Mc. 2, 13-17

[1]).  Reconocernos enfermos ante Dios

 

   El evangelio del día de hoy termina con una frase enigmática: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.” ¿Qué es lo que Jesús nos quiere decir con esta frase? ¿Quiere decir que vino solamente por unos sí y por otros no? Pero finalmente nos podemos preguntar: ¿Quién es justo ante Dios? Nadie, todos hemos pecado de alguna o de otra manera, por lo tanto, la primera condición para poder ser llamados por él, es reconocernos pecadores. En la época de Jesús había muchos cobradores de impuestos. ¿Qué fue lo que hizo que Jesús se fijara precisamente en Leví? Fue tal vez la actitud de humildad que él mostraba. El no sentirse orgulloso con su trabajo de recaudador de impuestos, sabiendo bien que con ese trabajo colaboraba con los ocupantes y contribuía a la opresión de su propio pueblo.

Es importante recordar que antes de que San Marcos nos hable de la vocación de Leví, nos dice que mucha gente escuchaba las enseñanzas de Jesús. Por lo tanto podemos deducir que primero la gente escuchó el mensaje de Jesús, y, que después de esa escucha atenta por parte de algunos se pasó a una actitud de querer cambiar de vida. La predicación de Jesús sin lugar a dudas tocó el corazón de Leví. Nos dice San Pablo en la primera lectura: “En efecto, la Palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo: Penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, sondeando los huesos y los tuétanos para probar los deseos y los pensamientos más íntimos. Toda criatura es transparente ante ella; todo queda desnudo y al descubierto a los ojos de Aquel al que debemos dar cuentas.” Seguramente el alma de Leví quedó desnuda ante las palabras del Maestro. Leví se descubrió pecador antes de que lo llamara Jesús. La primera condición para poder ser llamados por el Maestro es bajar los ojos con humildad y descubrirnos pecadores. La Palabra de Dios es penetrante como una espada que penetra hasta en los huesos de quien la escucha con humildad, pero en aquellos que son soberbios su Palabra no penetra, porque no se consideran enfermos. Por eso cuando el Señor dice: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos, No he venido a llamara a los justos, sino a los pecadores.” No se trata de excluir a unos con respecto a otros, sino de descubrir en cada uno de nosotros, que todos estamos enfermos de algo, de algún tipo de pecado en particular, y que todos necesitamos de él, único justo ante Dios.

Que la escucha humilde de su Palabra sea la primera condición que manifestemos para poder ser llamados a su servicio. Amén.


[1]  “No he venido a llamar a justos, sino a los pecadores.” Heb 4, 12-16. I Semana de Tiempo ordinario, Catedral Notre-Dame de Paris, 13 de Enero de 2001.

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