Mc.11, 11-25

Mc.11, 11-25

[1]). La naturaleza y los templos al servicio del hombre y de Dios

 

Hemos escuchado dos episodios de la vida de Cristo que aparentemente no están relacionados: La maldición a una higuera que no tenía frutos y la expulsión de los vendedores del templo. Sin embargo tal vez hay una relación en estos dos episodios ya que San Marcos coloca el pasaje de la higuera en Betania, cuando Jesús se dirige con sus discípulos al templo de Jerusalén; y después vuelve a hablar de ella al día siguiente, cuando Jesús regresa a Betania después de haber estado en el templo. San Marcos concluye estos episodios con una exhortación a tener confianza en el poder de la fe.

Analicemos las dos duras críticas que Jesús hizo en su camino de Betania a Jerusalén.

  • La primera se dirige a un árbol (elemento de la naturaleza). La higuera que no había dado frutos es maldecida por Jesús. Lo sorprendente aquí es que todavía no era tiempo de higos. Por lo tanto pareciera que esta maldición es injusta. ¿Entonces por qué la hizo? ¿Porque Jesús tenía hambre y se molestó de encontrarla seca? ¿Porque quería mostrar a sus discípulos su poder? Continuemos nuestra reflexión, ahora con el segundo malestar que vivió Jesús aquel día.
  • La segunda crítica es contra algunos representantes religiosos. Jesús les critica que hayan desviado la finalidad que debe tener la casa de Dios, un lugar de oración, para conseguir sus fines personales y económicos. “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones. ¡Pero ustedes la han convertido en refugio de ladrones!

¿Qué hay de común entre la maldición hecha a la higuera y la expulsión de los vendedores del templo? Se trata tal vez de mostrarnos que así como la naturaleza debe estar al servicio del hombre, el templo debe estar al servicio de Dios. Un árbol estéril, o seco –aspecto que ya había molestado a Jesús en otros capítulos –es igual a una religión que no acerca los hombres a Dios. Los elementos de la naturaleza no deben ocupar la tierra inútilmente, deben producir frutos que embellezcan o que alimenten a los hombres. De igual manera los representantes religiosos no deben ocupar los templos inútilmente, es decir utilizándolos para sus fines personales (enriquecerse, promocionarse eclesialmente, etc.), sino para acercar a los hombres a Dios. San Pedro en la primera lectura invita a los cristianos a poner sus vidas al servicio de los demás: “Ya que cada uno ha recibido algún don espiritual, úsenlo para el bien de los demás; hagan fructificar las diferentes gracias que Dios repartióò entre ustedes.”

Que sepamos trabajar la tierra para ponerla al servicio de los hombres, y que sepamos utilizar los templos para acercar a los hombres a Dios y no para alejarlos. Amén.


[1] Jesús maldice a la higuera y expulse a los vendedores del templo. 1 Pedro 4, 7-13. VIII Semana de Tiempo ordinario, Catedral Notre-Dame de Paris, 3 de Marzo de 2000.

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