Lc.1, 26-38

Lc.1, 26-38

[1]). El cuerpo humano templo y morada del Señor

 

   En este cuarto domingo de adviento y a pocos días de Navidad, la liturgia nos invita a reflexionar sobre el misterio de la encarnación de Cristo en el cuerpo de la virgen María. Un misterio preparado por Dios desde el origen del mundo. Un misterio que los profetas ya habían anunciado, pero que nadie sabía cómo iba a suceder. San Pablo escribe en su epístola: « revelando un secreto, mantenido oculto desde antes que comenzara el mundo, pero que se ha podido ver ahora. » ¿De qué misterio se trata? De la llegada de Dios al mundo, escándalo para los judíos y locura para los griegos. Ya que ¿cómo es posible que un Dios tan grande, el creador del cielo y de la tierra, pudiera tomar la condición humana? Dios se abaja  y se humilla para que el hombre pueda subir y se eleve. He aquí el increíble misterio. A partir del momento en que Dios se encarna en el vientre de María se realiza un cambio en la historia de la humanidad. “Y atardeció y amaneció” dice el libro del Génesis como para indicarnos un antes y un después en los designios de Dios. Hubo un antes y un después con respecto a la llegada de Cristo al mundo. Antes de Cristo la Palabra de Dios era dicha por mediación de los profetas. A partir de él será dicha por Dios mismo y sin intermediarios. Su Palabra toma la carne y el rostro de una persona concreta: Jesús de Nazaret. El Emmanuel, “Dios con nosotros”, ha llegado. ¿Cómo comprender esto? Es algo que no tiene explicación racional. « ¿Cómo podré ser madre si soy virgen? » pregunta María al ángel.

 

El Dios que entra en la Historia y que hace irrupción en el tiempo es el mismo que entra en el seno de María. La lógica de Dios escapa a la sabiduría humana. La encarnación de Dios nos debe enseñar a ver de otra manera nuestra relación con él; nuestra relación con los otros; y nuestra relación con nosotros mismos. A partir de la encarnación de Dios en el cuerpo de María, el Arca de la Alianza –es decir el lugar que guarda las Tablas de la Ley– es el cuerpo humano. Cada ser humano –y no solamente la Virgen María, aunque ella de manera particular– lleva en él/ella la presencia misteriosa de Dios. Esta catedral de Notre-Dame de Paris es magnífica, y sin embargo no puede rivalizar, o competir, con la grandeza de un solo ser humano. David, como hemos escuchado en la primera lectura, le quería y le construyó un templo al Señor: “Yo vivo en una casa cubierta de madera de cedro, mientras que el Arca de Yahvé está en una tienda de campaña.”. Sin embargo ningún templo por hermoso que este sea puede contener la grandeza de Dios, a Dios no lo podemos encerrar en nuestras dimensiones y espacios humanos. Cuando Dios entra de una manera misteriosa en el cuerpo de María, se lleva a cabo una dignificación maravillosa del cuerpo humano. De cualquier cuerpo humano: el de un niño que comienza su gestación en el seno de su madre, el de un anciano, el de un moribundo, el de una prostituta, etc. Cualquier cuerpo humano es el “nuevo” lugar de residencia del Señor. Con esto no quiero decir que en el cuerpo de cualquier hombre o mujer sea Dios.  Aunque hay algunas personas que idolatran su cuerpo y lo vuelven no dios sino ídolo. Lo que yo quiero decir es que el cuerpo humano de cualquier hombre/mujer, sobre todo de los que sufren, se convierte en el lugar privilegiado de encuentro con Dios, que está más allá de la materialidad del cuerpo pero que sin embargo se refleja o se anuncia en la corporeidad de nuestra carne. Basta con leer el episodio del Juicio final narrado por Mateo 25 para darnos cuenta del nuevo lugar de residencia establecido por Dios: “Porque tuve hambre, tuve sed, estuve enfermo etc. y todo lo que ustedes hicieron por alguno de mis hermanos más pequeños lo hicieron conmigo.”

Pidamos al Señor en estos días de preparación para Navidad preparar al Señor el pesebre por excelencia que es nuestra propia vida: nuestro cuerpo, nuestra alma, todo nuestro ser, como templo y lugar de su morada. Y que sepamos también descubrir en la presencia de nuestros hermanos, el templo desde donde Dios manifiesta su presencia misteriosa en cada ser humano. Amén.


[1] El anuncio hecho a María. 2 Sam. 7, 1-5.14.16; Rom. 16, 25-27. IV Domingo de Adviento, Año B,  Catedral Notre-Dame de Paris,  22 de Diciembre de 2002.

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