Lc.15, 1-3.11-32

Lc.15, 1-3.11-32

[1]). Alegrémonos de estar en la casa del Padre

 

   ¿Cómo poder hablar de la misericordia de Dios? ¿Cómo poder hacer entender a nuestros hermanos, y a nosotros mismos, que Dios es un Dios de amor y de perdón? A través de la hermosa parábola que hemos escuchado. Decía el gran humanista y escritor Charles Péguy: “Todas las parábolas son hermosas, todas las parábolas son bellas, pero hay una que ha hecho llorar a millones y millones de hombres: “Un padre tenía dos hijos…”.” ¿Cómo no creer en el amor y en el perdón de Dios cuando Jesús nos lo presenta de esta manera? Dios ya nos ha dado seguramente la parte de la herencia que nos corresponde y él nos deja en libertad para irnos, para dejarlo, para hacer una vida sin él y para vivir nosotros solos. Y sin embargo…, nosotros solos y sin él no somos nada. Ninguna distracción, diversión, trabajo o placer puede reemplazar la falta del Padre.  Con esto no pretendemos corroborar la tesis del psicoanalista Freud de que la religión es fruto de buscar una imagen paterna. No se trata en el evangelio de un “paternalismo” que imposibilita al hijo a crecer, sino de un “amor paterno” que permite al hijo madurar, crecer, llegar a ser adulto, asumiendo sus propias responsabilidades y no descargándolas en su padre o en los otros. En el paternalismo el padre dice al hijo lo que tiene que hacer, o, peor aún, el padre hace lo que el hijo debería hacer. El hijo se vuelve irresponsable porque sabe que cuenta siempre con el auxilio de su padre. En la parábola del evangelio, el Padre, con todo el dolor de su corazón, acepta dejar a su hijo partir, corta el cordón umbilical con él, para que su hijo pueda crecer asumiendo sus propias responsabilidades. Cuando al hijo le va mal y regresa, sabe bien que su padre no está “obligado” a recibirlo (porque ya le dio lo que le tenía que dar), y por lo tanto cuando su padre lo recibe gratuita y amorosamente, el hijo comprende que no ha sido un buen hijo, que se ha comportado de manera inmadura, y decide cambiar. “Padre, pequé contra Dios y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Deja de ser un joven irresponsable para convertirse en un hombre maduro que asume sus responsabilidades trabajando con su Padre.

 

La historia de los dos hermanos nos muestra dos actitudes paradójicas de comportarse frente al Padre. Por una parte está el hijo que abandona al Padre. ¿Por qué? yo no lo sé, tal vez porque quería distraerse, conocer el mundo, divertirse, etc., pero muy rápido se da cuenta de que sin su Padre no es nada, y decide regresar a la casa familiar. Es un hijo que piensa en su Padre al pasar necesidades, viviendo lejos de él, en un país lejano. Y por otra parte tenemos al hijo que “aparentemente” no se aleja de la casa familiar y que trabaja en los campos de su Padre, pero que sin embargo está celoso por el recibimiento que su Padre hace al hijo que ha regresado.  Es decir que el hijo menor que estaba fuera de casa (y llamado pródigo) pensaba en su Padre, y que el hijo mayor que estaba físicamente con su Padre pensaba en lo que pasaba fuera de la casa familiar, en el exterior, en lo que su hermano menor hacía o no hacía. Es este hijo mayor el que reprocha al Padre tal recibimiento amoroso y le dice: “llega este hijo tuyo, después de haber gastado tu dinero con prostitutas y para él haces matar el ternero gordo.” Historia paradójica de sentimientos humanos: perdón en uno y celos en otro, pero el mismo amor de Padre para sus dos hijos. Antes de terminar nos podemos preguntar: ¿Y nosotros con qué tipo de hijo nos identificamos más? Si estamos en la Iglesia, la prueba es que por ahora están escuchando misa, eso significa que estamos en la casa del Padre. Por lo menos físicamente, o de bulto, ya que tal vez nuestro espíritu o deseos estén en otra parte, más interesados en saber lo que hacen los otros. Alegrémonos de estar en la casa del Padre y seamos misericordiosos y amables con nuestros hermanos que regresan al Padre después de un largo camino de ausencia y de tribulaciones. Amén.


[1] Parábola del hijo prodigo. Miqueas 7, 14-20. II Semana de Cuaresma, Catedral Notre-Dame de Paris, 17 de Marzo de 2001.

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