¿Es el amor un mandamiento, es decir una obligación?

Jn.15, 9-17

[1]). ¿Es el amor un mandamiento, es decir una obligación?

 

Con el evangelio del día de hoy acabamos de escuchar lo que podemos considerar un discurso de adiós de parte de Jesús a sus discípulos. San Juan quiso colocar este texto un poco antes de narrar la pasión de Cristo, y la Iglesia lo propone a nuestra reflexión el domingo anterior a la fiesta de la Ascensión. Por lo tanto podemos entenderlo como una especie de “Testamento espiritual” de parte de Jesús a sus discípulos.

En esta homilía vamos a reflexionar en una frase del evangelio, que es la que da sentido a todo el texto que hemos escuchado: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado.” A partir de esta frase nos podemos preguntar: ¿Por qué Jesús coloca el sentimiento del amor como una orden, es decir como una obligación? ¿Se puede ordenar amar a alguien? ¿Es el amor una obligación? Pienso que si le preguntamos a alguien: ¿Por qué me amas? y si el otro nos responde: porque estoy obligado, su respuesta nos parecería desagradable y tal vez grosera. Y sin embargo, Jesús nos dice que hay que ver el amor como una obligación, como un mandamiento.

Cristo no nos da un consejo o no nos hace una invitación para amar. Él no nos dice por ejemplo: “Sería bueno que se llegaran a amar” o “Hagan lo posible por amarse”. Sino que él nos impone como una orden el amarnos. El amor se vuelve una obligación, una prescripción, un mandamiento.

Sin embargo el sentido común parece decirnos todo lo contrario: es decir que el amor no puede ser ordenado o impuesto desde el exterior, ya que es un sentimiento que  nace del interior de cada uno de nosotros de una manera libre, gratuita y espontánea, y que nosotros se lo damos a aquel o a aquella que nosotros elegimos. ¿Es el amor una obligación o es un sentimiento libre que debe nacer en cada uno de nosotros? ¿Pero de qué tipo de amor estamos hablando? ¿De qué tipo de amor nos habla Jesús?

 

Tal vez hablamos de dos formas diferentes de entrar en relación con el otro, y que no están siempre en armonía. Todo depende del “lugar” en el que uno se coloca cuando se habla del amor. ¿A partir del interior o a partir del exterior? Jesús nos enseña una nueva manera de amar que, de cierta manera, viene a contradecir la opinión común que se tiene con respecto al amor. Para Cristo, el amor se tiene que convertir en una obligación, en algo que debemos hacer aunque nos cueste, aunque nos duela, y no en algo que debemos esperar pacientemente a que tal vez crezca en nuestros corazones. Ante las necesidades del mundo, Jesús coloca el amor como una orden: “Ámense los unos a los otros como yo lo los he amado”. Es decir no se esperen a ver si surge en ustedes el deseo o el gusto por amar, porque tal vez nunca surja. Atrévanse a amar, es decir salgan de su yo, esfuércense por salir al encuentro del otro, porque en esto consiste el verdadero amor, en dar no en recibir.

Jesús viene a realizar una especie de revolución copernicana  en la cual el yo pierde el primer lugar. No soy “yo” el centro del mundo. No soy yo quien debe hacer que los otros giren alrededor de mí para buscar mi propio placer, mi felicidad, mi alegría. Sino que soy yo quien debe estar atento a las necesidades del “otro” (afectivas, materiales, espirituales etc.) porque el otro es el centro, su felicidad es más importante que la mía.

Amar al otro a partir del interior, es decir a partir de mí mismo, no es amarlo sino aniquilarlo como individuo, tomarlo como objeto a mi servicio. Y esto tanto en el plan individual como social. Aquel que quiere amar a partir de él mismo no acepta las diferencias; se hace sus propios criterios de belleza, de política e incluso de religión, en donde los otros no tienen nada que decir, sino únicamente someterse a él, es él quien ordena, la ley es él. Amar al otro a partir de mí conduce al egoísmo y al narcisismo. Narciso que muere mirando el reflejo de su propio rostro en el agua.

Amar a los otros a partir del exterior, es decir a partir de ellos mismos, es salir de mí y de mi mundo para ponerme a la escucha y al servicio del otro. Es reconocer la alteridad y la diferencia del otro. Es amar como Dios quiere, romper con mi egoísmo y aceptar que el amor y la ley me vienen del otro. Amar es salir de mí mismo, de mis ideas preconcebidas, de mis prejuicios, e ir al encuentro del otro bajo el riesgo de dejarme transformar por él o por ella. El verdadero amor nos da miedo porque nos transforma, nos cambia, hace que nos convirtamos en otras personas.

El amor que Jesús nos ordena no es evidente porque comporta sacrificios, renuncias, abandono. Es por todo esto que él lo ordena. Lo ordena para ayudarnos a crecer. Hay que atrevernos a amar, atrevernos a escuchar, atrevernos a sonreír sin esperar nada a cambio. “El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor.” Nos dice San Juan en la segunda lectura. A Dios no lo podemos conocer por medio de la lectura de libros, o mediante el culto, sino solamente mediante las relaciones humanas. El amor nos saca de nosotros mismos y nos lleva a otra dimensión que la del encierro en nosotros mismos, ya que nos lleva a la dimensión de Dios.

En la primera lectura del libro de los Hechos hemos escuchado como Pedro no acepta ponerse en primer lugar y acepta que los paganos sean diferentes a él. “Pedro lo levantó y le dijo: “Ponte de pie, pues soy un hombre como tú”. Luego añadió: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere”.

Antes de concluir es necesario saber de qué lado nos colocamos cuando se trata de amar. ¿desde la interioridad de mi yo o desde la exterioridad del otro/a? Ordenar que nos amemos no quiere decir limitar nuestra libertad sino al contrario, hacernos libres con respecto a nuestro propio egoísmo.  Recordemos las palabras de San Juan en la segunda lectura: “Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor.” Que así sea. Amén


[1] “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros”.Hechos 10, 25-26.34-35.44-48; 1ª Juan 4, 7-10. VI Domingo de Pascua. Catedral Notre-Dame de Paris, 25 de Mayo del 2003.

 

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