Lc. 24,13-35

Lc. 24,13-35

[1]). De la bondad a la santidad

En el evangelio del día de hoy encontramos dos lugares: Jerusalén la capital y el pueblo de Emaús; y dos hombres que caminan tristes y que hablan de sus preocupaciones. Encontramos también un tercer hombre que hace parte del camino con ellos, y que se presenta tres días después de la muerte del gran profeta.

¿Por qué los caminantes de Emaús no reconocieron inmediatamente que el extranjero que caminaba con ellos era la misma persona de quien estaban hablando? Aquí, yo pienso que no hay que sospechar enseguida que era porque Jesús había cambiado de apariencia o que se había disfrazado. Seguramente que su apariencia no era la misma. Pienso más bien que hay que reflexionar a partir de lo que nos dice el texto “Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron” ¿Cuál era la última imagen que ellos guardaban de él? Tal vez la de un hombre ensangrentado con un rostro deforme y clavado sobre una cruz. Sin embargo, el extranjero que caminaba junto a ellos parecía sereno y podía haber pasado por cualquier otra persona del pueblo.

Afortunadamente ellos se dejaron interpelar por el extranjero quien les pregunto: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”. Este primer alto será el inicio de un profundo cambio en sus vidas. El segundo alto será más largo y sucederá al interior de su casa, en Emaús, cuando lo reconocerán al momento de partir el pan.

¿Por qué estaban tristes? Podemos pensar en tres razones:

  1. Porque habían perdido a un amigo
  2. Porque ellos esperaban que Jesús fuera el liberador de Israel y sin embargo ya había muerto.
  3. Porque había rumores (si podemos decirlo de esta manera), de que Jesús no estaba en la tumba, pero ellos no lo habían visto.

 

Ellos estaban tristes, desanimados y casi sin fe. Pero habían logrado conservar “algo” (a pesar de su tristeza y de sus propias preocupaciones religiosas y nacionalistas): la bondad de la escucha y la hospitalidad. Es decir que se encontraban en buen camino, no les faltaba sino hacer un paso más para conciliar su práctica religiosa y sus deseos con los textos bíblicos. Y es lo que Jesús hizo durante el trayecto de Jerusalén a Emaús: dos horas de escucha atenta (un curso rápido de teología), que hizo que les ardiera su corazón y que poco a poco se fueran llenando de esperanza y de alegría.

Cuando llegaron a Emaús, yo pienso que ellos ya habían entendido muy bien que no necesitaban de pruebas para creer en la resurrección de Cristo. Los profetas lo habían anunciado, la tumba estaba vacía, el Señor estaba vivo y era necesario anunciarlo a las naciones. Es en ese preciso momento que Jesús los conduce todavía más lejos, y los hace pasar de la bondad que habían manifestado escuchándolo, a la santidad del servicio. “Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, Él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos.” El extranjero ya no era más un extranjero, ya no estaba más en el frío del camino, sino que estaba adentro; al interior de su casa y al interior de sus corazones, de donde él no saldría nunca más.

El camino que lleva de Jerusalén a Emaús, es el camino de la tristeza a la alegría; de la incomprensión de la Escritura a la puesta en práctica de ésta; de la bondad a la santidad. Pidamos al Señor abrirnos los ojos del espíritu para comprender las Escrituras, y abrirnos el corazón para recibir al otro en nuestra casa y en nuestro corazón.  Amén.


[1] Los peregrinos de Emaús. Hechos 2, 14-22-28; I Pedro, 17-21. III Domingo de Pascua, Ciclo A, Catedral Notre-Dame de Paris, 14 de Abril de 2002.

 

 

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