Busquemos al Señor en la oración y en el dialogo con nuestros hermanos

Jn. 20, 11-18

[1]). Busquemos al Señor en la oración

y en el dialogo con nuestros hermanos

 

   En el evangelio del día de hoy escuchamos como María Magdalena va al sepulcro y llora porque piensa que se han llevado el cuerpo de su Señor y no sabe dónde lo han puesto. De pronto un extranjero aparece junto a ella, María piensa que es un jardinero que tal vez se llevó el cuerpo de Jesús y comienza un breve dialogo con él. “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto.” Es en ese momento que Jesús se da a conocer llamándola por su nombre: “¡María!” Al ser identificada ella lo reconoce y exclama: ““¡Rabboní!”, que en hebreo significa “Maestro mío”.”

María Magdalena está triste por todos los últimos acontecimientos que ella ha vivido, tal vez incluso con síntomas de depresión, de soledad, con una gran tristeza en su alma. Sin embargo ella no quiere permanecer encerrada en ella misma, en su propia casa, y va al sepulcro para acompañar el cuerpo de su Señor. Es en el sepulcro, que después de un breve dialogo con este hombre extraño –tal vez un jardinero– ella reconoce a su Señor.

La oración es un acto por medio del cual debemos buscar salir de nosotros mismos para entablar un dialogo con Dios. Sin embargo no siempre obtenemos la respuesta inmediata por parte del Señor. María sin saberlo, al hablar con ese extranjero con apariencia de jardinero, ya estaba hablando con su Maestro. Hay que hacer un esfuerzo por orar, por buscar al Señor, a pesar de nuestras lágrimas, de nuestro estado de ánimo. Es el Señor quien responde a nuestra oración y nos proporciona la experiencia gratificante de su presencia sólo cuando Él lo quiere, cuando a Él le parece oportuno. En el caso de María Magdalena Jesús la identifica y Él mismo se identifica muy rápidamente, después de un breve intercambio de palabras. Pero hay veces que el Señor tarda más tiempo en identificarse y en hacernos sentir su presencia. Tal vez días, semanas, meses, de silencio en que pareciera que estamos solos, que nadie nos comprende, que nadie nos escucha. Sin embargo cada vez que oramos el Señor nos está escuchando, ya estamos dialogando con Él, aún sin la satisfacción de la experiencia espiritual. Depende de él llamarnos algún día por nuestro nombre: ¡Francisco! ¡Lucrecia! ¡Esperanza! ¡Dorotea! etc. y hacer que nuestro corazón experimente la alegría de su presencia espiritual. En los momentos en que Dios no nos responde, sigámoslo buscando en la oración (vida contemplativa) y en el dialogo y amabilidad a nuestros hermanos que pueden ser jardineros, carpinteros, religiosas, mecánicos, etc. (vida activa). Amén.


[1] Mujer ¿Por qué estas llorando?”. Hechos 2, 36-41. Monasterio de las Madres Adoratrices del Santísimo Sacramento, Coscomatepec, Veracruz, Octava de Pascua, 25 de Marzo de 2008.

 

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