Lc. 20, 27-38

Lc. 20, 27-38

[1]). Creer o no creer en la resurrección ¿cuál es la diferencia?

Estamos casi al final del año litúrgico y vamos a encontrar cada vez con más frecuencia lecturas escatológicas que nos hablan del final de los tiempos y del juicio final. En el evangelio del día de hoy no se trata del fin del mundo sino de la muerte y de la resurrección.

Un grupo de saduceos va a ver a Jesús para plantearle una pregunta muy concreta, pero en el fondo era para burlarse de él ya que ellos no creían en la inmortalidad del alma ni en la resurrección de los muertos (a diferencia de los fariseos).  Su pregunta es: Si una mujer estuvo casada con siete hermanos, sin haber dejado hijos, en la resurrección de los muertos “¿de cuál de ellos va a ser esposa, puesto que los siete la tuvieron por esposa?” Esta pregunta de los saduceos en el contexto actual (por lo menos en la cultura occidental) no parece concernirnos, incluso si la mujer continua viéndose como un objeto, ya que existe la posibilidad del divorcio. Una pregunta que nos parece lejana pero que sin embargo también es de gran actualidad. Nos podríamos preguntar: ¿Cuál es la diferencia entre aquel que cree y aquel que no cree en la resurrección de los muertos? Y también: ¿cómo esta creencia me permite considerar mi vida el día de hoy?

Para aquel que no cree en la resurrección cualquier perspectiva personal de futuro termina para él/ella el día de su muerte. Es solamente a partir de él y de su propio esfuerzo personal que se puede o no asegurar un lugar contra el olvido de la historia, e incluso tal vez hasta de su misma familia y amigos. Algunos buscan por lo tanto asegurar su “inmortalidad” teniendo hijos, plantando árboles, escribiendo libros, volviéndose celebres por algo, etc., es decir a través de medios que de cierta manera les aseguren que no serán olvidados en la historia. La Ley de Moisés que los saduceos citan en parte, había sido escrita antes de la creencia en la resurrección de los muertos. Efectivamente esta Ley buscaba asegurar una cierta forma de inmortalidad a través de la descendencia de los hijos, y también la continuidad de Israel. Deuteronomio 25, 5-6, la Ley del levirato dice: “Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin tener hijos, la mujer del difunto no se casará con ningún otro que con el hermano de su marido, el cual la tomará como esposa y dará sucesión a su hermano. El primer hijo que de ella tenga llevará el nombre de su hermano y será tenido por hijo de él. Así su nombre no se borrará de Israel.”

   Aquel que no cree en la resurrección intenta asegurar, lo más que pueda, que su nombre no será borrado y olvidado por la historia. Al contrario, aquel que cree en la resurrección se siente liberado de toda búsqueda personal de inmortalidad, su actuar es más libre y desinteresado. Esto no quiere decir que no se interese ni busque comprometerse en el mundo, al contrario; él sabe que hay que comprometerse en las cuestiones del mundo pero sabiendo que no pertenece al mundo. No es la contingencia del mundo ni la voluntad efímera de los hombres, que hoy me felicitan y mañana pueden olvidarme, lo que debe dirigir mi vida y mi actuar, sino la voluntad de Dios. Se vive un “olvido de sí”, de buscar gloria, fama, honores e inmortalidad, para servir a Dios y a los hombres en total libertad. Esta libertad interior que no busca ningún provecho personal es la mejor manera de atestiguar nuestra creencia en la resurrección.

En los textos del día de hoy vemos una gran diferencia entre los siete hermanos que buscan a toda costa, aún en detrimento de la dignidad de la mujer, dejar descendencia; y los siete hermanos del libro de los Macabeos (escrito algunos años después de la creencia en la resurrección), que mueren libres y obedientes a la voluntad de Dios. Obediencia y libertad que les aseguraron –sin que ellos lo hubieran buscado– su propia identidad (cada uno de ellos habla y expresa su propia identidad a diferencia de los siete hermanos anónimos del ejemplo de los saduceos) y un lugar en la memoria de los hombres y de la historia.

Es solamente cumpliendo gestos de amor, en ocasiones simples, y que no buscan ningún provecho personal (es decir sin firma), que podemos ya desde ahora experimentar la eternidad de la que nos habla Dios. Amén.


[1] “Dios no es Dios de muertos sino de vivos.” 1ª Macabeos 7, 1-2.9-14; 2ª Tes. 2, 15-3,5. XXXII Domingo de Tiempo ordinario, Ciclo C, Primera homilía pronunciada en el gran altar de la Catedral Notre-Dame de Paris, 11 de Noviembre de 2001.


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