevas tierras recién conquistadas. Con respecto a Hernández, mi segunda teoría es que viene de Hernán Cortés. Considero que el conquistador, que se metió con cuanta india encontraba en su camino, por vanidad quiso llamar a sus hijos como él, y les decía “Hernán es” y de allí se derivó a “Hernández”. Bueno a decir verdad no sé si los historiadores estén de acuerdo con mis dos teorías, pero yo las someto al buen criterio de mis estimados lectores.

Considero que de Sánchez Hernández debemos existir en México por lo menos el 33% de la población. Y eso lo he comprobado ya infinidad de veces. Cito sólo una que sí me impresionó mucho. No fue una llamada del Banco equivocada para cobrarme, sino algo peor. Estaba yo celebrado misa en San Agustín de las Cuevas, Tlalpan, cuando al momento de leer la lista de los difuntos leo la intención: “Por Guadalupe Sánchez Hernández, que tiene 9 días de haber fallecido”. Leí en voz alta el nombre de mi hermana aún sin poder creerlo. Terminando la misa le hablé inmediatamente a mi hermana Lupita –que tenía dos semanas que no había visto– para preguntarle si estaba bien de salud. Me alegró oír nuevamente su voz.

Para evitar confusiones quise cambiar mi segundo nombre de Javier a Xavier, buscando remarcar alguna diferencia. Pero creo que la mayoría pensaron lo mismo que yo y ahora se empeoró la situación. Porque del 33 % en llevar los mismo apellidos, ahora hemos de ser por lo menos el 50% con el mismo nombre y apellido. Cito solamente dos de varios casos que me han pasado por la cuestión de los homónimos. Uno hace varios meses y el segundo y más grave que me sucedió la noche de ayer.

Hace varios años al ir a cobrar mi recibo de nómina en la Universidad en la que trabajo, me dijo el cajero. Hay dos con el mismo nombre y apellido. “¿Cómo saber cual de los dos es ud.?” Yo le dije “– Seguramente el que gana más.” Pero él, incrédulo, me pidió mi CURP esperando por lo menos que las fechas y lugares de nacimiento no coincidieran. Efectivamente, por lo menos en aquella ocasión, la ficha de pago más elevado era la mía. Pero no todo ha sido siempre a mi favor en esas extrañas coincidencias. Y prueba de ello es lo que me paso la noche de ayer.

Ayer llegué a este país y es las segunda experiencia más desagradable que he vivido al querer ingresar al extranjero. La primera fue al pretender ingresar a Israel por Jordania. Mejor no hablo de la manera en que se trata a los extranjeros (la mayoría de ellos palestinos) que desean entrar por tierra a Israel. Bueno pues la noche de ayer, llegaba yo con mi conciencia tranquila a este país, con tres botellas de tequila en mis maletas y un sombrero de charro metido en una bolsa negra, sin saber lo que me iba a suceder.

Al llegar con la persona de migración yo le presento mis documentos y mi pasaporte con visa. Ella busca información en su computadora, la consulta y me dice: “ ¿– Usted a qué se dedica? Le respondo “– Soy sacerdote y profesor de filosofía”. Ella se me queda viendo medio incrédula y sólo me responde con un – Mmmm… Que yo interpreté como un “Eso es demasiado para un hombre medio calvo y que mide escasamente 1 metro 60. Después de esa expresión, como respuesta me dijo: “ –Hábleme de filosofía” Yo quedé algo perplejo, porque pensé que iba a pedirme que yo la confesara o que le dijera qué pensaba yo de la salida de Inglaterra de la Unión Europea. Por eso vacilé un poco cuando le respondí “ Y qué quiere Usted saber de filosofía”. Como dándole a entender: “No sea Usted, ignorante hablar de filosofía es como hablar de la corrupción en México, es decir hablar un problema muy grande y que tiene que ser bien entendido a la vez”. Ella se me quedó viendo con ojos de psicoanalista mal pagado y me preguntó: “ – En qué escuelas da usted clases”. Yo le dije el nombre de las dos Universidades en las que participo. Ella se me quedo viendo e hizo una mueca como queriendo darme a entender “Eso no me impresiona”. Después continuó: “ –¿Y qué clases de filosofía da?.” Le respondí: “ –Varias, por ejemplo: Filosofía de la religión, filosofía latinoamericana, Filosofía contemporánea …” Entonces ella me interrumpió para preguntarme: “ – ¿Conoce Usted a …? (no recuerdo el nombre que ella pronunció en ese momento, pero lo dijo como si se tratara de Pedro el de la esquina, al que todo el mundo conoce). Le respondí: “ – No, no lo conozco. ¿Es un filósofo de éste país?.” Y ella se río como dándome a entender “Usted no es un filósofo sino un sofista”. En ese momento entendí a mi amigo Horacio Cerutti, quien nos dice que no sólo hay que estudiar a los grandes como Sócrates, Kant o Heidegger, sino también a los autores periféricos. Entonces yo algo molesto por su mueca burlona le dije “ – ¿Y Usted podría decirme qué es la fenomenología? Ella se me quedó viendo como si le hubiera yo preguntado por extraterrestres y me preguntó intrigada “ – ¿fenomenología?” “ – Sí” le respondí. “ – ¿O qué cosa es la hermenéutica? ¿Y quién es Jean Grondin? que es de aquí de su país”. Ella me miró molesta, puso un número en un papel y me dijo: “ – Pase al salón que está a su derecha.” Yo pensé que ya iba yo a recoger mis maletas pero se trataba de otro lugar de inspección.

Éramos como unas 50 personas de varias nacionalidades los que esperábamos en esa sala. Yo me dije cuando entré. “¿Y todos ellos también habrán reprobado su examen de filosofía en la aduana.?” En casi una hora que estuve allí esperando mi turno, terminé de leer La tregua, de Mario Benedetti, que había iniciado poco antes de subir al avión. Tengo que confesar que, ese aire de malestar, le puso un “clima especial” a las últimas páginas de la novela del autor uruguayo. Ya que la novela, si bien inicia con un tono romántico entre el amor de un quincuagenario con una jovencita, ya casi en las últimas páginas, con la muerte de Avellaneda, está muy cercana a las historias de terror y de misterio de Alfred Hitchkcock. Terminé de leer la novela cuando llamaron mi número.

Pasé esta vez con un Señor que me preguntó nuevamente a qué me dedicaba. Le dije que era profesor de Universidad y sacerdote. Incluso le mostré dos de mis credenciales que me acreditaban como tal. Él casi sin verme seguía consultando su pantalla de computadora. Después me dijo que para qué había ido yo a su país. Yo tenía ganas de responderle que no había ido para pasar disgustos, pero sólo me limité a decirle que para participar a un congreso. Él me dijo que sí yo iba a dar la conferencia principal. Le respondí humildemente que no, que sólo iba a participar en una mesa con otros conferencistas. Se me quedó viendo como diciendo: “Pues todavía le hace falta madurar más filosóficamente”. Dyespués me puso unos número en la misma tarjeta y me dijo señalándome un lugar. “ – Pase a la sala que está allá enfrente”. Yo pensé que era la sala para recoger mis maletas, pero no, era el tercer lugar de interrogatorio.

En ese lugar sólo habíamos como 5 personas. Yo me dije: “O somos los más burros de los que queremos entrar a éste país o somos los más sospechosos”. Más bien era lo segundo. Aquí habían tres personas que interrogaban. Había cuartitos donde interrogaban a algunos con cámaras de vigilancia y todos estaban armados. A una señora le hicieron abrir sus maletas y el policía con guantes (como si fuera a operar) que la interrogaba, revisaba cada prenda que ella llevaba con exagerado cuidado. Todos los policías tenían caras de pocos amigos. Parecían personajes sacados de películas de terror. Afortunadamente para los que habíamos visto las últimas películas de espantos, esos rostros nos intimidaban muy poco. Cuando llegó mi turno. Una mujer grande y corpulenta me pregunto por tercera ocasión. “ – A qué se dedica Usted y para que quiere entrar a nuestro país”. Yo tenía ganas de responderle. “Pues hace todavía dos horas que quería yo entrar, pero ahora quiero que me devuelvan mi dinero y que me regresen a mi país.”. Pero sólo me limite a repetirle lo mismo que a los anteriores. Ella se me quedó viendo, consultó su computadora y me dijo. “Espéreme ahorita regreso”: Yo para esas alturas de mi tragedia sólo estaba esperando que llegaran tres gendarmes encapuchados para esposarme y llevarme preso, como a los capos de mi país. Después de tal vez veinte minutos de espera la señora regresó y me preguntó. “ ¿– Usted no ha hecho algo malo en los Estados Unidos?”. Yo tenía ganas de responderle: “Sólo haber probado su comida chatarra”, pero sólo me limite a decirle “ – No.” Mientras yo le respondía, ella puso un sello en mi pasaporte y me dijo: “ – Usted disculpe, hay alguien con el mismo nombre que Usted que es buscado en los Estados Unidos”. Después de eso me devolvió mis documentos sin aire de preocuparse de nada, como diciendo “Son cosas que pasan en la vida.” Y me indicó que fuera yo recoger mis maletas.

Cuando fui por mis maletas pensé que todo había terminado, pero aún me quedaban ciertas sorpresas. Mi maleta que tanto había cuidado, llegó sin una de sus llantitas y la persona que iría a recogerme (nada más ni nada menos que el Presidente del congreso) ya se había ido. Bueno después de más de dos horas de haber estado esperándome era normal, yo me hubiera ido después de 15 minutos que él no hubiera llegado. Para colmo de mis males, yo no llevaba la dirección del Hotel donde tenía ya reservado y a donde se llevaría a cabo el Congreso. Yo estaba seguro que estaría el Presidente (no de la nación sino del congreso) esperándome y por eso le llevaba el sombrero de charro. A esto hay que añadir que no pude conectarme al internet del aeropuerto, para buscar la dirección, aunque en teoría disponía uno de 10 minutos gratuitos. Afortunadamente un buen samaritano de los vigilantes del aeropuerto se compadeció de mi situación y buscó la dirección en su teléfono. Me la escribió en un papelito mientras yo le decía. “ – Usted es la primer persona amable que encuentro en este país.” El me dijo “ – A poco.” Luego añadió “ – Bueno tal vez mañana me toque a mi”. Además me ayudó a llevar mis maletas y me condujo hasta el taxi.

Pensé que ya había pasado todo, pero aún me faltaba el desenlace final (como en el libro de Benedetti). El lugar estaba lejos y complicado para llegar. El taxista me dijo que era una reserva de indios que se encontraba a las afueras de la ciudad. No sé por qué se eligió ese lugar para el Congreso. Tal vez porque el organizador del congreso es amante de los aborígenes de su país o porque era el lugar más económico a las afueras de la ciudad. Creo más bien que fue por lo segundo. Es más, el lugar está tan apartado y escondido de la ciudad, que ni con su GPS, ni llamando tres veces al Hotel, ni con información de una patrulla, el taxista podía dar. No sé si por despistado o por incrementar el precio del viaje. En todo caso cuando llegamos, tuve que pagar el precio más elevado que haya yo pagado a un taxista en mi vida. Afortunadamente la recepcionista fue amable y cuando le conté mi historia, a pesar de ser ya noche, fue por una charolita con algo de comida y después de darme las llaves de mi habitación me dijo. “ – A Hard Day’s Night”. Eso me recordó a los Beatles, pero no a la melodía.

En algún lugar impronunciable y demasiado caro para llegar en Taxi,

2 de Julio de 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4 comentarios sobre “15. La terrible historia de los homónimos. O la noche de un día difícil

    Miguel Camacho Miceli escribió:
    2 julio, 2016 en 14:49

    Padre Frank, su viaje fue algo complicado y fuera de serie!!, su relato supera por mucho a varias películas que he visto, me mantuvo intrigado de inicio a final. Gracias a Dios todo salio bien y nos deja saber que podemos tener homónimos buenos o malos como en su caso… Espero que su regreso sea mejor que su llegada!; Un agasajo leerlo.. Saludos y bendiciones a esas personas que siempre tienden la mano a los que la necesitan como el caso del vigilante del aeropuerto y recepcionista del Hotel..

    Ana escribió:
    5 julio, 2016 en 08:11

    Hola Padre Paco: Estaba leyendo sobre el incidente alla en el Norte. Muy incomodo por cierto. Que pena que la persona que fue a buscarlo se impaciento y lo dejo solito. Gracias a Dios que existen personas que se solidarizan con la situacion del otro. Huuummmmm! me pregunto como fue la reaccion-del que lo invito- y lo dejo solito. Sera ese el pais donde se esta anunciando que mejicanos no necesitaran Visa para entrar a ese pais? – Caramba! Mucho exito en su conferencia, espero la experiencia para regresar, sea mas positiva que de la ida. Saludos, abrazos….
    Desde un lugar de los Estados Unidos.

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