Ver para creer

Jn. 20, 19-31

[1]). Ver para creer

 

En el evangelio del día de hoy San Juan nos narra lo que sucedió la noche de resurrección. Cuando Jesús se aparece a sus discípulos en la casa en la que estaban encerrados por miedo a los judíos. Jesús primero les da la paz, es decir la tranquilidad y la serenidad necesarias para poder verlo y escucharlo. Enseguida sopla sobre ellos y les comunica al Espíritu Santo. Jesús resucitado se aparece para enviarlos de la misma manera que el Padre lo envió a él, diciéndoles de perdonar los pecados. Tomás no está con ellos en ese preciso momento y se niega a creer lo que sus compañeros le dicen: “Hemos visto al Señor”.

A Tomás algunos lo identifican como el modelo de los hombres intelectuales que buscan pruebas visibles y racionales para poder creer. En el siglo XIII, otro Tomás, pero este italiano y monje dominico, buscó igualmente pruebas racionales para demostrar la existencia de Dios. Me refiero al Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, que adaptando las pruebas del filósofo griego Aristóteles, intenta por medio de sus famosas “cinco vías” demostrar la existencia de Dios en su gran obra la Suma Teológica. Tomás el apóstol busca ver al Señor con los ojos del cuerpo y Tomás de Aquino con los ojos del la razón. Sin embargo, considero que lo que nos permite realmente “ver” al Señor y tener una experiencia profunda del Él, no son los ojos del cuerpo y ni siquiera los de la razón (luz intelectual) sino los ojos del alma. Porque también el alma tiene ojos. Pero sus ojos son los del amor. Por eso, en otro texto, nos dice el mismo San Juan: “El que ama conoce a Dios porque Dios es amor”.

San Juan nos dice que los discípulos están reunidos cuando aparece Jesús, es tal vez esta unidad la que les permite verlo, sobre todo con los ojos del alma antes que con los del cuerpo. El que ama está en las mejores condiciones de encontrar a Dios y de tener una experiencia fuerte de Él. En sentido contrario, aquel que está aislado de los demás, por más pruebas visibles que se le presenten sobre Dios seguirá sin reconocerlo en su existencia. Es interesante remarcar cómo Jesús no se le aparece a Tomás sólo, sino que se espera a que esté reunido con los demás, en comunión con ellos. Es la unidad y la fraternidad el mejor camino para encontrar a Dios.

San Lucas, el autor de los Hechos de los apóstoles, nos dice que la primera comunidad cristiana vivía unida y lo tenían todo en común. El número de creyentes aumentaba día a día, a pesar de la persecución  que se había desatado contra los cristianos, porque ellos podían “ver” que realmente Cristo estaba vivo entre los cristianos. No porque Cristo estuviera con ellos materialmente sino por el testimonio de amor que ellos daban de Cristo. Nos dice San Lucas: “Los que eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido entre todos, según las necesidades de cada uno. Diariamente se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón.” ¿Cómo no iba a atraer cristianos el ejemplo de amor de esta primera comunidad cristiana?

La gente del día de hoy sigue buscando pruebas para poder creer, y dicen: “ver para creer”. Todavía hay muchos “tomases” que buscan pruebas ya no de las manos de Cristo sino de las manos de sus discípulos, es decir de las de ustedes y de las mías, que ahora estoy celebrando esta eucaristía. Creer en Cristo es amarlo, y amarlo es servir a nuestros hermanos. San Pedro, en la segunda lectura nos dice: “A Cristo ustedes no lo han visto y, sin embargo, lo aman.” Si Jesús se aparece a sus discípulos es para confirmarles que está vivo, que los acompaña espiritualmente mediante el soplo del Espíritu Santo, y que los envía para continuar su misión en la tierra.

A mediados del siglo XIX un judío ateo llamado Karl Marx, el fundador del comunismo, buscó una sociedad más justa que viviera en la igualdad. Sin embargo la justicia no podrá llegar a la tierra mientras haya odio en los corazones. La revolución social comienza con la revolución del corazón. Que busquemos ver a Cristo no con los ojos del cuerpo o los de la razón sino con los ojos del alma. Aquellos que no se quedan en lo exterior sino que penetran el corazón humano. Encuentro en el amor que nos permite exclamar: Señor mío y Dios mío. Amén.


[1] Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús. Hechos 2, 42-47; 1ª Pedro 1, 3-9. 2º Domingo de Pascua, Ciclo A, Parroquia de la Inmaculada Concepción. Nezahualcóyotl, Edo. de México, 30 de Marzo 2008.

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