Lc. 12, 13-21

Lc. 12, 13-21

[1]). ¿Qué es lo que hace palpitar nuestro corazón?

 

   Las lecturas del día de hoy nos invitan a reflexionar sobre el sentido profundo que damos a nuestra vida. Por lo tanto nos podemos preguntar: ¿Qué es lo que nos hace vivir? ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Dónde se encuentra la riqueza de mi vida? El apóstol San Pablo hace la diferencia entre las cosas materiales que pueden encadenarnos a ellas, y las realidades espirituales que nos conducen a Dios: “Busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo (…) piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra.”  No se trata de no trabajar y de despreciar los bienes materiales de este mundo, sino de saber utilizarlos, de no convertirnos en esclavos de las cosas materiales. Para esto, Jesús narra la historia de un hombre rico al que sus tierras le habían producido mucho. Pero incluso con toda su riqueza no era un hombre feliz, él se decía: “Ya sé lo que voy a hacer, echaré abajo mis graneros y construiré otros más grandes, para guardar mi trigo y mis reservas, y me diré: Alma mía, tienes muchas cosas almacenadas para muchos años; descansa, come, bebe, pásalo bien.”

El trabajo es importante y es un deber ante Dios y ante los hombres para continuar la obra de la creación. Pero la riqueza que produce nuestro trabajo debe estar al servicio de los otros. Acumular para nosotros mismos cuando el otro muere de hambre es una injusticia. Vivimos en una sociedad que paradójicamente produce cada vez más riquezas para algunos, pero también y sobre todo más pobreza para otros, que son la mayoría del planeta. La vida que Jesús nos propone está basada en la libertad, él nos recuerda que hemos sido creados para la libertad. Apegarnos a las cosas materiales lejos de hacernos crecer nos convierte en esclavos. La sociedad consumista y neoliberal en la que vivimos nos va creando dependencias económicas, nos esclavizan con las tarjetas de crédito, con promociones, con cosas que no necesitamos…, etc. Libre no es el que más tiene, sino el que menos necesita. Las riquezas nos impiden buscar ideales más elevados, nos impiden volar buscando aspiraciones más altas porque las riquezas llevan peso, nos arrastran a la tierra, a lo profano y efímero. Cuando alguien está a punto de morir y en agonía, él, o ella, se da cuenta tal vez de que acumuló muchas cosas que no eran necesarias, y de que descuidó lo esencial: la convivencia con familiares y amigos, el descanso del cuerpo y del alma, el maravillarse ante las pequeñas cosas de la vida, etc. Se da cuenta entonces, tal vez ya muy tarde en su vida, de que finalmente “todo es vanidad”, como nos dice el libro del Eclesiastés, búsquedas tontas, esfuerzos inútiles, que nos alejaron de lo esencial: la vida. Y la vida no es la acumulación de bienes sino la acumulación de pequeños gestos de amor. Pidamos al Señor que lo que haga palpitar nuestro corazón no sea el apego a las cosas materiales y riquezas, sino el amor y el deseo de justicia a nuestros hermanos.   Amén.

 

 


[1] La vida de un hombre no depende de sus riquezas. Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Col 3, 1-5.9-11. XVIII Domingo de Tiempo ordinario, Ciclo C, Hnas. de St. Thomas de Villeneuve, Nueilly, Paris, 5 de Agosto de 2007.

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