Lc. 18, 1-8

Lc. 18, 1-8

[1]). Todos estamos llamados a ser profetas

 

El día de hoy es la primera misa de jóvenes y de regreso a clases en San Hipólito. Hay por lo tanto muchos jóvenes y otros menos jóvenes: desde los que van al kinder, primaria y secundaria, hasta los que ya van a la preparatoria, o que incluso ya están en la universidad. También por coincidencia este domingo celebramos el DOMUND, es decir el Domingo Mundial de las Misiones. Espero por lo tanto hacer un buen esfuerzo para retomar todos estos elementos y no dejarlos tan confundidos al termino de esta homilía.

Pienso que los textos del día de hoy nos invitan a todos a ser profetas, es decir para llevar el mensaje de Dios al mundo, que es lo que hacen los misioneros. Para esto es necesario hacer una relación entre la búsqueda de Dios (dimensión individual) y la de la justicia (dimensión social) en nuestras vidas. Dios quiere que seamos sus profetas. ¿Pero cómo poder hablar en nombre de Dios? ¿Como hacer pasar la voz de Dios a través de la mía? No sé si se dan ustedes cuenta de la dificultad y del misterio que todo eso implica. Ya que no se trata de hablar de Dios, sino de hablar en nombre de Dios. Volvernos sus representantes aquí en la tierra y decir su voluntad a los demás seres humanos. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo poder volvernos sus profetas? Pienso que hay dos momentos importantes en la vida de un profeta. El primero que podemos llamar de interioridad o de recepción; y el segundo que podemos llamar de transmisión o de donación.

 

1. La interioridad o la recepción.

No podemos hablar de alguien a quien no conocemos. ¿Pero cómo podemos conocer a Dios? No podemos conocer totalmente a Dios porque es un misterio. ¿Entonces cómo acercarnos un poco a Él? ¿Cómo poder saber aunque sea “algo” de Él? Los textos del día de hoy nos proponen dos medios privilegiados para acercarnos un poco a Él y a su voluntad: a). el estudio de las Escrituras, b). la oración.

Con respecto al estudio de las escrituras, San Pablo nos dice en la segunda lectura: “desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras (esto coincide bien con los niños que vienen al catecismo). Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para rebatir, para corregir, para guiar en el bien. La Escritura hace perfecto al hombre de Dios, preparándolo para toda obra buena.”

Y con respecto a la oración, en el evangelio del día de hoy escuchamos cómo Jesús les propuso un ejemplo “sobre la necesidad de orar siempre, sin desanimarse jamás.”

El estudio de las Escrituras y la oración nos permiten tener un “primer contacto” personal con Dios, para saber lo que Él quiere de nosotros. Pero después viene una segunda etapa o momento en la vida del profeta, es el de la transmisión o donación de la Palabra de Dios a los otros.

 

2. La trasmisión o la donación.

La transmisión es el momento de compartir la Palabra de Dios a los otros, a la sociedad. Se trata de un compartir que va unido a la búsqueda de la justicia. El estudio de las Escrituras y la oración no son nada si no van unidos al servicio integral de nuestros hermanos. Es por tal razón que en el Evangelio del día de hoy, inmediatamente después que Jesús ha dicho que hay que orar sin desanimarse, él comienza a contar la historia de la viuda que pide justicia a un juez que no tenía temor de Dios y que no le importaba nadie. Igualmente en la primera lectura no se trata de narrar simplemente un relato de guerra; sino de ver como el gesto de Moisés, que levanta las manos al cielo, cuenta más que la fuerza del ejército. No hay que querer ver en esta lectura la imagen de un Dios guerrero, sino más bien que en la actitud de Moisés hay una estrecha relación entre la reivindicación social y la oración. Lo social y la oración se unen en la actitud de Moisés.

 

Antes de terminar quisiera decir que ser profeta no es tarea fácil, y sin embargo todos estamos llamados por nuestro bautismo a ser misioneros de Dios. Es decir a hacer sentir la presencia de Dios en el mundo, a decir a los otros que no estamos solos, que hay “Alguien” que está a nuestro lado, en nuestras luchas personales y sociales, y que Él es el más fuerte. Para ser profetas de Dios, no es necesario decir su nombre cada instante. En ocasiones nuestro cuerpo y nuestros gestos pueden decir más que nuestra boca y nuestras palabras. Como Moisés que con su cuerpo (incluso si era cansado para él) manifiesta la presencia de Dios para su pueblo. Para el filósofo judío Emmanuel Levinas (1906-1995), el simple hecho de decir “¡Buenos días!” a alguien da testimonio de la presencia de Dios entre los hombres.

Pidamos al Señor que podamos acercarnos un poco a su misterio a través del estudio de las Escrituras y de la oración, para poder enseguida comunicarlo a los otros, en un afán de justicia. Amén.

 


[1] Orar sin desanimarse. Éxodo 17, 8-13; 2 Timoteo 3, 14–4,2. XXIX Domingo de Tiempo ordinario, Parroquia de Saint Hippolyte, Paris, DOMUND y misa de jóvenes, 18 de Octubre de 1997.

 

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