41. Vigencia del pensamiento de Mons. Romero para el México contemporáneo (En el centenario de su nacimiento 1917-2017)

  1. Vigencia del pensamiento de Mons. Romero para el México contemporáneo (En el centenario de su nacimiento 1917-2017)

Reflexionaremos sobra la vida de Mons. Oscar Arnulfo Romero, y la vigencia de su pensamiento para el México contemporáneo. Dividiré mi participación en dos capítulos y una conclusión. En primer lugar hablaré de la vida de Mons. Romero, de su conversión a los pobres, y de su martirio por la justicia. En segundo lugar mencionaré brevemente la situación en el México contemporáneo. Finalmente en la conclusión mostraré como la vida y obra de Mons. Romero tienen gran vigencia para el México contemporáneo, y son luz para nuestro país en los momentos tan críticos por los que ahora pasamos. 

I.  Mons. Oscar Arnulfo Romero y su vida en favor de la justicia.

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, en el departamento de San Miguel (El Salvador). Fue el segundo de 8 hermanos, hijo de Santos Romero (telegrafista) y de Guadalupe Galdámez. Oscar Arnulfo fue bautizaron el 11 de mayo de 1919, en la iglesia parroquial de su ciudad natal. Desde niño tuvo una salud muy frágil. En la escuela pública donde estudió, destacó principalmente en materias humanísticas. A la edad de 13 años, en 1930, ingresó al Seminario de San Miguel, dirigido por sacerdotes claretianos. Algunos años después, en 1937, ingresó al Seminario Mayor de San José en San Salvador. Ese mismo año, viajó a Roma donde continuó sus estudios de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. Vivió en el colegio Pío latinoamericano (casa que alberga a estudiantes de Latinomérica), hasta que llegó a ser ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942 a la edad de 24 años. En Roma fue alumno de monseñor Giovanni Batista Montini, (futuro papa Pablo VI).

Regresó a El Salvador en 1943 y fue nombrado párroco de la ciudad de Anamorós en La Unión, y después fue párroco en la Catedral de Nuestra Señora de la Paz y secretario del Obispo diocesano monseñor Miguel Ángel Machado. Fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador en 1968, año de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Bogotá, Colombia. El 21 de abril de 1970, el papa Pablo VI lo designó Obispo Auxiliar de San Salvador, recibiendo la consagración episcopal el 21 de junio de 1970, de manos del nuncio apostólico Girolamo Prigione. El 15 de Octubre de 1974, fue nombrado obispo de la diócesis de Santiago de María en el departamento de Usulután. Ocupó esa sede durante dos años. Finalmente el 3 de Febrero de 1977 fue nombrado por el Papa Pablo VI  Arzobispo de San Salvador, para suceder a monseñor Luis Chávez y González. Ante tal nombramiento muchos sacerdotes y laicos de la Arquidiócesis sintieron extrañeza e incluso malestar, pues preferían para el cargo a Arturo Rivera y Damas, obispo auxiliar de monseñor Chávez. Varios consideraron a Romero como el candidato de los sectores conservadores que no se comprometería políticamente, ni tomaría la “opción preferencial por los pobres”, ya muy fuerte en América Latina, gracias la Teología de la Liberación. Sin embargo muy pocos días después de que Mons. Romero fuera nombrado Arzobispo de San Salvador, se va a producir en él un cambio radical en su manera de predicar y de vivir el Evangelio, un cambio al que podemos catalogar como conversión. En esta breve exposición, abordaremos dos aspectos de su vida: su conversión a los pobres y la denuncia profética en sus homilías.

I.1. La conversión de un obispo. Normalmente cuando escuchamos la palabra “conversión” pensamos en alguien alejado de la Iglesia, que en cierto momento de su existencia cambia su estilo de vida alejado de Dios, comienza a creer y es bautizado. Por lo tanto puede extrañarnos la idea de que un obispo pueda convertirse. Sin embargo la “conversión” de Romero, a partir de los pobres y para los pobres, es uno de los mejores ejemplos de lo que significa tomar en serio la radicalidad del Evangelio. Porque una persona puede estar bautizada (y trabajar oficialmente para Dios, como es el caso de clérigos, religiosos/as, y algunos laicos), pero vivir de manera superficial o incluso anti-testimonial su supuesta fe. En el caso de Mons. Romero no es que él viviera una vida disipada o poco edificante, sino que vivía una vida muy centrada en lo espiritual y con poca resonancia en la vida política. Existía en él –como es el caso todavía de muchos cristianos– un divorcio entre su fe y su compromiso social. Es por eso que de Roma lo nombraron primero obispo y posteriormente arzobispo de El Salvador en aquellos años setentas, tan llenos de agitación política en varios países de América Latina. Roma no quería sacerdotes u obispos agitadores sociales, quería personas obedientes y dóciles que se conformaran con predicar una religión desligada de los problemas sociales. “Monseñor Romero fue un sacerdote y un obispo conservador, próximo al Opus Dei, obediente a Roma y apenas sensible a las situaciones de injusticia de ese pequeño país centroamericano controlado por unas pocas familias.”[1] Un obispo que favorecía a la élite del país. “Hombre de mentalidad católica clásica, a menudo opuesto a los jesuitas, a quienes había logrado expulsar, pocos años atrás, del seminario diocesano que dirigía. Su candidatura a arzobispo fue criticada por no pocos agentes progresistas de la Iglesia (…). Romero era el candidato de la elite del país contraria a obispos sensibles en lo social.”[2]

¿Cómo fue entonces que este obispo tan conservador dio un giro tan radical a su vida poniéndola al servicio de los pobres, hasta llegar a ser la “voz de los sin-voz”? Romero, murió a los 62 años de edad, vivió cerca de 39 años como sacerdote, 7 como obispo y tan sólo 3 como arzobispo. Fueron estos últimos tres años de su vida, siendo arzobispo, los que le permitieron pasar a la inmortalidad gracias a su compromiso con la justicia. ¿Qué fue lo que motivó en él el deseo de justicia para su pueblo, para su país, para el mundo? Nos parece que hubo dos acontecimientos importantes que permitieron su conversión. El primero fue el asesinato de su gran amigo el P. Rutilio grande, sacerdote jesuita. Y el segundo fue el contacto que tuvo con los pobres y con la Palabra de Dios, leída desde los pobres y para ellos.

Mons. Romero mantuvo una gran amistad con el sacerdote jesuita P. Rutilio Grande. Y aunque ellos no compartían la misma mentalidad con respecto al compromiso concreto que la Iglesia debe tener en la defensa de los pobres, ya que el P. Grande estaba muy comprometido socialmente y Mons. Romero era más conservador, sin embargo la amistad los unía estrechamente. Tenía apenas pocas semanas que Mons. Romero había sido nombrado arzobispo cuando su amigo el P. Grande fue asesinado (el 12 de Marzo de 1977 en Aguilares, El Salvador) , junto con un campesino y con un niño. Este acontecimiento lo marcó profundamente. El P. Grande no era un guerrillero, no predicaba la lucha armada, era un sacerdote comprometido con los derechos humanos y con la justicia. A los dos días de la muerte de su amigo el P. Rutilio Grande, Mons. Romero celebró la misa de exequias y dijo estas palabras: “Si fuera un funeral sencillo hablaría aquí de unas relaciones humanas y personales con el P. Rutilio Grande, a quien siento como un hermano.”[3] De hecho esa es la primer homilía de Mons. Romero, recogida en los seis tomos de todas sus homilías que se publicaron de él, algunos años más tarde, en los tres años que duró como arzobispo. A pocos días de ser arzobispo podemos leer que el tono de su predicación todavía oscila entre su conservadurismo episcopal y el deseo de hablar en favor de justicia. Se apoya de la Doctrina Social de la Iglesia e invita a la prudencia. “La doctrina social de la Iglesia nos da hombres liberadores con una inspiración de fe y, junto a esa inspiración de fe, en segundo lugar, hombres que ponen, a la base de su prudencia y de su existencia, una doctrina: la doctrina social de la Iglesia.” Y poco más adelante previene a sus sacerdotes de no caer en ideologías políticas que sólo buscan una liberación puramente terrena: Queridos hermanos sacerdotes (…) no nos desunamos con ideologías avanzadamente peligrosas, con ideologías inspiradas no en la fe, en el Evangelio.”[4]

I.2. La denuncia profética en sus homilías. Además de la muerte del P. Grande, otro elemento que influyó mucho en el arzobispo Romero para su conversión, en favor de los pobres, fue el contacto que comenzó a tener con su pueblo. La “realidad histórica” –por utilizar la frase de un jesuita intelectual, que también influyó en él y que sería asesinado nueve años después que Mons. Romero, el P. Ignacio Ellacuría[5]– le permitió leer la Biblia de otra manera, desde el sufrimiento de los pobres. De tal manera que la realidad histórica aunada a su conocimiento teológico (había estudiado teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma), le permitieron ser “la voz de los sin voz”. “La fuerza de sus homilías fue en aumento. En ellas comentaba las lecturas del día desde la realidad del país y enumeraba los asesinatos de la semana, hasta el punto de lograr una síntesis única entre la escucha de la palabra de Dios procedente de la Biblia y la escucha del hablar de Dios a través del clamor de las mayorías del presente histórico.”[6]

 Cada domingo sus homilías eran esperadas por la población que las seguía por la radio. A partir de la muerte del P. Grande, que coincidió prácticamente con el inicio de su ministerio como arzobispo, sus homilías fueron más extensas y más encarnadas en la realidad de su país. En ellas dedicaba una buena parte para comentar los sucesos de la semana: secuestros, torturas, asesinatos, atropellos a los Derechos humanos, etc. Todo lo que no se decía en los medios oficiales de información, todo lo que era censurado por el gobierno, era dicho públicamente desde el pulpito de la catedral. Las homilías de Mons. Romero guardaban los tres pasos metodológicos de las comunidades eclesiales de base: ver-juzgar-actuar. Sus predicaciones visualizaban a todo el mundo lo que pasaba en El Salvador, y juzgaban esa realidad de muerte y de opresión a partir de la Palabra de Dios, pero sobre todo impulsaban a actuar a partir de un compromiso cristiano con la justicia. En muy poco tiempo la gente y los sacerdotes que antes lo habían criticado comenzaron a unirse a él, estaban en la misma lucha por la justicia. Sus homilías eran interrumpidas en varias ocasiones por la gente que aplaudía entusiasmada y con lagrimas en los ojos al oír que sus esperanzas eran retomadas bíblicamente por su arzobispo.

El Reino de Dios y su justicia no eran cuestiones de otro mundo al que se iría después de la muerte, sino que habría que buscarlo y construirlo en ese momento preciso de la realidad salvadoreña. Cito tan sólo algunos fragmentos de sus homilías con respecto al Reino de Dios como responsabilidad humana: “Todos ustedes, queridos laicos, religiosas y religiosos, queridos hermanos sacerdotes, todos nosotros somos el pueblo de Dios y sobre nuestras espaldas está descansando la responsabilidad de este Reino de Dios.” (26 de Junio de 1977). “Este mensaje, del reino de Dios que se acerca, es el que la Iglesia sigue predicando. El reino de Dios se acerca y cuando los hombres comprenden este mensaje de hace veinte siglos, en los labios de los evangelizadores de 1977, se aman, hacen comunión y detestan las diferencias.” (6 de Agosto de 1977). “¿Quién será grande en ese reino de los cielos? El que se haya llenado más de Cristo. (…) queridos hermanos, que sería una lástima haber vivido como saturado de la presencia de Cristo –porque estamos saturados de pobres– y no haberlo conocido.” (26 de Noviembre de 1978). “El problema de la predestinación es un problema de acogida o de rechazo al reino de Dios predicado por Cristo.” (30 de Julio de 1979). “Perdone que les diga: no me interesa tanto la simpatía de ustedes como la simpatía de Dios (…) Servirlo a Él es reinar y cuanto más humildemente lo quiera servir en el pueblo, más reinaré” (23 de Septiembre de 1979). “Otro pensamiento de Cristo Rey es que su objetivo es la liberación integral de todos los hombres.” (25 de Noviembre de 1979).

La justicia para todo su pueblo (oprimidos y opresores) fue la tarea principal de Mons. Romero. Un obispo amado por los pobres, pero poco comprendido por la Iglesia institucional, que veía en él un partidario de la teología de la liberación y demasiado comprometido en política y derechos humanos. No es sino hasta el pontificado del Papa Francisco que se le está haciendo justicia y reconociendo su grandeza humana y espiritual. Su última homilía dominical, que fue la que le costó su vida, fue una de las más críticas y largas en duración. Fue el domingo 23 de Marzo de 1980, misa ecuménica en la que participaron sacerdotes, ministros de otras confesiones religiosas y representantes de Derechos humanos, la mayoría de los Estados Unidos. En esa homilía Mons. Romero volvió a recordar que la labor de todos los cristianos es participar en la construcción del Reino de Dios. “El gran trabajo de los cristianos tiene que ser ese: empaparse del reino de Dios y, desde esa alma empapada en el reino de Dios, trabajar también los proyectos de la historia. Está bien que se organicen en organizaciones populares, está bien que hagan partidos políticos, está bien que tomen parte en el Gobierno, está bien con tal que seas un cristiano que llevas el reflejo del reino de Dios y tratas de implantarlo allí donde estás trabajando, que no seas juguete de las ambiciones de la tierra.”[7] En esa homilía recordó que había enviado una carta al presidente de los Estados Unidos, pidiéndole que ya no vendiera armas al gobierno de El Salvador, ya que sólo servían para matar y reprimir a la población. Concluyó su homilía pidiendo a los hombres del ejercito que dejaran de obedecer la orden de matar por parte de sus superiores, y que obedecieran antes la voz de su conciencia y la voz de Dios que les dice ¡no matarás! “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de los policía, de los cuarteles. (…) ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: “No matarás”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. (…) les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”

Con esa homilía Mons. Romero firmaba su sentencia de muerte ante el gobierno. Al día siguiente, lunes 24 de Marzo de 1980, sería asesinado al concluir su última homilía, no en la Catedral sino en la capilla del hospital de la Divina Providencia donde ese día celebraba misa. Por extraña “coincidencia” el evangelio de ese día era el texto de San Juan 12, 23-26. “Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere permanece infecundo. Pero si muere produce mucho fruto.” Antes de que la bala de un francotirador acabara con su vida, Mons. Romero pudo concluir su última homilía con las siguientes palabras: “Que este cuerpo inmolado y esta carne sacrificada por los hombres nos alimente también a dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo: no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos, pues, íntimamente, en fe y esperanza a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros. En ese momento sonó el disparo.[8] 

II. México contemporáneo y su clamor por la justicia.

No es necesario indagar en muchas fuentes para saber sobre la situación tan lamentable que ahora vivimos como mexicanos o incluso como extranjeros (ya sean legales o peor aún ilegales) en nuestro país. Lo que sucede ahora en México, desde el norte hasta el sur, lo sabemos todos los que vivimos en este país por experiencia propia. El estado de descomposición social que ahora padecemos, lo sufrimos todos los días, en la calle, en el transporte, en el trabajo. Basta con ver abrir los periódicos o escuchar los noticieros –incluso aquellos que están ligados al poder– para constatar lo mal que estamos en nuestro país. En México, en los últimos años, vivimos graves problemas tanto económicos, como políticos y sociales, que tienen que ver con la falta de la preocupación por el otro en nuestra vidas, la falta de una perspectiva ética que pueda guiar nuestro comportamiento. Nos estamos convirtiendo en una sociedad fuertemente individualista que olvida al otro, sobre todo al pobre y al marginalizado.

II.1. Problemas económicos. El salario mínimo en México, $80.04 pesos, equivalente a 4.54 USD, por 8 horas de trabajo al día, no sólo es un insulto a la persona, sino ante todo es denigrante e inhumano. Un gobierno que no sea capaz de asegurar un salario mínimo indispensable, que permita vivir con dignidad, es un gobierno asesino e injusto. Dice el libro del Eclesiástico 34, 21-22: “El pan de los necesitados es la vida de los pobres, privarlos de su pan es cometer un crimen. Quitar al prójimo su sustento es matarlo, privarlo del salario que le corresponde es derramar su sangre” Este pasaje bíblico estuvo a la base de la conversión de otro gran defensor de los derechos humanos en nuestro continente que fue Fray Bartolomé de las Casas[9]. Por otra parte, la inseguridad y la violencia que vivimos ahora en México, han deteriorado mucho la economía nacional, afectando al turismo y a los comerciantes medianos o pequeños, muchos han preferido cerrar sus negocios a seguir siendo victimas de extorsiones. En México hay mucha evasión de impuestos y comercios informales, porque la gente no tiene confianza en el gobierno, en lo que hará de sus impuestos. Y por último, entre otros muchos elementos que podríamos seguir mencionando y que afectan la economía nacional, se encuentra la corrupción. Desde los grandes casos de corrupción como la petrolera brasileña Odebrecht, que declaró haber pagado sobornos millonarios al ex director de Pemex, Emilio Lozoya Austin, y a otros altos directivos mexicanos durante los gobiernos de Felipe Calderón y Peña Nieto; o las grandes licitaciones que supuestamente ganó el grupo constructor Higa, y a cambio de lo cual el presidente Enrique Peña Nieto recibió su famosa casa blanca; hasta las pequeñas corrupciones en las que nosotros mismos podemos participar, como sobornos a la policía, “mordidas” para acelerar los trámites burocráticos, etc.

Vivimos en un país marcadamente desigual desde el punto de vista económico. Un país donde reside uno de los hombres más ricos del mundo así como empresarios que han creado grandes emporios comerciales; pero también una gran mayoría de la población que carece de lo mínimo indispensable para poder vivir dignamente. Como lo indica la Conferencia del Episcopado Mexicano: “El 35.8 por ciento (equivalente a 40.3 millones de personas) de la población mexicana vive en condiciones de pobreza, mientras que el 10.4 por ciento (equivalente a 7 millones de personas) vive en pobreza extrema. Así las cosas, más de 47 millones de mexicanos no tienen acceso a los bienes mínimos para poder vivir de acuerdo a las exigencias elementales de su dignidad.”[10] Por otra parte algunos de los principales lideres sindicales de nuestro país son conocidos por su opulencia y el nivel de corrupción al que han llegado. ¿Cómo ha afectado todo esto a la población? Ha incrementado el comercio informal, familias desunidas a causa del trabajo, así como también robos, secuestros, y otros delitos de menor o mayor grado cometidos por una parte de la población.

II.2. Problemas políticos. El deterioro de nuestro país tiene nombres y apellidos. No es algo fortuito, es algo que se ha venido dando desde hace ya muchos años y que se ha venido agravando en los últimos sexenios. Podríamos decir que desde el gobierno tiránico de Díaz Ordaz hasta la fecha. En 1910 se inició la Revolución mexicana, surgida desde el pueblo y para el pueblo, pero en realidad no nos llegó una reforma agraria ni social, sino que los que nos llegó fue una “revolución-institucionalizada” encarnada en un partido político, aunque parezca contradictorio, que es el PRI.[11] Un partido que fue creado para perpetuarse en el poder y no para ayudar a la gente. Como decía el ahora premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa en Agosto de 1990 cuando visitó nuestro país. “El PRI es la dictadura perfecta”, es el modelo ideal que cualquier dictador soñaría para poder perpetuarse en el poder. El simulacro de democracia que tenemos cada sexenio a nivel federal, como a nivel estatal, es algo que pagamos muy caro los mexicanos, es un desgaste tanto económico como moral. El Instituto Nacional Electoral (INE), fundado en 1990, es uno de los órganos institucionales más caros que pagamos los mexicanos. Pagamos con nuestros impuestos un arbitro electoral que no sirve de nada porque está ligado a intereses partidistas. Finalmente el narcotráfico se ha aliado a esferas muy altas del poder político mexicano y esto nos está llevando a un declive nacional.

Por otra parte una buena parte de nuestros dirigentes políticos, por no decir la gran mayoría, no buscan llegar a los cargos políticos para ayudar a la población sino por intereses personales. La política en nuestro país se ha prostituido, los cargos los obtiene el mejor postor, no siempre el más honesto o el más preparado. Lo peor de todo es que esta crisis política ha contagiado también a una buena parte de la población; en las elecciones hay mucha gente cambia su voto por una tarjeta de despensa o por distintos beneficios personales. En esta crisis política, prácticamente todos los partidos están implicados de una o de otra manera. Sin embargo también detectamos elementos positivos en todo esto, como lo muestran por ejemplo movimientos como “#yo soy 132”, o los padres de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, o asociaciones de ciudadanos que luchan contra la corrupción.

II.3. Problemas sociales. Si Marx decía a mediados del siglos XIX: “la religión es el opio del pueblo”, es porque no conocía la programación de nuestras dos grandes televisoras mexicanas (Televisa y TV Azteca). Vivimos en un país heredero de grandes civilizaciones precolombinas que poco a poco ha ido desvirtuando el legado de nuestros antepasados. Es verdad que tenemos grandes talentos en México, sin embargo a nivel de la población en general, la cultura parece un elemento de lujo e inaccesible. Lo que está al alcance de la población es una pseudo-cultura que, bajo el amparo y protección de intereses económicos y políticos, busca enajenar a la gente distrayéndola de la verdadera cultura que es fuente de crecimiento y de promoción humana. En la televisión se promueven series sobre la vida de narcotraficantes, se cantan sus hazañas en los narcocorridos, y muchos niños y adolescentes sueñan en poder llegar a ser capos algún día o ser la novia o amante de algún gran líder.

Podemos decir brevemente que la moral (del latín mores, “costumbres”) es el conjunto de reglas o normas que rigen la conducta de un ser humano en relación a la sociedad. En México pareciera ser que la búsqueda por la sobrevivencia diaria en el trabajo, en la familia, en el tráfico, etc. es más importante que las normas o principios morales. Vivimos en una sociedad que de cierta manera ha llegado a banalizar el mal. En 1961 la filosofa alemana de origen judío Hannah Arendt (1906-1975) publicaba un libro con el título: Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal. Esta frase nos hace pensar en la violencia y el desprecio por la vida que vivimos ahora en México. El tema del mal se está convirtiendo en un elemento común y banal en nuestras vidas, y esto es algo terrible. ¿Qué cosa es lo banal? Lo banal es lo ordinario, lo común, lo frecuente, lo que ya no causa asombro. Nos estamos acostumbrando al mal y estamos acostumbrando a los niños y a los adolescentes a vivir en una sociedad llena de odio, de violencia, de crímenes, de muerte, en donde no importa el bien del otro sino el egoísmo.

Conclusión

Mons. Romero una luz para el México contemporáneo

 Después de haber analizado algunos elementos de la vida, pero sobre todo de la conversión de Mons. Romero a la causa de los pobres, concluimos que podemos tomarlo como modelo para luchar contra la injusticia que ahora vivimos en México. Una luz que nos permita salir del egoísmo tanto individual como colectivo en varios sentidos. Monseñor Romero trasciende el ámbito puramente religioso o nacionalista y nos habla, aún perteneciendo a otras religiones o siendo increyentes y sin ser salvadoreños, porque el grito de justicia no conoce credos, razas o nacionalidades. Señalo tres puntos en los que podemos inspirarnos de la vida y obra de Mons. Romero.

  1. Tener contacto con la realidad en que vivimos. Uno de los grandes riesgos para quienes trabajamos en cuestiones sociales (ya seamos actores políticos, religiosos, culturales, etc.), es poner los ideales por encima de la realidad. Es por lo tanto importante, a ejemplo de Mons. Romero, no diseñar modelos perfectos desde el escritorio, al estilo de la ciudad ideal diseñada por el gran idealista Platón en La Republica, y olvidarnos de lo que pasa en la calle. Incluso el gran soñador que fue Don Quijote, le dice a su escudero Sancho Panza que cuando llegue a ser gobernador sea humilde, practique la justicia, y sobre todo salga a la calle y a las plazas para platicar y conocer a la gente que va a gobernar. Hemos vivido desde hace años en un país donde sus gobernantes no conocen ni escuchan a su pueblo. Donde los ciudadanos somos tan solo cifras, números que se manejan y manipulan al antojo de los que tienen el poder. Como hemos visto en nuestro análisis, Mons. Romero cambió su modelo evangelizador tradicionalista y muy conservador, cuando tuvo más contacto con su pueblo. La política y la religión deben estar a la escucha de la gente para poder servirla mejor.
  2. Trabajar en equipo. Uno de los grandes peligros que debilitan mucho la búsqueda de justicia, es el trabajo aislado. Mons. Romero formó equipo con agrupaciones y personas que deseaban trabajar en favor de la justicia de su pueblo, aún viniendo de horizontes distintos al suyo. Fue un hombre abierto y plural que fomentó el dialogo interreligioso y la pluralidad política. Romero nunca consideró que la justicia de su pueblo fuera una labor personal sino colectiva, por eso buscó instancias de apoyo tanto a nivel nacional como internacional. En México hay muchos protagonismos, personas que no se preocupan por el bien en general de la población sino que buscan sólo su provecho personal o partidista. Necesitamos más humildad política y religiosa para entender que nadie puede cambiar la situación del país él sólo.
  3. Ser voz de los sin voz. A ejemplo de Mons. Romero es importante aprovechar el lugar estratégico que tengamos (puesto político, cargo religioso o académico, etc.) para defender a las personas más desfavorecidas. En México se encubre la verdad, se sanciona o peor aún se asesina a quienes la buscan, en los últimos años se han asesinado una gran cantidad de periodistas por su compromiso con la verdad. Es necesario por otra parte tener conciencia histórica. En nuestro país hay muchos interés por parte de algunos para que ciertos pasajes de la historia nacional se olviden: Tlatelolco 68, Ayotzinapa, guarderías ABC, etc. El primer deber de justicia en México es conocer realmente nuestra historia
  4. Promover una paz con justicia. Lo que vivimos ahora en nuestro país es un estado de guerra en donde por una parte está el gobierno aliado con el narcotráfico y por el otro la población. Vivimos en un país enajenado por los grandes medios de comunicación. La paz verdadera es fruto de la justicia. Mons. Romero se preocupó por erradicar la violencia en su país luchando por la justicia para que hubiera una paz verdadera. Como dice el profeta Isaías. “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre” Isaías 32, 17.

 

 

 

 

[1] Juan José TAMAYO, Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica, Fragmenta editorial, Barcelona, 2013, p. 164. Y también:

[2] José SOLS LUCIA, La teología histórica de Ignacio Ellacuría, Ed. Trotta, Valladolid, 1999, p. 37.

[3] ROMERO, Homilías. Mons. Óscar A. Romero, Tomo I, Ed. UCA, San Salvador, 2005. 1er homilía publicada de él como arzobispo, pronunciada el 14 de Marzo de 1977, p. 31.

[4] ROMERO, Op. cit., p. 34.

[5] Cfr. Ignacio ELLACURÍA, Filosofía de la realidad histórica, Ed. Trotta, Valladolid, 1991.

[6] José SOLS, Op. cit., p. 38.

[7] ROMERO, Homilías. Mons. Óscar A. Romero, Tomo VI, Ed. UCA, San Salvador, 2009, p. 433-434.

[8] ROMERO, Op. cit., p. 458, por las dos citas. En 1989 John Duigan dirigió la película estadounidense “Romero”, basada con mucha fidelidad en la vida de Mons. Romero. Sin embargo en dicha película se muestra que Mons. Romero fue asesinado por el francotirador en el momento de levantar el cáliz para su consagración, sin embargo en realidad le dieron el disparo cuando concluía su homilía.

[9] Con respecto Fr. Bartolomé de las Casas y la lectura de la Palabra de Dios a partir del sufrimiento de los indios, ver el importante libro del dominico que está considerado como el padre de la Teología de la liberación: Gustavo Gutiérrez, En busca de los pobres de Jesucristo, Ed. Sígueme, Salamanca, 1993. Marcel Bataillon dice que el pasaje clave, se encuentra en unos versículos antes, Eclesiástico 34, 18: “Ofrecer un sacrificio con el fruto de la iniquidad, es hacer una ofrenda mancillada”. Cfr. Marcel BATAILLON, Las Casas en la historia, Ed. FCE, México, 2013, p. 16.

[10] Conferencia del Episcopado Mexicano, Educar para una nueva sociedad. Reflexiones y orientaciones sobre la educación en México, CEM, México, 2012, p. 33. Se cita como fuente de las estadísticas a: Pobreza en México y en las Entidades Federativas 2008-2010, Julio de 2011.

[11] Fundado el 4 de Marzo de 1929 con el nombre de Partido Nacional Revolucionario (PNR), por el entonces presidente de México Plutarco Elías Calles. Partido que tuvo algunos cambios de nomenclatura pero asegurando la misma identidad. Partido Nacional Revolucionario (PNR, de 1928 a 1938); Partido de la Revolución Mexicana (PRM, 1938-1946); Partido Revolucionario Institucional (PRI, 1945 – hasta la fecha).

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