Lc. 16, 19-31

Lc. 16, 19-31

[1]). No seamos insensibles al sufrimiento ajeno

 

   Los textos del día de hoy nos invitan a reflexionar sobre la justicia divina. En particular el evangelio en que Jesús narra la historia de dos hombres que vivieron en la misma época: Uno era rico, incluso muy rico, vestía lujosamente, bebía y comía abundantemente todos los días; y el otro era pobre, incluso miserable, tenía el cuerpo cubierto de llagas y no tenía que comer. Los dos hombres se conocían, se habían visto, ya que el pobre se tendía a la entrada de la casa del rico. Sin embargo estaban muy distantes el uno del otro. El mundo del rico con sus lujos y placeres y el mundo del pobre con su miseria y sufrimiento. Parece una historia extrema de cada lado: tanto del lado del rico como del lado del pobre. Una historia tan extrema que parece que no tiene nada que ver con nosotros. No tenemos tanto lujo ni vivimos en tan gran miseria como ellos, por lo tanto corremos el riesgo de no sentirnos implicados con el mensaje de este evangelio. Y sin embargo, si Jesús contó esa historia, fue para hacernos reflexionar a todos los seres humanos, de todas las épocas, hasta dónde podemos llegar en actos inhumanos cuando ignoramos al hombre que encontramos sufriendo en nuestro camino, frente a nuestra casa, en nuestro trabajo, etc.

Los peores crímenes de la humanidad comienzan cuando nos volvemos insensibles frente al sufrimiento de aquel hombre preciso que en alguna ocasión hemos llegado a encontrar frente a nosotros. No hay que esperar a ver imágenes desgarradoras de niños muriéndose de hambre en campos de refugiados en África; o de sobrevivientes de catástrofes naturales en Asía, para sensibilizarnos al sufrimiento ajeno. Lo importante de este texto del evangelio es la cercanía física, geográfica, que tenían estos dos hombres. Lázaro estaba tendido todos los días en la puerta de la casa del rico y éste nunca hizo nada por él. El rico lo conocía, incluso es él quien menciona su nombre a Abraham pidiéndole que permita a Lázaro refrescarlo ante los tormentos que sufre. El rico conocía a Lázaro pero lo ignoraba. Hay un filósofo judío contemporáneo que se llama Hermann Cohen, que dice que la religión y la idea de Dios nacen de la compasión ante el sufrimiento del otro. Dios no nos va a juzgar por actos de culto, cuantas misas hemos escuchado, o por sacramentos recibidos; sino que nos va a juzgar por actos de piedad: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber”, etc. Al término de esta historia, que termina mal aquí en la tierra, se nos dice que el rico se va al infierno y el rico se va al cielo. Esto no es para fomentar la evasión de nuestra realidad, como pensaba el filósofo y economista Karl Marx, quien decía que “la religión es el opio del pueblo.”  Es decir, la religión hace soñar a los pobres prometiéndoles un futuro mejor allá en el cielo mientras sufren aquí en la tierra, por lo tanto no deben buscar liberarse y hacerse justicia ellos mismos porque después de muertos la tendrán en el cielo. Aquí no se trata de favorecer la pereza o el conformismo cristiano ante las injusticias. Al contrario, si Jesús contó esta historia es porque él quiere que cambiemos la faz tan inhumana del mundo, la brecha cada vez mayor que separa a ricos de pobres. En la primera lectura, el profeta Amos nos habla de la dimensión social de la justicia: “Ustedes beben vino en grandes copas, con aceite exquisito se perfuman, pero no se afligen por el desastre de mi pueblo.” Aquí ya no se trata de contarnos la desgracia de un solo hombre, Lázaro, sino de todo un pueblo. Pero para cambiar al mundo primero tengo que cambiar mi propio corazón. Abrirlo al dolor ajeno, no volverme insensible ante el sufrimiento de aquel que encuentro en mi propio camino, en el espacio físico, geográfico, que Dios me ha dado para ocuparme de él. Amén.

 


[1]  Lázaro. Amos 6, 1a.4-7; 1ª Tim 6, 11-16. XXVI Domingo Ordinario, Ciclo C. Catedral Notre-Dame de Paris, 30 de Septiembre de 2001.

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