Darme en alimento para que los otros tengan vida

Jn. 6, 51-58

[1]). Darme en alimento para que los otros tengan vida

   El día de hoy celebramos la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo: “Corpus Christi”. Este día nos invita a reflexionar sobre lo que significa recibir la eucaristía. La eucaristía que ustedes reciben cada domingo, o tal vez incluso más seguido, y que muchos de ustedes van a recibir en unos momentos.

El evangelista San Juan nos presenta la reflexión y la invitación de Jesús a comer su cuerpo y a beber su sangre después del milagro de la multiplicación de los panes. En los dos casos se trata de un asunto de alimentación. Jesús está atento a las necesidades más elementales del hombre: tener hambre y tener sed.

Jesús dio a comer panes y pescados a la multitud porque tuvo piedad de ellos, porque no habían comido y ya era tarde. Después de este milagro de fraternidad y de solidaridad humana –compartir y hacer compartir a los demás los bienes de la tierra y del mar–, Jesús despierta en algunos un hambre y una sed más profunda que la biológica, un hambre y una sed espiritual.

En la primera lectura se nos recuerda que antes de que el alimento celeste llegue y caiga a la tierra, Dios hizo sentir el hambre a su pueblo durante la travesía en el desierto: “Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que ni tú ni tus padres conocían” (primera lectura). Pienso que nos podemos hacer dos preguntas. La primera es: « ¿Por qué comemos? » Y la respuesta inmediata que damos es: « Comemos para vivir ». La segunda es la siguiente: “¿Y para qué vivimos?” La respuesta se vuelve un poco más difícil de contestar. Sin embargo se trata de una pregunta filosófica y existencial de gran importancia sobre el sentido de nuestra vida.

Desgraciadamente en nuestros días no todo el mundo puede comer como debiera, no todo el mundo puede satisfacer la primera hambre elemental, biológica, es decir responder a la primera pregunta: ¿por qué comes? Y no pueden responder por la simple y sencilla razón de que no tienen qué comer para poder seguir viviendo. No me refiero al hecho de comer por el gusto o el placer de comer: “como esto en vez de lo otro”, sino simplemente comer para poder vivir. Hay muchos países en donde los niños van a la escuela con el estomago vacío; en donde las madres tienen los senos secos y no logran alimentar a sus hijos. Muchos países en donde los hombres están muriendo de hambre. Nosotros vivimos en Francia, un país rico en donde en ocasiones de desperdicia la comida, en donde los campos producen menos para poder respetar las leyes económicas del mercado. Esto no hay que olvidarlo. ¿Pero por qué hablo de todo esto en este día en que celebramos la fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo? “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia” nos dice el Señor en el Sermón de la montaña.

Para poder recibir dignamente el cuerpo y la sangre de Cristo hay que experimentar un hambre y una sed más profundas que la biológica. El hambre de Dios que está unida al hambre de justicia. “Él te afligió, haciéndote pasar hambre (…) para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.”, nos dice el libro del Deuteronomio. No podemos solamente comer pan, arroz, maíz, etc., comer solamente para vivir, comer pensando solamente en mí sin preocuparme de los demás, defender mi bistec, vivir para mi sólo. Para un cristiano vivir significa compartir el pan de la mesa con los otros, como los peregrinos de Emaús. Es compartir mi tiempo con los otros, es colaborar para que los otros puedan tener vida, puedan comer, ir a la escuela, tener un trabajo digno, etc. En resumen, es casi como darme yo mismo en alimento para que los otros puedan vivir. ¿Cómo poder llegar a semejante sacrificio? ¿Cómo poder pasar del egoísmo a la santidad? Nosotros solos no podemos hacer nada, necesitamos de la ayuda de Dios. Es aquí que interviene la eucaristía. Comer el cuerpo de Cristo y beber la sangre de Cristo para tener fuerzas e intentar imitarlo a él.

Cristo que durante su vida terrestre se dejó comer físicamente por los hombres, su predicación, sus milagros, sus enseñanzas, están en función de una nueva humanidad. Y después de su resurrección se deja comer espiritualmente por nosotros, para que podamos continuar su obra: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.”, nos dice el evangelio del día de hoy.

Pidamos al Señor el poder vivir para él, que cada participación a la eucaristía nos de fuerza para darnos como alimento a nuestros hermanos para que ellos puedan vivir.     Amén.     


[1] El cuerpo y la sangre de Cristo. Dt. 8, 2-3.14-16; 1ª Cor. 10, 16-17. Ciclo A. Catedral Notre-Dame de Paris, 2 de Junio de 2002.

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