Lc. 10, 25-37

Lc. 10, 25-37

[1]). Amar a Dios en el rostro del otro

 

El evangelio del día de hoy nos sitúa en el corazón mismo del mensaje de Cristo: encontrar, pero sobre todo servir, a Dios en el rostro del otro. Ya que no se trata de cumplir la Ley por la Ley, de manera casi ciega y escrupulosa, si no hemos sabido encontrar el espíritu de la Ley.

En el evangelio del día de hoy encontramos a un Doctor de la Ley, por lo tanto a un especialista de la Ley bíblica. Alguien tal vez que había obtenido su titulo de Doctor en el Instituto Católico de Paris (como yo), o en la Universidad Gregoriana de Roma, o en alguna escuela rabínica de Nueva York, o en alguna escuela coránica de Egipto. Al igual que él hay también otros especialistas, por ejemplo en política, en economía, etc., a nivel mundial. Es decir hombres o mujeres que deciden, de cierta manera, sobre el destino de los otros. Sobre su destino político y económico, pero también religioso. Pues bien, este Doctor de la Ley bíblica le formula una pregunta “teórica” a Jesús: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le contesta con otra pregunta (y esto sin ser jesuita, ya que parece que los jesuitas a una pregunta responden con otra pregunta. Por ejemplo una vez alguien le preguntó a un jesuita: “¿Es verdad que a ustedes cuando se les pregunta algo responden con otra pregunta?” El jesuita se puso a pesar y contestó: “¿Y por qué habríamos de responder de otra manera?”.), y le pregunta: “¿Qué dice la Biblia, qué lees en ella?” Hasta este momento del relato nos encontramos en un nivel teórico de la reflexión. Jesús invita por lo tanto al Doctor de la Ley a buscar la respuesta en la Ley escrita en las tablas de la Ley. El biblista le responde bien y cita textualmente el libro de la Ley: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma con toda tu fuerza y con todo tu espíritu; y a tu prójimo como a ti mismo.” Con esta respuesta textual, y recitada de memoria, Jesús le da 10 de calificación junto con sus felicitaciones: “Tu respuesta es exacta; haz eso y vivirás.” Pero el biblista quiere ir todavía más lejos y le plantea otra pregunta, que esta vez va de la teoría a la “práctica”: “¿Y quién es mi prójimo?”. Es aquí que Jesús va a cambiar de registro y pasar del nivel teórico de la reflexión al nivel práctico de la vida cotidiana, para invitar al Doctor de la Ley a ya no buscar en sus conocimientos y diplomas bíblicos, sino en el fondo de él mismo, en su propio corazón, como nos dice el libro del Deuteronomio: “Estos mandamientos que yo doy (…) no están en el cielo (…) tampoco están al otro lado del mar (…). Todo lo contrario, estas cosas de que hablo están bien cerca de ti; ya están en tu boca y en tu corazón, de modo que no te será difícil cumplirlas.”

Para responder a esta pregunta que se interroga sobre la aplicación práctica de la Ley, Jesús va a contar la magnifica historia del buen samaritano. El “héroe”, por emplear esta palabra, no es un judío experto en Biblia sino alguien anónimo que tuvo compasión de aquel hombre que se encontraba malherido enfrente de él. Ese samaritano logró ganar la vida eterna sin saberlo, tan sólo por haber tenido un gesto desinteresado de bondad ante la desgracia ajena.

Hay un filósofo judío contemporáneo, que puede ayudarnos a reflexionar un poco sobre el misterio de la presencia de Dios en el otro, que es Emmanuel Levinas (1906-1995). Este filósofo nos dice que encontrar a alguien – y para él, encontrar es estar frente a alguien físicamente – es “experimentar” de cierta manera el llamado de Dios no que me pide sino que me ordena como mandamiento servirlo. El otro, es decir cualquier ser humano que esté frente a mí, se convierte en el nuevo Sinaí desde el cual, Dios me da sus mandamientos. Podemos pensar que lo que San Pablo nos dice del rostro de Cristo con respecto al de Dios, “Cristo es la imagen del Dios que no se puede ver.”, lo podemos aplicar –de manera indirecta– al rostro de cualquier hombre, sobre todo de aquellos que sufren, con respecto a Dios.

Pidamos al Señor no permanecer indiferentes frente a la desgracia de nuestros hermanos. El riesgo es de acostumbrarnos al sufrimiento de los otros, un sufrimiento de ellos que no nos toca a nosotros, que no nos afecta, que no nos habla. Podemos pensar tanto en el rostro de los países pobres que es ignorado por los países ricos; como el rostro individual y único del anciano del edificio en que vivimos, del desempleado que pide trabajo en la calle, del vagabundo, etc. Señor, que no seamos sordos a tu llamado que nos viene del rostro de nuestro prójimo. Amén.


[1] El buen samaritano. Dt. 30, 10-14; Col. 1, 15-20. XV Domingo de Tiempo ordinario, Ciclo C, Parroquia Notre-Dame de la Sagesse, Paris, 15 de Julio de 2007.

 

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