Purifiquemos nuestras ideas sobre Dios, la Iglesia y nuestro cuerpo

Jn. 2,13-25

[1]). Purifiquemos nuestras ideas sobre Dios,

 la Iglesia y nuestro cuerpo

 

   El día de hoy hemos escuchado este texto que se encuentra en los cuatro evangelios. Esto muestra la importancia que los evangelistas han acordado a este pasaje de la vida de Cristo.

Este texto de la purificación del templo puede ayudarnos a reflexionar sobre tres niveles, o lugares, de purificación en este tiempo de cuaresma: Buscar purificar nuestras ideas sobre Dios, purificar la Iglesia y purificar nuestro propio cuerpo.

 

a). Purificar nuestras ideas sobre Dios: Dios que toma el cuerpo de un hombre

   En este pasaje del evangelio encontramos a un Jesús muy humano, tan humano que entra en cólera porque quiere purificar el templo. Es decir quitar del templo todo aquello que de una imagen negativa de la casa de su Padre.

¿Cómo es Dios? No lo sabemos, es Jesús quien nos muestra la imagen de su Padre. Un Dios grande, invisible y trascendente y que sin embargo, toma un cuerpo humano y se deja ver, tocar, sentir, para expresarnos mejor su sensibilidad, sus sentimientos; su amor o su cólera por ejemplo. Cristo es escándalo, o vergüenza,  para los judíos porque es un Dios hecho carne, hecho sensibilidad; y también es locura para los griegos (es decir para la razón) ya que es un Dios que por amor a los hombres se deja morir en la cruz. San Pablo nos dice: “Un Cristo crucificado. Los judíos dicen: “¡Qué vergüenza!” Los griegos: “¡Qué locura!” Pero aquellos que Dios ha llamado, sea de entre los judíos o de entre los griegos, encuentran en Cristo la fuerza y la sabiduría de Dios.” El Dios en quien nosotros creemos es un Dios que nos escapa. No es un Dios distante e intocable, pero tampoco se trata de un Dios hecho a la medida de la sabiduría humana. San Pablo continúa: “En efecto, la “locura” de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres; y la “debilidad” de Dios es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres.” Creemos en un Dios “loco” y “débil” por amor de los hombres, pero que paradójicamente eso mismo lo vuelve sabio y fuerte.

El texto del Decálogo de la primera lectura nos permite comenzar a hacer una purificación de nuestras ideas, o representaciones, de Dios. “No te hagas estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les des culto, porque Yo, Yahvé soy un Dios celoso.” En muchas ocasiones los seres humanos tenemos tendencia a fabricarnos un “dios”, o dioses, a nuestra medida, a nuestros gustos y conveniencias: un dios paternalista que apoye mis intereses económicos, políticos, etc., un dios tipo “tarjeta bancaria”, que me dé lo que yo quiero y cuando lo quiera, etc. El Cardenal Jean-Marie Lustiger declaró apenas hace algunos días (20 de Marzo de 2003), a propósito de la guerra en Irak: “Dirigentes políticos y hombres de guerra invocan el nombre de Dios para ponerlo de su parte. Pero Dios no quiere la guerra; el hombre que mata a su hermano peca contra Dios.” En este tiempo de cuaresma es bueno preguntarnos: ¿Cómo es el Dios en quien yo creo?

 

b). Purificar la Iglesia cuerpo de Cristo

El texto de los vendedores expulsados del templo nos ayuda a reflexionar sobre lo que Cristo espera de su Iglesia, de la Iglesia como lugar físico y como institución; la Iglesia visible que desde hace dos mil años recorre el mar del tiempo. Jesús entra al templo y expulsa a los vendedores. “Hizo un látigo con cuerda y los echó a todos fuera del Templo con ovejas y bueyes, y derribó las mesas desparramando el dinero por el suelo.”  Hay que recordar que en tiempos de Jesús, los judíos compraban animales para ofrecerlos en el templo como signo de penitencia al Señor. Ahora bien para algunos, para los comerciantes, era una buena manera de enriquecerse gracias a la religión, habían hecho del templo un mercado, un negocio. Por su parte para ciertos clientes era una manera de querer comprar a Dios ofreciéndole animales grandes para ser perdonados. Veamos la purificación que debemos hacer del templo, es decir de la Iglesia, desde dos perspectivas diferentes:

Del lado del clero: Es necesario purificar nuestra relación con el dinero. La ambición del dinero y el lucro son grandes tentaciones que seducen a los que trabajamos en y para la Iglesia. La Iglesia debe ser pobre para ser creíble, ella debe poner su confianza en Dios y no en el poder del dinero. Afortunadamente aquí en Francia, y tal vez gracias a la laicidad, la Iglesia ha perdido ciertos privilegios, es una Iglesia pobre, o más bien modesta materialmente. Pero en otros países como el mío, México, la Iglesia todavía tiene un largo camino por hacer para liberarse de los mercaderes y negociantes que se encuentran en los templos. Miembros del clero que practican la simonía, es decir el comercio de los bienes espirituales. Aquí en Francia todos los sacerdotes son remunerados de la misma manera, a todos se nos paga lo mismo, y es el equivalente al salario mínimo en Francia (S.M.I.C.) y eso está muy bien. Desgraciadamente no sucede lo mismo en otras partes del mundo. En otros lugares todavía hay Iglesias para ricos, que buscan lujos y ostentación en sus sacramentos, e iglesias para pobres, porque pueden pagar menos en los servicios que solicitan. Lo que ocasiona que por parte de algunos miembros del clero se tengan deseos no tanto de servir a la gente sino de lucrar y enriquecerse por medio del templo.

Por parte de los laicos: Es necesario recordar que no se puede comprar a Dios y que la ofrenda que agrada a Dios es la practica de la justicia. A Dios no lo podemos sobornar regalándole lujo sino ofreciéndole actos de caridad y de justicia. Es interesante remarcar que en el texto del evangelio que hemos escuchado, Jesús no expulsa a todos los vendedores del templo sino sólo a aquellos que vendían los animales más grandes y destinados a los ricos, es decir los que vendían ovejas y bueyes. Jesús deja a los que vendían palomas, ofrendas humildes destinadas a los pobres. Jesús les dice a estos últimos de purificar el templo: “A los que vendían palomas les dijo: “Saquen eso de aquí y no hagan de la Casa de mi Padre un lugar de negocios”.” La Iglesia tiene necedad de ayuda material es verdad, pero esta debe ser destinada a la evangelización, no para enriquecimientos personales. Es bueno preguntarse: ¿tengo celo por purificar mi Iglesia y hacerla cada vez más evangélica o yo mismo la corrompo, queriendo arreglar mi relación con Dios a través del dinero?

 

c). Purificar mi cuerpo

   Jesús nos dice que no hay que buscar sacralizar ningún lugar material y geográfico, y esto lo podemos afirmar incluso de la tierra de Israel, fuente ahora de conflictos entre árabes y judíos. Ninguna Mezquita, ninguna Sinagoga, ninguna Iglesia puede encerrar a Dios. Los templos nos ayudan a rezar, a interiorizar, pero el templo por excelencia en donde Dios habita es el cuerpo humano. Encontramos en el cuerpo de todo ser humano, otro misterio de Dios que nos escapa. “En realidad, Jesús hablaba de este otro Templo que es su cuerpo.” nos dice San Juan. Nos podemos preguntar: ¿Cuál es mi relación con el cuerpo de los otros? ¿Los veo como objetos a mi servicio, mercancías a mi disposición, o respeto la presencia de Dios que habita en ellos? No nos suceda que un día Jesús nos diga: “Tuve hambre, tuve sed, estuve desnudo, etc., y ustedes no me socorrieron.”

Por otra parte no se trata sólo de respetar y cuidar el cuerpo de los otros, sino también de comenzar por nuestro propio cuerpo. ¿Cuál es la relación que tengo con mi cuerpo? ¿Soy conciente de su dignidad? ¿Lo cuido? Purificar mi cuerpo es muy diferente de darle culto, idolatrarlo. Purificar mi cuerpo quiere decir hacerlo puro de todo aquello que pueda alejarlo de Dios y de los hombres. En los atentados terroristas hemos visto cómo hay personas que hacen de sus cuerpos “bombas”, porque piensan actuar en nombre de su fidelidad a Dios; nosotros hagamos de nuestros cuerpos “templos” al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Amén.


[1] Jesús expulsa del templo a los vendedores. Ex. 20, 1-17 ; 1a Cor. 1, 22-25. III Domingo de Cuaresma, Ciclo B, Catedral Notre-Dame de Paris, 23 de Marzo de 2003.

 

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