Lc. 2,1-14

Lc. 2,1-14

[1]). Santa Claus símbolo del egoísmo humano

 

Buenas noches, sean bienvenidos todos ustedes a la Catedral de Notre Dame de Paris, para celebrar un aniversario más del nacimiento de Cristo en el mundo. La Navidad es una invitación universal, como nos dice San Pablo en la segunda lectura: “Dios ha revelado los designios de su amor para todos los hombres, para que rechazadas las codicias mundanas, vivamos en este mundo como seres responsables, justos y que sirven a Dios”. Sí el nacimiento de Cristo en el mundo es para todos los hombres de cada generación, pero hoy al igual que ayer muy pocos lo aceptan. ¿Por qué? Porque la Navidad, más allá de la cena de medianoche y del intercambio de regalos (que es algo bonito) es una invitación para renunciar al egoísmo y  poner nuestra vida al servicio de los demás; del pobre, del extranjero y del huérfano, entre otros ejemplos que nos da la Biblia.

 

Hoy, al igual que en aquella noche hermosa, la Navidad es una experiencia de amor vivida solo por un puñado de personas. Hoy, al igual que ayer, las cosas no han cambiado mucho a nivel mundial y a nivel personal: la guerra continúa en diferentes partes del mundo y la lucha contra el egoísmo se sigue jugando en el interior de cada corazón. ¿Qué significa experimentar el milagro de la Navidad? Pienso que Santa Claus representa bien el egoísmo humano, como el niño acostado en un pesebre y con algunos pastores a su lado la generosidad que puede haber en el corazón del hombre.

 

Santa Claus contra el niño Jesús: El egoísmo contra la generosidad

 

No se trata de un combate, aunque tal vez haya mucho de ello, en todo caso la experiencia de Navidad se decide en el corazón de cada hombre.

 

  • El primer personaje viene para regalar juguetes. El niño Jesús no viene para regalarnos algo. Al contrario, Él nos viene a pedir porque no tiene nada que comer y porque seguramente su Padre ya nos ha dado demasiado.
  • Santa Claus está bien abrigado, con ropa de terciopelo rojo, con gorra, con botas y con guantes para el frío. El niño Jesús está desnudo y sólo tiene un poco de paja para protegerse del frío.
  • El primero que está gordo entra en las casas y se la pasa riendo todo el tiempo (tal vez porque ha comido bien y porque no conoce ni el hambre ni el sufrimiento). El niño de Belén no busca entrar por la chimenea de las casas. Al contrario, El nos invita a salir, a ir a buscarlo, a dejar el calor y la seguridad de nuestro hogar para salir a su encuentro.
  • La mirada del primero no penetra nuestros corazones, no critica nuestro egoísmo, al contrario parece favorecerlo. La mirada del segundo nos desarma, porque nos invita a cambiar. Es la mirada del pobre, del extranjero o del niño de la calle que critica nuestro egoísmo.

 

Sí, es mucho más fácil y más cómodo hacerle honores al primero para olvidar las exigencias del segundo. Y sin embargo… Hoy, al igual que en aquella noche de Belén, Dios nos sigue invitando a nacer con Él, a cambiar, a salir para encontrarlo en aquel que sufre, a soñar y buscar un mundo de mayor justicia y  de más amor, como nos lo recuerda el profeta Isaías en la 1a lectura: “Su imperio no tiene limites, y en adelante no habrá sino paz para el hijo de David y para su reino. Él lo establece y lo sostiene por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre”. Nos podemos preguntar: ¿Por qué Jesús en aquella noche tuvo que nacer en un pesebre y no en alguna casa caliente del pueblo? San Lucas nos dice en su evangelio: “porque no había lugar para ellos en la sala común”. No sólo Europa y los países ricos pueden morir a causa de su egoísmo, sino que cada uno de nosotros también, si no ponemos nuestras vidas al servicio de los otros. Que en esta Navidad podamos experimentar la inmensa alegría de aquel puñado de pastores, que supieron salir de ellos mismos para ir al encuentro de Dios que nacía en Belén. Amén.

 


[1] El nacimiento de Cristo. Isaías 9, 1-16; Tito 2, 11-14. Catedral Notre-Dame de Paris, 24 de Diciembre de 2002.

 

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