Tomar la toalla y tomar el pan

Jn. 13, 1-15

[1]). Tomar la toalla y tomar el pan

   En las lecturas que acabamos de escuchar (San Pablo y San Juan), hay dos gestos muy importantes que Jesús hizo y que son introducidos por el mismo verbo: “tomar”.

“Él tomó una toalla”, nos dice San Juan

“Él tomó un pan”, nos dice San Pablo

Tomar la toalla y tomar el pan. Dos gestos muy diferentes y que en ocasiones tenemos tendencia a separar e incluso a oponer. Y que equivalen a:

 

Lo material y lo espiritual

La acción y la contemplación

El servicio a los hombres y el culto a Dios

   Podemos preguntarnos lo siguiente: ¿Por qué antes de tomar el pan para la eucaristía (la primera y la única misa que celebró) Jesús quiso tomar la toalla? ¿Por qué antes de ordenar sacerdotes a sus discípulos, y decirles que debían continuar con el signo de tomar el pan, tomó la toalla y se puso a lavarles los pies?

   Fue sin duda para mostrarles que el culto dado a Dios –tomar el pan– no basta por él mismo si no es precedido por la práctica del amor, por el hecho de tomar la toalla. Tomar la toalla para lavarle los pies al otro, a nuestro prójimo, quiere decir “ensuciarnos”  a nosotros mismos con tal de que el otro esté limpio, quiere decir “mojarnos” en el sentido de “comprometernos” en el servicio dado al otro. A la actitud de Pilatos que se lava él mismo las manos para dar a entender hipócritamente que está limpio y que no tiene nada que ver en el juicio de Cristo, Jesús al contrario se arrodilla para lavarles los pies a sus discípulos, se compromete con ellos. No se trata simplemente de un acto de limpieza o de educación, es un ejemplo de compromiso total con el otro de quien yo soy responsable. Jesús antes de decir que en un pedazo de pan se encuentra su propio cuerpo dado en sacrificio, quiere tomar una parte del cuerpo de sus discípulos, los pies, en sus manos. Tomar los pies del otro es como tomar la carne, la vergüenza, la fragilidad y el cansancio del otro en nuestras manos, antes de querer tomar el cuerpo de Cristo en nuestras manos.

No es fácil tomar el cuerpo del otro en nuestras manos para lavarle los pies, es más fácil tomar un pedazo de pan y llevárnoslo a la boca. Pero para que ese pan tenga realmente significado eucarístico tiene que ser precedido por el servicio fraterno de la caridad, la toalla del servicio. Lo que justifica pasar a la mesa eucarística es la caridad que hayamos tenido con nuestros hermanos. En ocasiones la caridad fraterna es difícil y soy conciente de esto. Sobre todo cuando el otro es muy diferente de nosotros, cuando el otro no nos ama o incluso nos rechaza.  Tal vez era más fácil para Jesús lavar los pies a su amigo Juan, o al humilde Pedro, que lavar los pies de Judas (no hay que olvidar que el texto nos dice que antes de lavarles los pies ya el diablo había puesto en el corazón de Judas la idea de entregarlo). En todo caso Jesús realizó el mismo gesto de lavarles los pies con cada uno y con mucha humildad. Cuando lavaba los pies de Pedro él sabía que eran los de Pedro y no los de Juan o los de otro, cada par de pies tienen sus propias cicatrices, sus propias marcas, su propio camino por andar…

La caridad fraterna no siempre es fácil porque las más de las veces queremos que los otros nos laven los pies, que nos los besen y que incluso estén bajo nuestros pies. Es por lo cual Jesús quiso dejarnos un alimento que nos fortalezca ante esos momentos de debilidad; su propio cuerpo. Para un cristiano los dos gestos de “tomar la toalla y tomar el pan” no deben separarse, porque es en su unidad que encuentran su sentido. Los dos gestos nacen de la misma fuente que es el corazón de Jesús. En aquella cena, para darnos ejemplo, con sus mismas manos Jesús tomó una toalla para servir y un pan para consagrar.

[Vamos ahora a escuchar algunos testimonios de personas que han tomado la toalla del servicio, lavando los pies de sus hermanos]. Que sepamos siempre unir el servicio a nuestros hermanos con el servicio litúrgico. Amén.

 


[1] Jesús lava los pies a sus discípulos. Éxodo 12, 1-18; 1ª Cor. 11, 23-26. Misa de jóvenes, Parroquia de Saint Hippolyte, Paris, Francia, Jueves Santo de 1999.

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