Abramos la ventanas de la Iglesia – Una reflexión 50 años después de Vaticano II

Francisco Xavier Sánchez Hernández

El 25 de Enero de 1959 el Papa Juan XXIII anunciaba su intención de iniciar un nuevo concilio para buscar que la Iglesia católica pudiera dialogar con la gente de su tiempo[1]. El Papa resumía lo que él esperaba de ese concilio con la expresión: “Abramos las ventanas de la Iglesia”. “Quiero abrir ampliamente las ventanas de la Iglesia, con la finalidad de que podamos ver lo que pasa al exterior, y que el mundo pueda ver lo que pasa al interior de la Iglesia.”[2]  Se trataba de buscar el aggiornamento de la Iglesia, es decir “la puesta al día”, o “la actualización”, de la Iglesia católica con respecto a la situación que se vivía en aquel tiempo.
En el presente estudio no analizaremos el contenido de aquel Concilio, llamado Vaticano II[3] (ya que era el segundo que se celebraba en el Vaticano), sino que reflexionaremos a partir de la frase dicha por el Papa Juan XXIII: “abramos las ventanas de la Iglesia”, al momento de anunciar el nuevo concilio; ya que nos parece que esta frase encierra el deseo principal que lo motivó a realizar un nuevo concilio. Nuestro trabajo abarcará tres etapas: el contexto, el acontecimiento y las perspectivas. Primero: ¿Por  qué el Papa decía que era necesario abrir las ventanas de la Iglesia en 1959? Segundo: ¿Qué significó y qué efectos produjo el hecho de que las ventanas de la Iglesia se abrieran? Tercero: 50 años después de ese deseo, ¿cómo consideramos que se encuentran en la actualidad las ventanas de la Iglesia?

I. Antes del Vaticano II, una constatación: Una Iglesia con las ventanas cerradas

Para entender mejor la propuesta del Papa Juan XXIII es necesario recordar cómo se encontraban la Iglesia católica y el mundo a mediados del siglo XX. El siglo XX ha sido uno de los siglos más controvertidos que hemos vivido; con cambios en todos los niveles: técnicos, sociales, políticos, económicos, culturales y sexuales, entre otros. Y mientras que el mundo avanzaba a pasos acelerados en propuestas, descubrimientos e innovaciones, la Iglesia parecía no sólo detenida en el tiempo, sino fuera del tiempo y del mundo. Una Iglesia con las ventanas cerradas. Es decir una Iglesia que no quería mirar, escuchar o sentir, lo que pasaba “fuera” de ella. Al utilizar la palabra “fuera” queremos indicar la división y separación que existía en aquel tiempo: fuera y dentro. El Papa al emplear la metáfora de la Iglesia como casa que tiene ventanas, nos está indicando que la Iglesia a mediados del siglo XX tenía sus ventanas cerradas, es decir estaba incomunicada con el mundo. Unas cosas eran las que pasaban “dentro” de la Iglesia, ad-intra, y otras las que pasaban fuera, ad-extra.

Para los católicos que se habían acostumbrado a vivir con las ventanas de la Iglesia cerradas, fue una novedad –e incluso una osadía– el anuncio hecho por Juan XXIII, tres meses después de su elección, de abrir las ventanas de la Iglesia. Sin embargo para muchos otros católicos se trataba de una necesidad vital para la misma Iglesia: o bien se abrían las ventanas para que entrara aire puro y por lo tanto vida, o bien la Iglesia estaba condenada a su perdida, a su propia muerte encerrada en ella misma. Se trataba de una cuestión de supervivencia. El Papa anunció, en el momento oportuno, lo que ya se esperaba con ansias. El anuncio llenó de malestar a algunos y entusiasmó a otros. Ahora bien ¿qué es lo que pasaba fuera de la Iglesia –al exterior– y que la Iglesia necesitaba tomar en cuenta? Haremos un breve recorrido de la situación mundial en aquel tiempo, para indicar “l´air du temps”, es decir el clima de aquella época en sus diferentes modalidades.

  • La guerra fría. Al término de la Segunda Guerra Mundial hubo un enfrentamiento ideológico entre las dos grandes potencias: Estados Unidos y la URSS que trataban de controlar al mundo buscando aliados. Los Estados Unidos apoyando al sistema capitalista y la URSS al comunista.
  • La carrera armamentista. El conflicto anterior trajo como consecuencia la carrera armamentista, que buscaba la producción de armas cada vez más sofisticadas y potentes para un posible conflicto con la potencia enemiga.
  • Descubrimientos espaciales. La carrera armamentista también se vio reflejada en los descubrimientos espaciales. No se trataba sólo de apoderarse del mundo sino también del cosmos. La URSS logró poner al primer hombre en el espacio, Yuri Gagarin, el 12 de Abril de 1961; por su parte los Estados Unidos consiguieron que el primer ser humano, Neil Armstrong, pisara la luna el 21 de Julio de 1969.
  • El boom económico, militar y político de las grandes potencias, ocasionaba por otra parte la emergencia de los países del así llamado Tercer mundo,que revindicaban su lugar en el gran concierto político y económico del mundo. La gran brecha entre países ricos y pobre era cada vez más visible y escandalosa.
  • En África y Asía, los países de antiguas colonias europeas, luchaban por su emancipación. Entre 1952 y 1956, Egipto, Libia, Túnez y Marruecos alcanzaron su independencia; en 1961 Sudáfrica se liberó definitivamente de Gran Bretaña; Argelia consiguió su independencia en 1962. Por su parte en Asia, Filipinas se convirtió en república independiente en 1946; la India en 1947; Birmania en 1948; Indonesia en 1949; y Malasia en 1957, por poner algunos ejemplos.
  • El mundo comenzó a aparecer cada vez más pequeño y las noticias comenzaron a circular con gran rapidez gracias al auge de los medios de comunicación.
  • Las corrientes filosóficas existencialistas y marxistas seducían en aquel tiempo a gran parte de la población. Jean Paul Sartre y el Che Guevara representaban ideas e ideales que seducían a los jóvenes de aquella época.
  • La guerra de Vietnam (1958-1975) provocó en reacción movimientos pacifistas y contra-imperialistas.
  • Se comenzó a hablar de la explosión demográfica en el mundo y se buscaron formas para el control de la natalidad. Las píldoras anticonceptivas fueron aprobadas en los Estados Unidos en la década de 1950.
  •  Se vivió una época de revolución sexual en la cual se pedía hacer el amor y no la guerra. El consumo de mariguana y otros tipos de drogas comenzaron a ser más frecuentes en la vida de los jóvenes. En los años 60s Los Beatles enloquecían a la juventud. También hubo grandes innovaciones en el arte, la literatura y la arquitectura.

Ahora bien ¿cómo se situaba la Iglesia ante estos acontecimientos? Podemos decir que existían dos grandes tendencias al interior de la Iglesia católica. La línea conservadora que permanecía “sorda” y “ciega” ante lo que pasaba en el mundo. Y la línea progresista que veía con preocupación cómo la Iglesia era cada vez más ajena y distante de las alegrías y esperanzas de la gente de su tiempo. Los primeros habían decidido seguir con las ventanas de la Iglesia cerradas al mundo. El Cardenal italiano Alfredo Ottaviani, encargado desde 1953 de la Congregación del Santo Oficio (que se convertirá posteriormente en la Congregación para la Doctrina de la Fe), era el representante de este sector conservador que buscaba continuar con el statu quo de la Iglesia. Por otra parte después de la Segunda Guerra Mundial florecieron en la Iglesia un buen número de teólogos que comenzaron a hacer propuestas de cambio y de transformación, para buscar actualizar la Iglesia a las necesidades de sus contemporáneos. Es en este contexto polémico, de grandes mutaciones al exterior de la Iglesia y de deseos de cambio al interior de la misma, que debemos entender el deseo del Papa Juan XXIII de “abrir las ventanas de la Iglesia.”

Es importante, para entender mejor este deseo de apertura, hacer un recuerdo histórico de las dificultades que la Iglesia ha tenido para buscar el famoso aggiornamento, es decir la puesta al día de su mensaje para poder ser entendida y poder acompañar a los hombres de su tiempo. Pareciera que mientras la sociedad avanza a pasos de liebre la Iglesia lo hace a pasos de tortuga.

No hay que olvidar que los momentos claves en la historia de Iglesia para buscar un dialogo con –o por lo menos para escuchar a– los hombres de su época han sido relativamente pocos[4]. En los concilios que se han organizado generalmente no se ha buscado dialogar o por lo menos escuchar, sino que se ha tomado una actitud defensiva y apologética frente a los cambios que se han ido dando en el mundo. De los 21 concilios ecuménicos que ha tenido la Iglesia, prácticamente la mayoría se celebraron durante la edad media –en ocasiones dos en el mismo siglo–; se realizaron dos en la época moderna –Letrán (1512-1517) y Trento (1545-1563)–; y dos en la contemporánea (Vaticano I y II). Es decir que desde el concilio de Trento en el siglo XVI hasta el breve concilio Vaticano I a fines del XIX (que fue interrumpido a causa de la guerra en Italia) no se habían vuelto a realizar un concilio ecuménico. Por otra parte es importante analizar la diferencia de perspectivas que hubo en los tres últimos concilios: Trento, Vaticano I y Vaticano II. Ya que mientras los dos primeros (Trento y Vaticano I) se dedicaron a criticar respectivamente los errores de la Reforma y de la Modernidad, Vaticano II buscó escuchar y entender lo que pasaba fuera de la Iglesia para realizar así una reforma al interior de la misma.

En Trento efectivamente la Iglesia buscó “cerrar filas” en torno a la ortodoxia de la fe frente a las severas críticas surgidas por los reformadores de la Iglesia, en particular Lutero (pero también Zwinglio y Calvino). Comenta Francisco Merlos: “El Concilio de Trento (1545-1563) surge como una respuesta a la ruptura de la cristiandad operada por Lutero y los reformadores. (…) Este concilio se realiza bajo el signo de la ortodoxia, de la defensa de la fe cuestionada por los reformadores y de la restauración urgente de la vida cristiana.”[5]En aquel contexto apologético se buscará la unidad de la Iglesia “mediante acciones rígidas que hay que acatar, si se quiere permanecer dentro de los linderos de la Iglesia. (…) Aparece una Pastoral fuertemente centralista y concentrada en manos de los clérigos, que se erigen como especialistas y únicos agentes de la misma. El laico en esta concepción quedará como destinatario pasivo, que sólo se beneficiará de la acción pastoral de aquellos.”[6] Por su parte el Concilio Vaticano I surge como reacción de la Iglesia ante lo que ella consideraba los errores de la modernidad. No hay que olvidar que durante las últimas décadas del siglo XIX florecieron varios movimientos filosóficos, políticos e ideológicos, que proclamaron la emancipación de la razón de la tutela de la fe y de la Iglesia.[7] La modernidad centrada en el antropocentrismo buscó darle el primer lugar al hombre y no a Dios, como había sido el caso en la edad media. Lo anterior hace que la Iglesia busque replegarse en ella misma buscando condenar, más que dialogar, a los hombres de su época. Pio IX publica el Syllabus en 1864 en donde condenan los errores de la época moderna como el liberalismo, el racionalismo, el indiferentismo, la libertad de conciencia y de religión entre otros. Algunos años después, el mismo Pio IX convoca un concilio para continuar con ésta actitud defensiva de la Iglesia. El concilio Vaticano I (1869-1870), que vuelve a condenar los errores modernos, instaura el latín como lengua oficial de la Iglesia, y promulga –de una manera que fue controvertida– la infalibilidad del Papa. Francisco Merlos comenta al respecto: “La Iglesia de estos siglos (XVII-XIX) no parece muy lúcida no sólo para comprender los fenómenos socioculturales que acontecían, sino sobre todo para situarse en la nueva realidad y desde allí encontrar respuestas congruentes. Su actitud de desconcierto, de autodefensa, de polémica y de condena de las novedosas corrientes humanistas, la limitaba enormemente y le impedían ser signo evangélico en un mundo que buscaba su mayoría de edad y una autonomía regulada por sus propias leyes.”[8]

Una vez que hemos analizado el contexto que se vivía en aquellos años previos a Vaticano II, una Iglesia jerárquica que había cerrado sus ventanas a lo que sucedía fuera de ella, podemos entender la novedad que suscitó la proclamación del Papa Juan XXIII de abrir las ventanas de la Iglesia, para permitir que entrara aire nuevo, y buscar así su aggiornamento.

II. 1962-1965, un deseo: Abrir las ventanas de la Iglesia

   Como lo hemos indicado anteriormente, el Concilio Vaticano II, que comenzó el 11 de Octubre de 1962, inició de manera muy particular; ya que había en general dos grandes “bandos” que buscaban por todos los medios dirigir las orientaciones principales que tomaría el Concilio: el mantenerse fiel a la tradición y seguir con las ventanas de la Iglesia cerradas; o el abrir realmente las ventanas de la Iglesia para buscar el aggiornamento propuesto por el Papa Juan XXIII. Uno de los grandes protagonistas del Concilio II fue el Arzobispo de Brasil Dom Helder Camara, quien da cuenta de los intereses y luchas internas que se jugaron al interior del Vaticano en una serie de cartas que escribió para ir narrando su experiencia. Durante los 4 años que duró el Concilio, Don Helder Camara fue escribiendo durante las noches sus impresiones de lo que se vivía en el Concilio. 290 cartas dan testimonio de las reflexiones del Arzobispo brasileño comprometido con los pobres y por una verdadera reforma al interior de la Iglesia.

Desde el principio del Concilio Dom Helder mostró su interés porque el Concilio no fuera solamente una apariencia de novedad, sino que fuera realmente un instrumento de cambio y de cuestionamiento para la Iglesia. En una de sus primeras cartas escribe: “Hay símbolos de la Iglesia que atemorizan: cómo es posible que en pleno siglo XX se tenga al latín como lengua oficial de una Iglesia que se quiere viva, que quiere escuchar y ser escuchada, estar presente y actuar. Hay que tomar en cuenta que un buen número de obispos no logran comprender, sobre todo el latín que hablan los franceses o los alemanes.”, y más adelante: “Yo no concibo el Concilio como un grupo de obispos que se encierran con el Santo Padre para tomar decisiones sobre temas demasiado importantes, y que cierran sus oídos al clamor de los sacerdotes, religiosas y laicos”[9] Por su parte uno de los grandes teólogos y artífices de Vaticano II, el sacerdote jesuita Henri De Lubac, nos dice en sus memorias del Concilio lo siguiente: “A medida que los trabajos del Concilio se desarrollaban, yo presentía que venía la catástrofe. Los esquemas que se preparaban respetaban las reglas de una escolástica rígida y formal, y procedían de una preocupación casi exclusivamente de defensa [de la Iglesia]; faltaban de discernimiento, y buscaban condenar todo lo que no se ajustara exactamente a una perspectiva más moderna que la tradicional.”[10]Estas remarcas anecdóticas del arzobispo y del teólogo nos muestran un poco las tensiones internas y los intereses que se jugaban al interior del Vaticano.

Nosotros ya contamos con los textos editados, con “el producto final”, pero es importante –en esta conmemoración de los 50 años de inicios del Concilio– tomar en cuenta todo el esfuerzo que obispos, teólogos y laicos, hicieron para dar a luz los documentos conciliares. En este sentido es importante recordar que participaron al Concilio 2251 obispos de 136 países[11]; además de unas 600 personas entre patriarcas y superiores de todas las congregaciones religiosas; 487 teólogos, consejeros de los obispos; y 47 laicos participaron como auditores de los cuales 7 solamente eran mujeres. Hacemos un breve alto aquí para señalar cómo la Iglesia ha ido obteniendo espacios de libertad y de participación de sus fieles a pasos de tortuga, ya que mientras en el mundo se había obtenido que las mujeres pudieran participar en la vida política y votar a partir de la segunda mitad del siglo XIX, la Iglesia tuvo que esperar un siglo más para permitir que un pequeño grupo de 7 mujeres participaran como oyentes al Concilio[12].

Antes de abordar de manera general la temática que se trabajó en el Concilio, y cómo de esa manera la Iglesia buscó abrir sus ventanas al mundo, recordemos brevemente a algunos de sus principales participantes, ya que fueron realmente ellos los artífices del Concilio.[13]

Dos papas:

Juan XXIII (Italiano, 1881-1963). Es a él a quién se debe la realización de Vaticano II. Hombre humilde, conocido como el “Papa bueno”, que decía del él mismo: “Soy un hombre capaz de poco. Escribo lentamente. Perezoso por naturaleza, me distraigo fácilmente de mi trabajo.”[14] Y sin embargo fue un hombre que vino a revolucionar la Iglesia anunciando un nuevo Concilio, tan sólo tres meses después de su elección. En sus memorias decía que lo hizo por “inspiración divina”.

Pablo VI (Italiano, 1897-1978). Conocido por sus posiciones progresistas fue electo Papa en 1963. A la muerte de Juan XXIII buscó profundizar y terminar el Concilio. Se preocupó por el dialogo tanto al interior como al exterior del Concilio.

Obispos:

Alfredo Ottaviani (Italiano, 1916-1979). Cardenal italiano encargado de velar por la santa ortodoxia de la fe al momento de Vaticano II, ya que era el encargado de la Congregación del Santo Oficio en el momento del Concilio (que después se convertiría en la Congregación para la Doctrina de la Fe). Durante el Concilio hizo todo lo posible por frenar ciertas iniciativas de cambio al interior de la Iglesia.

Helder Camara (Brasileño, 1909-1999). Arzobispo brasileño y uno de los fundadores de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB).Gran defensor de la justicia social y símbolo de la así llamada “Iglesia de los pobres”, una de las figuras más destacadas de la teología de la liberación. Nominado en varias ocasiones para recibir el premio Nobel de la paz.

Marcel Lefebvre (Francés, 1905-1991). Arzobispo tradicionalista que buscó  oponerse a varias reformas de la Iglesia. Hizo serias críticas contra la reforma litúrgica y votó contra la Declaración Dignitatis humanae, por considerar que la libertad religiosa era una traición a la verdadera Iglesia. Después del Concilio creó su propia “Hermandad sacerdotal de San Pio X”. Fue suspendido y excomulgado en 1988.

Karol Wojtyla (Polaco, 1920-2005). Recién nombrado obispo auxiliar al momento del Concilio, gran combatiente de la ideología marxista. Tendrá una participación destacada en la elaboración de Gaudium et spes dónde el planteará el problema de la libertad religiosa en regímenes marxistas.

Augustin Bea (Alemán, 1881-1968). Cardenal jesuita gran amigo de Juan XXIII quien le confió la tarea de invitar al Concilio a representantes de otras confesiones cristianas. Trabajó mucho a favor del ecumenismo y por las relaciones con los judíos. Fue uno de los principales actores para la redacción de la Constitución Dei Verbum, y muchos otros textos conciliares se deben gracias a él.

Teólogos:

Karl Rahner (Alemán, 1904-1984). Sacerdote jesuita y teólogo capital en el Concilio. Se preocupó por establecer un dialogo entre la fe y el mundo contemporáneo. Ejerció una influencia considerable en lo referente a la relación que debe existir entre Escritura y Tradición.

Yves Congar (Francés, 1904-1995). Sacerdote dominico criticado primero por Roma (privado de enseñar en 1954) y rehabilitado después. Un teólogo que siempre luchó por la renovación de la Iglesia, pero que fue durante mucho tiempo sancionado y silenciado: Escribía él mismo en su diario: “He sido visto como sospechoso, sancionado, juzgado y discriminado.[15] Sin embargo Juan XXIII lo llamó al Concilio como experto y fue uno de los grandes redactores de la mayor parte de textos conciliares.

Henri De Lubac (Francés, 1896-1991). Sacerdote jesuita que, al igual que al P. De Lubac, después de haber sido criticado y sancionado por Roma se le llamará como teólogo experto al Concilio. No hay que olvidar que en 1950 la encíclica Humani generis condenó a la así llamada “Thólogie nouvelle” francesa, que buscaba una reformulación de la teología más acorde a la problemática actual. De Lubac fue llamado al Concilio por Juan XXIII y contribuyó mucho en el área de la eclesiología. Su trabajo será ampliamente reconocido y su rehabilitación oficial será cuando el Papa Juan Pablo II lo nombrará cardenal en 1983, pocos años antes de morir.

Joseph Ratzinguer (Alemán, 1927 –   ). En tiempos del Concilio era un joven teólogo que fue invitado como experto. Fue uno de los teólogos que promovió el diaconado permanente de los laicos. Después del concilio siguió muy de cerca el dossier sobre la reforma del Santo Oficio, que se convertiría después en la Congregación de la Doctrina de la fe, de la cual él fue Prefecto a partir de 1981.

John Courtney Murray (Estadounidense, 1904-1967). Sacerdote jesuita que, al igual que algunos otros teólogos de su tiempo, primero fue criticado y sancionado por el Vaticano y después llamado por Juan XXIII como consejero de obispos. Trabajó mucho a favor del ecumenismo y del dialogo interreligioso. Jugó un papel fundamental en la preparación de la Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae.

Aimé-Georges Martimort (Francés, 1911-2000). Teólogo que influyó decisivamente en el Concilio en todo lo referente a la renovación litúrgica.

Hans Küng (Suiza, 1928-  ). Joven teólogo de vanguardia del pensamiento alemán, invitado por Juan XXIII, y uno de los principales promotores sobre la necesidad de una reforma en la Iglesia. Teólogo que después de Vaticano II será sancionado por la Iglesia por su postura progresista.

Pierre Haubtmann (Francés, 1912-1971). Teólogo poco conocido y que sin embargo colaboró mucho en el Concilio. A él se debe la redacción final de Gaudium et spes.  Humanista que buscó el acercamiento de la iglesia con la gente de su época.

Laicos:

Jean Guitton (Francés, 1901-1999). Destacado filósofo miembro de la academia francesa en 1961. Fue el único laico presente en la primera sesión del Concilio. Trabajó mucho en lo referente al compromiso de los laicos en el mundo actual.

Joseph Folliet (Francés 1903-1972). Se preocupó por mostrar la imagen de una Iglesia misericordiosa, tolerante y audaz. Participó en particular en la comisión que dio como resultado la constitución Gaudium et spes.

Hemos señalado solamente a algunos de los principales actores de Vaticano II, habría que mencionar también los nombres de: Han Urs von Balthasar, Jean Daniélou, Edward Schillebeeckx, André Chenu, y Gustave Martelet, entre otros. Es decir que el Papa Juan XXIII y posteriormente Pablo VI se rodearon de los mejores teólogos de la época con la finalidad de abrir realmente las ventanas de la Iglesia. Un aspecto importante a remarcar es que varios de los expertos teólogos que habían sido censurados y silenciados por la Iglesia en aquel tiempo –por sus posturas vanguardistas y reformadoras que expresaban– fueron rehabilitados e invitados a participar al Concilio. Esto nos muestra el deseo que se tuvo en aquella época de que el Concilio fuera realmente un aggiornamento, es decir una actualización de la Iglesia a mediados del siglo XX.

No realizaremos aquí un análisis profundo de los textos conciliares, simplemente recordaremos las líneas directrices que se manejaron en las 4 Constituciones conciliares:[16]

  • Dei Verbum. Es el primer documento de Vaticano II y habla de la Revelación como origen mismo de la Iglesia. Para buscar refundar la vida de la Iglesia y de todos los creyentes es necesario volver a la fuente que es la Sagrada Escritura.
  • Lumen Gentium. La Iglesia debe ser vista como sacramento universal de salvación, como luz de todas las naciones. En este texto se habla sobre el papel que deben desempeñar los obispos, religiosos y laicos, para realizar dicha misión.
  • Gaudium et spes. En este documento se habla sobre la actividad misionera y pastoral de la Iglesia. Una Iglesia que comparta las alegrías y las esperanzas de toda la gente.
  • Sacrosantum Concilium. Finalmente la Iglesia debe expresar su fe y solidaridad con los hombres a través de la liturgia. Este fue el documento que trajo las reformas más visibles para los laicos.

Ahora bien, todo esto que hemos analizado hasta ahora nos muestra el deseo y la voluntad del Papa –y con él de una buena parte de la Iglesia– de abrir las ventanas de la Iglesia. Analicemos ahora el significado de la metáfora empleada por el Papa Juan XXIII: “Abramos las ventanas de la Iglesia”.

En varias partes de la Biblia se habla del “pneuma” (πνεῦμα) como: soplo, aire, espíritu o viento, para simbolizar y representar la presencia de Dios en el hombre, en el mundo y en la Iglesia. Desde la creación de Adán, a quién Dios le sopla en sus narices para darle vida (Génesis 2,7), hasta el momento de Pentecostés, cuando Jesús sopla a sus apóstoles para comunicarles al Espíritu Santo (Juan 21, 23), el aire es uno de los elementos principales que la Biblia emplea para indicar que se recibe la vida misma de Dios. El ejemplo utilizado por el Papa Juan XXIII de una casa –la Iglesia– que necesita abrir sus ventanas al mundo, nos debe llevar a un análisis más profundo que considerarlo como un simple artificio retórico. Se trata en el fondo de permitir que aire puro, es decir vida, pueda llegar a la Iglesia. En el ejemplo biológico utilizado por San Pablo, de la Iglesia como cuerpo de Cristo (1 Cor 12,12), el cuerpo debe tener las narices bien abiertas para poder recibir el soplo de Dios. En el ejemplo arquitectónico utilizado por el Papa, de la Iglesia como templo, el templo debe abrir bien sus ventanas no sólo para ver y escuchar lo que pasa “fuera” de ella, sino también para recibir “dentro” de ella aire fresco, la novedad de los otros y de Dios, que también está fuera.

Pasamos del esquema “cuerpo/templo-cerrado” al esquema “cuerpo/templo-abierto”. Una nueva manera de entender no solamente a la eclesiología sino también a la teología misma. Dios no puede ser encerrado en los límites espacio temporales de un cuerpo determinado o de una Iglesia particular. Dios es aire. Y la mejor manera de relacionarnos con Él es no intentar apresarlo en los limites de una Iglesia ortodoxa y dogmática, sino en el dialogo sincero y libre con nuestros hermanos. Abrir las ventanas de la Iglesia es por lo tanto una necesidad vital y de supervivencia para la misma Iglesia, es dejar que aire puro entre para oxigenarla y revitalizarla. Una Iglesia con las ventanas cerradas es comparable a un cuerpo humano que no respira, que ha cerrado sus narices, que se ha cortado con el exterior, que ha muerto. Por tal razón la primera tarea del resucitado es soplar aire de valor y de sabiduría a sus discípulos, para que ellos puedan abrir enseguida las ventanas del lugar en donde se habían encerrado por miedo a los judíos. Al abrir las puertas y ventanas los discípulos se convierten en misioneros. Aprenden a hablar lenguas nuevas y se comunican con hombres de culturas y problemáticas distintas. Juan XXIII hablaba del Concilio Vaticano II como del nuevo pentecostés del Siglo XX.

Pasemos ahora a la tercera parte de nuestro análisis. 50 años después de ese deseo manifestado por el Papa Juan XXIII, ¿cómo consideramos que se encuentran en la actualidad las ventanas de la Iglesia?

III.  50 años después: Una propuesta: Re-abrir las ventanas de la Iglesia

La mayoría de entre nosotros, que hemos nacido después del Vaticano II, no tenemos puntos de referencia vivenciales que nos permitan evaluar entre “el antes y el después de”. Sin embargo al contemplar la realidad en que vivimos, tanto a nivel nacional como internacional, nos damos cuenta de que la Iglesia no se ha actualizado. Y que aquel famosos aggiornamento, del que tanto se habló en los años 60s, es como un vestido que fue novedoso para cierta época pero que a las nuevas generaciones no les dice nada. Se nos habla del gran acontecimiento que fue Vaticano II a mediados del siglo pasado y de los grades cambios y novedades que introdujo en la Iglesia, sin embargo observamos en nuestros días una institución inmóvil, sorda y ajena a la problemática actual. ¿Qué fue lo que sucedió? ¿Hasta dónde llegó ese deseo de transformación profunda de la Iglesia? ¿Y por qué se volvieron a cerrar las ventanas que por un cierto tiempo estuvieron abiertas?

Como lo hemos comentado anteriormente, el Concilio Vaticano II se vivió no sin ciertas fricciones al interior de la Iglesia. Tensiones entre los que querían seguir teniendo una iglesia conservadora y defensiva, y entre los partidarios de una iglesia más progresista y misericordiosa. Años después nos damos cuenta de que la iglesia conservadora, aparentemente derrotada en los años 60s, fue lenta y progresivamente reconquistando terreno. ¿Cómo sucedió esto? Algunos analistas dicen que a la Iglesia le “quedó grande el saco” en aquella época. Es decir que los cambios e innovaciones que introdujo Vaticano II (buscar una Iglesia más participativa e incluyente; más de escucha y de dialogo y menos de imposición y de censura) no fueron aceptados en la práctica tan fácilmente por una buena parte de la Iglesia jerárquica, que no estaba preparada para pasar de la noche a la mañana a un modelo de Iglesia más participativo.

Al termino del Concilio la Iglesia emprendió la tarea de concientizar a todos los sacerdotes, religiosos y fieles (que desconocía el contenido del Concilio), sobre las nuevas reformas que se habían adoptado[17]. Hay que reconocer aquí el gran merito que tuvo la Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM), ya que nuestro continente fue uno de los primeros en buscar aplicar las normas generales dadas en Vaticanos II a la realidad latinoamericana. La 2ª Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín, Colombia, en 1968, da testimonio de esto. Medellín constituye para América Latina uno de los momentos privilegiados del cristianismo. Un kairós que permitió la entrada de una bocanada de aire fresco a una Iglesia que había sufrido mucho y que buscaba solidarizarse con los más pobres. Tan sólo tres años después de haber concluido Vaticano II, los obispos de América Latina abren las puertas y ventanas de la Iglesia latinoamericana para escuchar los gritos y clamores de sus pueblos. Las primeras palabras del Documento de Medellín, Capitulo I. Justicia, dicen los siguiente: “Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo.”[18]

Sin embargo, a nivel de la Iglesia jerárquica universal y a largo plazo, me parece que hubo dos elementos que impidieron a la Iglesia seguir realizando ese trabajo de apertura y de aggiornamento que ya había iniciado: 1) Los constantes cambios que se fueron dando a fines de los años 60s, y 2) El miedo a corrientes políticas y sociales de inspiración marxista.

1. Una sociedad en constante evolución.

A principios de 1959 Juan XXIII anuncia su deseo de convocar a un concilio ecuménico, para abrir las ventanas de la Iglesia y buscar su aggiornamento. Casi cuatro años después inicia el Concilio Vaticano II, Concilio que durará más de tres años. Vaticano II ha sido el Concilio más largo de la historia. Prácticamente 7 años desde el anuncio (25 de Enero de 1959) hasta su clausura (7 de Diciembre de 1965). Durante ese tiempo la Iglesia hizo un enorme esfuerzo por escuchar y observar lo que pasaba fuera de ella. Sin embargo afuera el mundo no se detenía, y mientras la Iglesia analizaba los cambios que se habían dado en la primera mitad del siglo XX, la sociedad en constante ebullición ya realizaba modificaciones y propuestas para la segunda mitad del siglo XX. Las reformas operadas por Vaticano II van a ocasionar una crisis al interior de la Iglesia, entre los nostálgicos de una Iglesia pre-conciliar y los deseosos de recuperar cuanto antes el tiempo perdido para actualizar la Iglesia. Por otra parte la controvertida encíclica Humane Vitae, publicada por Pablo VI dos años y medio después de Vaticano II (25 de Julio de 1968), sobre la regulación de la natalidad, vino a desanimar a muchos católicos que habían creído que la Iglesia postconciliar buscaría un dialogo y acercamiento con la sociedad de su tiempo. La segunda mitad del siglo XX es una época de gran ebullición social, económica y política, que en general estaba contra del establishment”.[19]Nos parece que la Iglesia institucional, que buscaba salir del dogmatismo que la había caracterizado durante tantos siglos, no supo bien como acompañar las alegrías y esperanzas de los hombres de su tiempo, y sólo se limito a anunciarlas como programa de trabajo.

2. El miedo al marxismo

Otro elemento importante que impidió y obstaculizó el dialogo de la Iglesia con los hombres de su generación fue la irrupción del marxismo. A la muerte de Pablo VI, y después de un corto intervalo de Juan Pablo I, fue el Papa polaco Juan Pablo II quien tomó la dirección de la Iglesia en 1978 (el 15 de Octubre). Un Papa que había vivido en carne propia los estragos del comunismo y que luchó durante toda su vida contra todo tipo de regímenes de izquierda. A los teólogos latinoamericanos que durante aquellos años elaboraron la así llamada “Teología de la liberación” se les condenó, y se comenzaron a dar nombramientos a obispos conservadores que pudieran asegurar la sana ortodoxia de la Iglesia. La curia romana confundió la opción preferencial por los pobres latinoamericana con una adhesión directa al marxismo, que llevaba implícito, según Roma, el ateísmo[20].

Los vientos de cambio duraron poco en la Iglesia, los obispos conservadores y cercanos a movimientos políticos de derecha –o incluso de extrema-derecha– se vieron favorecidos, a diferencia de los obispos que habían hecho una clara opción por los pobres y que buscaban dialogar con la gente de su tiempo. Esto me recuerda a fines de los años 80s, y durante mis años de estudiante en Paris, la polémica que surgió entre dos obispos de la Iglesia católica francesa. Uno el arzobispo Marcel Lefebvre, representante del sector conservador, o más bien dicho integrista, de la Iglesia católica; y el otro el obispo de Évreux, a las afueras de Paris, Mons. Jacques Gaillot, que buscó un dialogo con la gente de su tiempo. Mientras que con el primero el Vaticano buscó dialogar y se le hicieron varias concesiones que el arzobispo no aceptó hasta que finalmente fue excomulgado de la Iglesia; al segundo se le sancionó de inmediato por sus posturas progresistas, se le removió de su diócesis y se le destinó a una diócesis inexistente llamada “Partenia”. El obispo Lefebvre fue uno de los grandes opositores al aggiornamento propuesto por Vaticano II, mientras que Mons. Gaillot en cambio decía lo siguiente del Concilio: “Admirable la Iglesia del Vaticano II. No está anquilosada ni tiene miedo. No pisa el freno. Ya no condena. Ha recobrado el acento de los profetas y la palabra fogosa del evangelio. (…) Admirable la Iglesia del Vaticano II. No es intolerante ni arrogante ni autosuficiente. Se presenta como el pueblo de Dios en marcha, un pueblo que camina en la historia de los hombres. (…) Admirable la Iglesia del Vaticano II. Como la Iglesia de pentecostés, pierde su lengua de trapo. Se acabó el tiempo de los silencios y las censuras. La palabra circula. Los cristianos la utilizan. Un soplo de fraternidad anima a las comunidades. (…) Una Iglesia así suscita esperanza. Muchos laicos y sacerdotes respiran a pleno pulmón este aire fresco.”[21]Con lo que he mencionado hasta ahora me parece que ese deseo de abrir las ventanas de la Iglesia, para que entrara aire fresco, poco a poco se fue perdiendo, y la Iglesia fue cerrando sus ventanas nuevamente.

Por lo tanto, y a manera de conclusión, me parece que es necesario que la Iglesia católica vuelva a abrir nuevamente sus ventanas para escuchar y dialogar con la gente de nuestro tiempo. Hoy la situación, cincuenta años después del Concilio, ha cambiado. No podemos festejar o celebrar un acontecimiento eclesial fallido. Es necesario que tomemos el relevo y aceptemos los nuevos desafíos que presenta la sociedad de nuestro tiempo. Para esto me parece que necesitamos fundamentalmente de dos actitudes evangélicas muy importantes: la humildad y la escucha. Actitudes que nos permitirán abrir nuevamente las ventanas de la Iglesia teniendo más confianza al soplo de Dios que a nuestras propias seguridades personales. Algunos de los principales retos que nos presentan los hombres y mujeres de nuestros días, y que no podemos seguir evadiendo bajo riesgo de no tener incidencia en la sociedad actual, son los siguientes:

  1. La posibilidad de que los sacerdotes puedan casarse. Como sucede con los sacerdotes católicos de rito maronita por ejemplo.
  2. Pensar en el sacerdocio para la mujer, o en alguna modalidad mediante la cual la mujer participe incluso en actos sacramentales.
  3. Reflexionar sobre la situación de los casados divorciados que desean comulgar.
  4. Los casos de pedofilia y de homosexualidad en el sacerdocio nos invitan a buscar una formación diferente en los seminarios.
  5. Mayor participación de los laicos en la vida parroquial.
  6. El tema del control de la natalidad debe ser resuelto con congruencia y sentido común.
  7. Buscar una relación más comunicativa y menos piramidal de la jerarquía eclesial.
  8. Proyectar una Iglesia más profética y que sepa acompañar realmente a los hombres de su tiempo en temas tan importantes como: la brecha cada vez mayor entre ricos y pobres; la crítica al neoliberalismo y al consumismo; la importancia de cuidar el medio ambiente, etc.
  9. La importancia de buscar nuevos medios de evangelización que sepan utilizar las propuestas nuevas de comunicación.
  10. Establecer un dialogo interreligioso y ecuménico que permita participar en la construcción de un mundo más humano y más justo con otras denominaciones religiosas.

El viento sopla donde quiere, sólo nos hace falta valor y osadía evangélica para reabrir nuevamente las ventanas de nuestra Iglesia.

Estos son sólo algunos de los temas que es necesario retomar a la luz del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia para buscar abrir nuevamente las ventanas de la Iglesia. ¿Será necesario para esto realizar un nuevo Concilio? Me parece que sí. Sin embargo dadas las circunstancias actuales de la Iglesia, me parece que no es recomendable precipitarse fundamentalmente por dos razones. Primero: una buena parte de nuestros obispos no fueron elegidos por su capacidad de apertura ante los problemas del mundo, sino por su fidelidad a una Iglesia que se ha vuelto impermeable a las alegrías y esperanzas de los hombres de nuestro tiempo. Segundo: el Vaticano II se pudo efectuar gracias a una generación de grandes teólogos que supieron realizar la apertura de las ventanas de la Iglesia. Sin embargo ahora no contamos con suficientes teólogos y pensadores “oficiales” capaces de ayudarnos a realizar esta tarea. Ya con motivo de los cuarenta años de Vaticano II el teólogo español José María Castillo, decía en esta misma universidad lo siguiente: “El control de la teología es más fuerte que nunca. De ahí, la cantidad de teólogos censurados, excluidos y castigados es ahora mayor que nunca. Con lo que se ha producido una situación muy preocupante: el empobrecimiento de la teología. Pasó la gran generación de teólogos que hicieron el Vaticano II. Y sólo nos hemos quedado con el miedo y con la falta de libertad.”[22]

¿Qué hacer por lo tanto? Me parece que ahora más que nunca necesitamos volver a la fuente primera que es la Sagrada Escritura. Los esfuerzos realizados por el Papa bueno Juan XXIII, por teólogos y obispos comprometidos con la gente de su tiempo, no tuvieron otra finalidad que buscar actualizar a la Iglesia a las circunstancias de mediados del siglo pasado. La Iglesia es una comunidad viva que para tener incidencia en la sociedad no debe buscar apartarse, sino mezclarse como la levadura en la masa, o como la sal en la comida, para darle el “sabor” cristiano a la sociedad del que nos habla el Evangelio. El viento sopla donde quiere, sólo nos hace falta valor y osadía evangélica para reabrir nuevamente las ventanas de nuestra Iglesia.


[1] La cronología del Concilio Vaticano II es la siguiente:

  • 25 de Enero de 1959: Juan XXIII anuncia a diecisiete cardenales su intención de convocar a un Concilio ecuménico.
  • 25 de Diciembre de 1961: con la bulla Humanae salutis Juan XXIII convoca al Concilio y define su programa de trabajo.
  • 11 de Septiembre de 1962: Mensaje a la Iglesia mundial “Ecclesia Christi lumen Gentium”, con el cual se anuncia que todo está listo para iniciar el Concilio.
  • 11 de Octubre de 1962: Inicio del Concilio. Primera sesión de trabajos, hasta el 8 de Diciembre de 1962. Nota: El 3 de Junio de 1963 muere Juan XXIII; el 21 de Junio de 1963 es electo el Cardenal Montini, quien tomará el nombre de Pablo VI, y; el 22 de Junio del mismo año el Papa Pablo VI anuncia su intención de continuar el Concilio.
  • 29 de Septiembre a 4 de Diciembre de 1963: Segunda sesión del Concilio.
  • 14 de Septiembre a 21 de Noviembre de 1964: Tercera sesión
  • 15 de Septiembre a 8 de Diciembre de 1965: Cuarta sesión
  • 8 de Diciembre de 1965: Clausura del Concilio.

[2] Citado por Muriel du Souich, “L´Eglise se met à jour”, en Vatican II d´hier à aujourd´hui. Revista “La Croix”, Hors-série, Bayard Presse, France, Novembre 2009, p. 8.

[3] El Concilio Vaticano II dio como resultado cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones conciliares

Las constituciones:

  • Sacrosanctum concilium (4 de Dic. de 1963). Sobre la liturgia. La oración litúrgica y los sacramentos exigen la participación activa de todos.
  • Lumen Gentium (21 de Nov. De 1964). Cristo luz de las naciones. La Iglesia es el pueblo de Dios, en el cual todos los cristianos deben ser responsables y solidarios.
  • Dei Verbum (18 de Nov. 1965). Sobre la Revelación. La Escritura santa, ligada a la Tradición, es la regla suprema de la fe.
  • Gaudium et spes (7 de Dic. 1965). La Iglesia en el mundo de este tiempo. La comunidad cristiana se reconoce solidaria del genero humano y de su historia.

Los decretos:

  • Inter mirifica (4 de Dic. de 1963). Sobre los medios de comunicación social. Los medios deben ayudar en la búsqueda de la justicia y de la verdad.
  • Unitatis redintegratio (21 de Nov. 1964). Sobre el ecumenismo. Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos.
  • Orientalium ecclesiarum (21 de Nov. 1964). Sobre las Iglesias orientales católicas. La variedad de la Iglesia no perjudica su unidad, sino que manifiesta una riqueza espiritual.
  • Christus Dominus (28 de Oct. 1965). Sobre la carga pastoral de los obispos.
  • Optatam Totius (28 de Oct. 1965). Sobre la formación de los sacerdotes. A toda la comunidad cristiana incumbe el deber de suscitar vocaciones.
  • Perfectae caritatis (28 de Oct. 1965). Sobre la vida religiosa. Es necesario regresar a la fuente evangélica.
  • Apostolicam actuositatem (18 de Nov. 1965). Sobre el apostolado de los laicos. Los laicos, por su unión con Cristo, tienen deber y derecho de ser apóstoles.
  • Presbyterorum ordinis (7 de Dic. 1965). Sobre el ministerio y la vida de los sacerdotes.
  • Ad gentes (7 de Dic. 1965). Sobre la actividad misionera de la Iglesia. La Iglesia debe insertarse en los distintos grupos humanos respetando su condición social y su cultura.

Las declaraciones universales:

  • Gravissimum educationis (28 de Oct.1965). Sobre la educación cristiana. Todo hombre tiene derecho a la educación. La familia es la primera responsable.
  • Nostra aetate (28 de Oct. 1965). Sobre la Iglesia y las religiones no cristianas. La Iglesia mira con estima a las otras religiones. Y reprueba toda forma de discriminación racial o religiosa.
  • Dignitatis humanae (7 de Dic. 1965). Sobre la libertad religiosa. La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad.

[4] Se han realizado 21 concilios ecuménicos en la historia de la Iglesia. Un concilio ecuménico es aquel que reúne a obispos del mundo entero (oikumène), a diferencia de los concilios regionales.

  1. Nicea I (325)
  2. Constantinopla I (381)
  3. Éfeso (431)
  4. Calcedonia (451)
  5. Constantinopla II (553)
  6. Constantinopla III (680-681)
  7. Nicea II (787)
  8. Constantinopla IV (869-870)
  9. Letrán I (1123)
  10. Letrán II (1139)
  11. Letrán III (1179)
  12. Letrán IV (1215)
  13. Lyon I (1245)
  14. Lyon II (1274)
  15. Viena (1311-1312)
  16. Constanza (1414-1418)
  17. Florencia (1431-1449)
  18. Letrán V (1512-1517)
  19. Trento (1545-1563)
  20. Vaticano I (1869-1870)
  21. Vaticano II (1962-1965)

[5] Francisco MERLOS ARROYO, Teología contemporánea del Ministerio Pastoral, Ed. UPM y Palabra Ediciones, México, 2012, p. 80-81.

[6] Ibídem, p. 82

[7] Podemos citar en este contexto las críticas de los así llamados por Paul Ricoeur maestros de la sospecha. Karl Marx (1818-1883); Friedrich Nietzsche (1844-1900) y Sigmund Freud (1856-1939). Los tres postulan la importancia del ateísmo para que el hombre pueda desarrollarse plenamente en los aspectos: económico, Marx; moral, Nietzsche; y psicoanalítico, Freud.

[8] Ibídem, p. 102.

[9] José DE BROUCKER, Les nuits d´un prophète. Dom Helder Camara à Vatican II, Ed. Cerf, Paris, 2005, p. 26 y p. 27. Nota: Hubo que esperar hasta la segunda sesión (otoño de 1963) para que traducciones simultaneas en cinco lenguas se instalaran para facilitar la comunicación al interior del Concilio.

[10] Henri DE LUBAC, Entretien autor de Vatican II, Ed. Cerf, Paris, 2007, p. 19.

[11] De los 2251 obispos, los europeos eran la mayoría (835 de los cuales 385 eran italianos y 122 franceses); América Latina estuvo bien representada (517, de los cuales 171 brasileños); América del norte contó con 273 obispos (de los cuales 196 de los Estados Unidos); Asia 290; África 273, y Oceanía 63. Quienes participaron al Concilio eran provenientes de 116 países y 64% de entre ellos no eran europeos, mientras que en el Concilio Vaticano I, 40% de los obispos eran italianos. No pudieron participar los episcopados completos de todo el mundo, ya que algunos estuvieron retenidos en sus países de origen a causa de los regímenes comunistas de China, Corea del Norte, Vietnam y la Unión Soviética. Cfr. Revista: “L´ABC de Vatican II. L´esprit du Concile dans les textes.”, ed. La Croix, Paris, 2012, p.18.

[12] La participación de la mujer en la vida política de sus países ha sido una conquista a lo largo de la historia. En 1838 se aprobó el sufragio femenino (con las mismas características propias que el masculino) en las islas Pitcairn. En los Estados Unidos fue el territorio de Wyoming el primero en conceder el voto a la mujer en 1869. En América Latina el primer país en hacerlo fue Paraguay en 1927. En 1946 la ONU hizo un llamado a todos los países para que concedieran a la mujer el derecho al voto. Fue hasta 1953 que las mujeres pudieron ejercer su derecho al voto en México.

[13] Para consultar con más detalle la lista de los demás participantes, ver por internet: http://es.wikipedia.org/wiki/Categor%C3%ADa:Padres_Conciliares_en_el_Concilio_Vaticano_II

[14] Revista: “Vatican II d´hier à aujourd´hui”, p. 10.

[15] Revista: “Vatican II d´hier à aujourd´hui”, p. 38.

[16] Cfr. el excelente análisis que hace Francisco Merlos Arroyo del contexto y contenido del Concilio Vaticano II en su libro ya citado, Teología contemporánea del ministerio pastoral, Cap. 1.7 Antecedentes del Concilio Ecuménico Vaticano II, pp. 104-127, y; 1.8 Consecuencias pastorales de Vaticano II, pp. 127-142.

[17] Inmediatamente después del Concilio surgió mucha literatura que buscó orientar a sacerdotes y laicos sobre las decisiones que se habían tomado en Vaticano II, prueba de ello es el libro publicado en España con el título: Lo que no ha dicho el Concilio. “Este libro no quiere ser un comentario de los Decretos y declaraciones de Concilio Vaticano II. No pretende más que responder a ciertas preguntas que emanan de personas católicas desconcertadas, a causa de lo que oyen decir y ven practicar a la sombra de lo que algunos interpretan falsamente como “línea del Concilio”. José RICART TORRENS, Lo que no ha dicho el Concilio, Ed. Cristiandad, Barcelona, 1968, prólogo, p. 7. Y también: Luis Alberto MACHADO, Temas conciliares para los cursillos de cristiandad, Ed. Sígueme, Salamanca, 1966.

[18] CELAM, La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, Documentos de Medellín, Ed. Librería Parroquial, México, 1976, p. 51.

[19] Establishment es un término inglés usado para referirse al grupo dominante o élite que detenta el poder o la autoridad en una nación o grupo determinado. El término sugiere un cerrado grupo social que selecciona a sus propios miembros sin consultar la voluntad popular.

[20] A principios de Septiembre de 1984 el entonces Prefecto de la Comisión para la Doctrina de la Fe, Cardenal Joseph Ratzinger, publicó un documento con el título: Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación. En dicho documento se condenan diversas teologías que llevan ese nombre por “las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y la vida cristiana, que implican.” Hay que recordar que la teología de la liberación respondió a un compromiso con el pueblo latinoamericano que varios cardenales como: Paulo Evaristo Arns (Brasil); Aloisio Lorscheider (Brasil); Arzobispos como: Helder Camara (Brasil), Oscar Arnulfo Romero (El Salvador); obispos como: Samuel Ruíz (México); Pedro Casaldaliga (Brasil); y grandes teólogos de prácticamente todo el continente como: Gustavo Gutiérrez, Leonardo y Clodovis Boff, J. C. Scannone, I. Ellacuría, J. Sobrino y Juan Luis Segundo, por citar sólo algunos de entre ellos, realizaron. Con respecto al debate que suscitó dicho documento entre los teólogos latinoamericanos se puede ver con interés la replica de: Juan Luis SEGUNDO, Teología de la liberación. Respuesta al Cardenal Ratzinger, Ed. Cristiandad, Madrid, 1985.

[21] Jacques GAILLOT, Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada, Ed. Sal Terrae, Santander, 1990, p. 29-30.

[22] José María Castillo, “La “recepción del Concilio Vaticano II”, en Revista Efemérides Mexicana: El Concilio Vaticano II. Cuarenta años después. Evento, Recepción y Proyección, Vol. 25, edición especial No I-2007, UPM, México, 2007, p. 206. Se puede consultar igualmente con interés, el análisis que realiza el teólogo chileno Juan Ochagavía: “Cuarenta años después del Concilio”, en  http://www.revistacriterio.com.ar/iglesia/a-cuarenta-anos-del-concilio/

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4 thoughts on “Abramos la ventanas de la Iglesia – Una reflexión 50 años después de Vaticano II

  1. Hay tanto que comentar de esto! Mil gracias por este completo resumen! de verdad es una genialidad. Solo algunas cuestiones a destacar.

    1.No creo que sea miedo al Marxismo, sino precisamente precaución hacia la dirección a la que este lleva.. una radical dialéctica historicista e inmanentista.

    Yo comulgo con la opción preferencial hacia los pobres de manera radical; si bien la iglesia Católica aparenta el perder de vista el apoyar directamente a sus misioneros y su labor social (que para mi es mas que nada una idea infundada por los massmedia detractores de la institución), no deja de ser la mas grande, mejor organizada ONG que toma en sus manos directamente el problema social de la pobreza y la enfermedad. Y no es por nada que la mayoria de ONG’s, hospitales, campos de apoyo sociales, esten relacionados y/o afiliados de un modo directo o indirecto con la Iglesia Catolica o con religiosos (as), que también forman parte de ella pero no de una manera “oficializada”.

    Definitivamente la opción preferencial por el pobre, no es el fin, sino el medio. Y es al parecer lo que no le queda claro al Marxismo (y a la teología de la liberación), que sin duda implica una violencia dialéctica histórica entre clases como medio para alcanzar un fin (erradicar la brecha entre pobreza-riqueza). Así pues, la teología de la liberación, no es peligrosa por el “ateísmo” y segregación de lo religioso que podría implicar el Marxismo, sino por el ímpetu de violencia que este genera entre las composiciones sociales de ricos vs pobres…

    Yo veo una pobreza en la teología de la liberación, por su inmanentismo y pragmatismo economico restricto al campo del mundo (“Seamos del mundo pero no pertenezcamos a el).. Considero que hace falta desarrollar una “Teología de la Alteridad”, que llevaría implícita una responsabilidad por el Otro, dígase pobre, rico, ateo, religioso, X, Y o Z. Para que en el mismo medio se alcance el fin que se desea, sin totalizar una realidad o apegarnos a una “economicidad” tan necesaria en los sistemas capitalistas o marxistas….

    2. Yo tenia entendido que Han Urs von Balthasar no habia sido invitado al concilio…

    3. Sobre los problemas fundamentales de la actualidad:

    a) No comulgo con el implementar sacerdocio de mujeres -tal cual- si bien podría pensarse y replantear una opción nueva para la mujer religiosa y su papel en la Iglesia Católica a la luz de la tradición Cristiana y Católica (en un análisis bien concienzudo) y la teología, ya vemos las crisis actuale tan graves del Anglicanismo y al pobre Obispo Rowan Williams como le ha ido con esos grandes esfuerzos por mantener la iglesia de Inglaterra como una y unida.. que a pesar de ellos, siguen desmoronándose.

    Creo que es mas relevante e importante abrir el debate con respecto al problema del ecumenismo postmoderno y postsecularismo y el problema de la recepción de la “diversidad sexual” y su relación con la religiosidad (Católica en este caso).

    b) Los casos de pedofila en la Iglesia Catolica, si bien podrían tener algun componente por el ambiente en el que se desarrollan no son responsabilidad del sistema de formación del seminario en absoluto, hay MUCHISIMOS otros factores a tener en cuenta (psicologia, historia familiar, psiquiatria, desarrollo del criterio, formacion en casa etc. ad infinitum), no olvidemos que se dan muchos mas abusos sexuales en instituciones de Salud Social (no menciono al IMSS porque después se pone triste la gente) y en las propias familias o escuelas publicas, pero siendo círculos tan grandes, gubernamentales, tan poco controlados y con tantos intereses de por medio, no hacen eco en la sociedad, recordemos que en comunidades pequeñas/religiosas, estos acontecimientos causan un enorme revuelo 1.Por lo que representan 2.Porque están en el ojo del huracán 3.Siempre son observados por fuera 4. Porque se presupone de una manera reduccionista y burda que las condiciones para estos actos es: el celibato y la religiosidad, coincidentes con el modus vivendi de un Religioso. Claro que con esto NO DIGO QUE NO HAY QUE BUSCAR RESOLVER LA SITUACIÓN, sino que hay que exponerla, resolverla y considerarla como la problemática complejidad que esta incluye. Pero no hace falta hacer publicidad, alarde o marketing de lo que “se esta haciendo” o “se quiere hacer” sino hacer que los hechos hablen.

    La Iglesia Católica es una institución humana de lento caminar, pero no por ello estática, es dinámica y se regenera desde adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro. Solo falta quitar la apatía de todo miembro para hacerla mas eficiente. Pero hay alguna buena razón por la que se ha mantenido vigente, criticada, atacada, denostada, alabada o admirada desde siempre.

    Finalizo diciendo que la historia nos muestra que esta es una construcción social anclada y fundada en Cristo a la que debemos tenerle paciencia pero ayudar a que camine. Es una ancianita con espíritu de joven pero con los achaques propios de la edad, a la que no se le ve ni cercana su muerte sino mas bien su segundo aire.

    No podemos pensar a la religión ni a la Iglesia Católica desde los dieciochoescos años de razon ilustrada, ni del positivismo científico decimononico. Nos encontramos en la edad post-moderna, en la añoranza de lo religioso perdido, en la renovación y resurgimiento de la fe y el humanismo, para bien del mundo.

    SALUDOS! Y Muchas gracias Padre por este ejercicio mental! Reciba con cariño un gran abrazo!

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