La unidad no la dan los templos sino la fe

Jn. 11, 45-57

[1]). La unidad no la dan los templos sino la fe

 

En los dos textos del día de hoy se trata de buscar la unidad de la nación, y concretamente de Israel. ¿Pero por qué medios?

En el libro de Ezequiel, Dios quiere reunir a su pueblo dividido políticamente (el norte y el sur) en torno de él, a condición de que lo escojan a él como su Dios. “Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.”. Es únicamente por medio de la fe en el Dios único que el pueblo disperso podrá unirse, y ya estando unidos podrán iniciar la construcción del santuario.

En el evangelio de Juan los fariseos y los jefes de los sacerdotes también buscan conservar la unidad de la nación, y por lo tanto tienen miedo de Jesús. ¿En qué aspecto Jesús puede dividir a su pueblo? ¿Vino a traernos la unidad o la división? Si leemos con atención el texto podemos remarcar que ya había algunos que comenzaban a creer en él. “Muchos judíos que habían ido a ver a María creyeron en Jesús cuando vieron lo que hizo. Pero otros fueron donde los fariseos a contarles lo que Jesús había hecho.” Jesús no viene a dividir sino a purificar nuestra fe, es decir a quitar de ella todo lo que no es esencial y nos impide llegar a Dios. Es en esta purificación de nuestra fe que algunos lo seguirán y otros lo criticarán. Ya que para algunos lo que importa no es tanto la fe sino seguir manteniendo ciertos privilegios, políticos, económicos, religiosos, etc.

El texto que hemos escuchado es necesario leerlo con atención para darnos cuenta de la contradicción que había en los espíritus de los jefes de los sacerdotes y los fariseos. ¿Buscaban ellos realmente la unidad de Israel o más bien el privilegio del poder? A ellos no les interesaba el bien del pueblo y su unidad, como ellos lo pretendían, sino seguir conservando sus privilegios en el poder. “Entonces, los jefes de los sacerdotes y los fariseos se reunieron en Consejo. Decían: “¿Qué vamos a hacer? Este hombre va multiplicando los milagros. Si lo dejamos que siga, todos se van a entusiasmar con él, y luego intervendrán los romanos, que destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra raza.” Ellos reconocen en Jesús a un hombre de bien, acababa de resucitar a Lázaro y seguía haciendo milagros. ¿Por qué no, en lugar de criticarlo no se interesaron en conocerlo? Ellos mismos afirman que “todos se podrían llegar a entusiasmar con él”. ¿Entonces por qué no escuchar a ese hombre que podría, si se le dejaba, reunir a los hombres y lograr la unidad de su pueblo en aquellos años de dominio extranjero? Y finalmente ¿qué relación había entre creer en Jesús y la destrucción de Templo y de su raza que esa creencia podría ocasionar? Pareciera ser que los fariseos, y jefes de los sacerdotes que criticaban a Jesús, estaban más apegados al Templo y a su raza que a buscar la unidad de su pueblo por medio de la fe.

Ellos habían comprendido que Jesús podía llegar a unir al pueblo, cosa que ellos nos habían logrado. Y un pueblo unido representaba un peligro para los invasores romanos, que podían como represalia destruir el Templo. En la mentalidad de estos fariseos y sacerdotes era mejor continuar bajo el dominio extranjero pero con el Templo. Lo que ellos buscaban salvar no era la nación, su unidad o su libertad frente al extranjero, sino el Templo. Caifás, uno de ellos llega a afirmar: “Les conviene que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación perezca.” Con estas palabras ellos contradecían las palabras mismas de la Ley, que dice: “¡No matarás!” (Dt. 5, 17). Nada puede justificar la muerte de un solo hombre, ningún interés político, económico o religioso. Ningún templo, por hermoso o grande que sea, construido por hombres, puede rivalizar con cualquier cuerpo humano, verdadero Templo de Dios. La posición del profeta Ezequiel es totalmente contraria a la de estos fariseos y sacerdotes. Para él lo primero es buscar la unidad del pueblo de Israel a través de la fe en el Dios único, y después vendrá la construcción del Templo. “Yo tomaré a los hijos de Israel de en medio de las naciones adonde fueron, y los recogeré de todas partes y los llevaré a su tierra. Formaré con ellos una sola nación en la tierra. (…) Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. (…) cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre.”

Pidamos al Señor buscar la unidad con nuestros hermanos no a partir de intereses egoístas y de poder sino a partir de la fe. Amén.


[1] “Les conviene que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación perezca.” Ezequiel 37, 21-28.  V Semana de Cuaresma, Catedral Notre-Dame de Paris, 7 de Abril de 2001.

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