2 de Octubre (50 años después) no se olvida

  1. 2 de Octubre (50 años después) no se olvida

El 2 de Octubre del 2018 resurge a la memoria, con mayor intensidad, la masacre perpetrada contra jóvenes estudiantes de la UNAM y del IPN hace exactamente 50 años, un 2 de Octubre de 1968 en la Plaza de las tres culturas.

Faltaban tan sólo diez días para que en México iniciaran (y por vez primera para un país de América Latina) los XIX Juegos Olímpicos, cuando el presidente priista Gustavo Díaz Ordaz y su secretario de Gobernación Luis Echeverría Álvarez, dieron la orden de realizar una intervención militar, para disparar a matar a jóvenes que realizaban una manifestación pacífica en la Plaza de las tres culturas, en la Ciudad de México. Aún ahora, 50 años después, no conocemos todos los detalles de aquella masacre de Tlatelolco 68. ¿Cuántos estudiantes murieron: 50, 150, 300? No lo sabemos aún y quizá nunca lo sabremos. Como no sabemos todavía lo que ha pasado con los 43 estudiantes desaparecidos, por el narcotráfico en contubernio con la policía municipal, en Ayotzinapa la noche del 26 de Septiembre del 2014. Como no sabemos bien lo acontecido en Acteal 1997, o en Tlataya 2014, o con los aproximadamente 300 periodistas que han sido asesinados en México desde 1980.

La impunidad en México es una semilla que comenzó a crecer en nuestro país hace cerca de 100 años, cuando fue fundado el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1929, llegando a ser en nuestros días un árbol de tronco muy resistente y difícil de arrancar. Desde su creación, el Partido que todavía nos gobierna, nació en medio de masacres. Plutarco Elías Calles, su fundador, comenzó persiguiendo católicos en la así llamada Guerra Cristera entre 1926 y 1929. Ya que él los consideraba contrarios a la hegemonía y principios de su partido. Desde entonces vivimos en un país cuyo gobierno manda a asesinar a la población “incomoda”. Es decir a todos aquellos que se oponen a la tiranía, corrupción e injusticias, que desde hace muchos años vivimos.

Lo lamentable es acostumbrarnos al sonido de las balas suavizado por las televisoras mexicanas. A los mexicanos no nos corre atole por la venas sino que nos corre sangre india mezclada con sangre occidental. Como poder olvidar que nuestro último gran Tlatoani, Moctezuma II, fue apedreado y asesinado por su mismo pueblo molesto, la noche del 29 de Junio de 1520. El pueblo no quería paz sin justicia. Moctezuma, que trataba de intervenir para que el pueblo se pacificara ante los españoles, fue apedreado por la multitud indignada.

La mejor manera de no olvidar a nuestros héroes anónimos es portando nosotros mismos sus reivindicaciones como antorchas todavía encendidas. No podemos vivir en paz en México mientras no tengamos justicia. Lo peor que nos puede pasar es guardar silencio y permitir que se borren de nuestra historia (como se han borrado de los libros de texto oficiales) los gritos de justicia. Por eso es hermoso acompañar a jóvenes que sueñan y que construyen un futuro mejor. Movimientos como: #Yo soy 132 o recientemente las manifestaciones en la UNAM para que desaparezcan los porros, nos hacen constatar que la mecha de justicia no se ha apagado. Decía Mercedes Sosa en su canción: Me gustan los estudiantes:

Que vivan los estudiantes

Jardín de nuestra alegría

Son aves que no se asustan

De animal ni policía

Y no le asustan las balas

Ni el ladrar de la jauría

Caramba y zamba la cosa

¡Qué viva la astronomía!

 

Me gustan los estudiantes

Porque son la levadura

Del pan que saldrá del horno

Con toda su sabrosura

Para la boca del pobre

Que come con amargura

Caramba y zamba la cosa

¡Viva la literatura!

A mí también me gustan los estudiantes y estoy feliz como maestro de poder acompañar a jóvenes universitarios que no sueñan con llenarse el buche de las migajas que nos ofrece el neoliberalismo, sino que desean otro México, otro mundo, otra humanidad más solidaria y fraterna.

Por último deseo, al igual que muchos mexicanos lo deseamos, que la Iglesia católica (en particular la jerarquía) no se haga sorda y sepa acompañar el clamor de su pueblo. Es lamentable recordar que en aquel 1968 muy pocas voces de los pastores se levantaron para protestar contra aquella masacre. Hoy es bueno recordar la voz profética del obispo Don Sergio Méndez Arceo, uno de los pocos pastores (o tal vez el único), que tuvo la osadía y el valor de denunciar en su tiempo aquella masacre.

Dice el Profeta Isaías: Y el fruto de la justicia será la paz. Mi pueblo vivirá en paz, sus habitaciones serán seguras y tranquilas”. (Isaías 32, 17). Considero que si como cristianos perdemos el hambre y la sed de justicia que incendiaba el corazón de Cristo, lo hemos perdió todo.

Nezahualcóyotl, Estado de México, 2 de Octubre (no se olvida) del 2018.

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