Mc.2, 1-12 ). Notre-Dame de Paris y el sacramento de la confesión

Si ustedes me permiten quisiera reflexionar sobre los textos del día de hoy que nos hablan del perdón de Dios, a partir de mi experiencia de confesor en esta hermosa catedral de Notre-Dame de Paris. En este mismo lugar en donde yo confieso después de un poco más de cuatro años. Quisiera señalar algunas semejanzas.

 

   1). El evangelio de Marcos nos narra la historia del paralítico que fue primero perdonado de sus pecados y después curado de su enfermedad física, en un lugar donde había mucha gente. Había tanta gente que no quedaba lugar ni siquiera delante de la puerta. Aquí también, en esta catedral, en ocasiones hay tanta gente que no hay lugar ni siquiera en el atrio. Por ejemplo, hace quince días era por escuchar a Gérard Depardieu –que leía en la catedral algunos textos de la vida de San Agustín–, en la casa de Cafarnaún era para escuchar a Jesús. En todo caso los dos lugares estaban llenos. Cada quien quería entrar por diferentes razones: por curiosidad, hambre espiritual, etc.

 

   2). ¿Cómo hizo el paralítico para poder acercarse a Jesús? Gracias a la ayuda de otras personas. Cuatro personas que lo llevaron cargando en una camilla y que hicieron todo lo posible para que el enfermo pudiera ser visto por Jesús.

   En Notre-Dame las personas que se acercan al confesionario en ocasiones también son ayudadas por otros. En ocasiones tenemos necesidad de mediadores, de una ayudita que nos venga de fuera: amigos, alguna catequista, alguien de la familia, etc. Pero en ocasiones también el lugar puede ayudar, como esta hermosa catedral que puede ser el “medio” que nos conduzca a Dios, por su belleza artística o por su riqueza espiritual. En ocasiones algunas personas me han dicho: “Padre, yo no había pensado confesarme el día de hoy, hace mucho tiempo que no me confieso, pero al entrar aquí he tenido el deseo de reconciliarme con Dios.” Es decir que Dios puede servirse de todo para que nos acerquemos a él.

 

   3). Dios puede servirse de todo, incluso de la debilidad humana para acercarnos a él. El sacramento de la reconciliación cumple la última mediación para poder recibir la gracia del perdón de Dios. En Cafarnaún las gentes se preguntaban: “¿Quién puede quitar el pecado sino Dios y solamente él?”, en Notre-Dame, como en otros lugares del mundo, algunas personas también se preguntan: ¿Por qué confesarse con un sacerdote? ¿Quién es él para perdonar mis pecados, o tal vez lo pecados de otro, pecados que en ocasiones parecen imperdonables socialmente? Y finalmente algunos se preguntan: ¿Por qué no confesarse directamente con Dios y por qué hay que hacerlo con un sacerdote? Esto último tomando en cuenta, por ejemplo, algunos escándalos de pedofilia por parte de sacerdotes, de los cuales los medios de comunicación se complacen en hacer escándalos. Sin embargo, fue Jesús quien quiso instituir el sacramento de la reconciliación dándole esta dimensión humana de mediación. El pecado siempre tiene una dimensión social, es tal vez por esta razón que Dios quiso darle a este sacramento, que es un sacramento vertical y de fe, una dimensión también horizontal. Es más fácil buscar confesar mi pecado yo sólo con Dios, que hacerlo a través de una tercera persona. Así aunque yo no pequé con la persona que me estoy confesando, sin embargo ese sacerdote representa a la humanidad con la cual yo estoy en deuda. Siempre hay tres personas en el confesionario: Dios, el penitente y el sacerdote.

   Abrir la boca para hablar y exponer mi pecado y mis miserias a otro no es fácil. Esto nos recuerda los esfuerzos de los cuatro hombres que abren el techo para que Jesús pueda ver el sufrimiento de su amigo. La búsqueda de reconciliación con Dios y con los hombres exige un esfuerzo que es necesario hacer. Abrir mi corazón a Dios como abrieron el techo de la casa para que Jesús pudiera ver al enfermo.

 

   4). Es importante remarcar que la curación del paralítico se realiza en dos momentos diferentes, y en las dos ocasiones gracias a la intervención de los otros. Su curación espiritual (el perdón de sus pecados) se realiza gracias a la intercesión de sus amigos; y la curación de su enfermedad es gracias a las críticas de los escribas.

   El perdón de sus pecados. ¿Cuáles eran sus pecados? No lo sabemos, el paralítico no habla en ningún momento en el texto. Es su cuerpo enfermo y su fe quienes hablan por él. Tal vez su enfermedad estaba considerada en aquella época como un castigo divino. En Notre-Dame he escuchado, o más bien he visto a personas que se acercan a confesar pero que no pueden hablar al momento de confesarse a causa de sus lagrimas, o en ocasiones a causa de la dificultad del idioma. En todo caso no es necesario hablar mucho cuando uno se confiesa, salvo si es necesario. Dios conoce lo que hay en cada uno de nosotros aún antes de abrir la boca. Lo que cuenta es más bien nuestra actitud de humildad ante él.

   La curación de su cuerpo. Podemos decir que Jesús aquel día no había previsto curar el cuerpo del paralítico, eso fue de “pilón”. El perdón de nuestra alma debe darnos otra visión de nuestro cuerpo. O más bien, la paz del hombre que se reconcilia con Dios es una paz total. Dios no quiere que nos vayamos únicamente reconciliados en nuestra alma, sino que partamos reconciliados con todo nuestro ser, nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestra historia, etc. Hay algunos que aceptan más fácilmente el perdón de Dios que perdonarse a ellos mismos. Reconciliarse con uno mismo es un proceso de sanación que es necesario hacer. Después de cada confesión un hombre (o mujer) nuevo es creado. Un hombre de pie y listo para caminar. Dios nos dice como en el texto del profeta Isaías: “No se acuerden más de otros tiempos, ni sueñen ya más en las cosas del pasado (…) me has atormentado con tus pecados y me has cansado con tu maldad. Soy yo quien tenía que borrar tus faltas y no acordarme más de tus pecados.”

   Pidamos por el sacramento de la reconciliación experimentar la presencia del amor y del perdón de Dios en nuestras vidas, como nos dice San Pablo: “El que nos ha ungido y nos ha marcado interiormente con su propio sello, comunicándonos el Espíritu como garantía de lo que recibiremos.”. Amén.

 

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