Lc. 10, 1-12.17-20

Lc. 10, 1-12.17-20

[1]). Comencemos por construir la paz al interior de nosotros mismos

 

   ¿Cómo se encuentra la situación mundial en nuestros días? No nos podemos hacer ilusiones. El mundo se encuentra cada vez más dividido y en lucha por cuestiones económicas, políticas, ideológicas, raciales, etc. Basta con abrir los diarios o escuchar las noticias para darnos cuenta de la situación de guerra y de violencia en la que vivimos: conflictos armados a nivel internacional, atentados, tráfico de armas y de personas, emigración cada vez mayor de los pobres hacía países ricos, incremento en el consumo de drogas por parte de los jóvenes, etc. Esta lista negra no está completa, faltarían aún por añadir muchos otros elementos que generan muerte y división entre los hombres. Nos dice el Señor en el evangelio del día de hoy: “Hay mucho que cosechar, pero los obreros son pocos; por eso, rueguen al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha.”  ¿Pero dónde encontrar en nuestros días a soñadores que sueñen con un mundo mejor como Luther King, Teresa de Calcuta, el Abbé Pierre o Monseñor Romero? Dios no permanece indiferente ante la gran necesidad que tiene el mundo de obreros que se comprometan a trabajar en o tiempo él. Y al igual que hace dos mil años, él continúa a enviar trabajadores a su campo, que es su mundo y nuestra casa. Él nos sigue diciendo: “Vayan, pero sepan que los envío como corderos en medio de lobos.”  Ser enviados por el Señor para predicar –y al mism comenzar a construir con pequeños gestos– la paz en el mundo no es fácil; sobre todo porque en ocasiones hay que navegar contra la corriente. Luchar contra el pesimismo social de que ya nada se puede hacer, de que, como postula el postmodernismo, ya no hay grandes ideales que puedan unir e integrar a los hombres. De que lo único que queda es aceptar el individualismo y el confort personal. Sin embargo, más difícil aún que luchar contra la apatía y el conformismo social es luchar contra nosotros mismos, contra nuestros propios demonios, contra nuestro egoísmo. Contra nuestro deseo de tener y de ocupar los primeros puestos. Es una tentación muy humana y valida por lo tanto para los hombres y mujeres de Iglesia, por lo tanto nos advierte el Señor: “No lleven bolsa, ni saco, ni sandalias.”

Jesús nos envía al mundo, que es nuestra casa, para proclamar ante todo y en primer lugar la paz: “En la casa que entren digan como saludo: Paz para esta casa.” Ahora bien, para anunciar la paz a los otros yo debo primero experimentar la paz en el fondo de mí mismo, estar reconciliado conmigo antes de querer reconciliar a los otros. Reconciliarme y sanar mi propia historia de pecado, de caídas, de infidelidades al Señor, etc. Nos dice San Pablo: “Los que viven según esta regla, que tengan paz y misericordia.” La paz social de la que nos habla Isaías en la primera lectura: “Yo voy a hacer correr hacía Jerusalén como un río la paz.”, comienza con la búsqueda de la paz al interior de nosotros mismos. Dios nos diría el día de hoy: “Yo voy a hacer correr al interior de Francisco, de Martha, de Miguel, etc., como un río la paz.” Cuando alguien ha logrado encontrar la paz en su propio corazón se vuelve un signo del amor y de la reconciliación de Dios en y para el mundo. Por eso, cuando sus setenta y dos misioneros regresan alegres con Jesús para anunciarle todo el bien que, por medio de ellos, Dios ha hecho en el mundo, Jesús les dice: “no se alegren porque someten a los demonios; alégrense más bien porque sus nombres están escritos en los cielos.”.

Pidamos al Señor que nos de el deseo y la fuerza para someter a nuestros propios demonios, y lograr la paz con nosotros mismos, antes de ir a anunciarla al mundo.   Amén.

 

 


[1] Jesús envía a los setenta y dos discípulos. Isaías 66, 10-14a; Gálatas 6, 14-18. XIV Domingo de Tiempo ordinario, Ciclo C, Hnas. de St. Thomas de Villeneuve, Paris, 8 de Julio de 2007.

 

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