Mc. 8,34-9,1

Mc. 8,34-9,1

[1]). Renunciar a nuestro egoísmo para amarnos realmente

 

Jesús indica la condición principal para poder ser su discípulo: “negarse a uno mismo, tomar su cruz y seguirlo” (también se puede traducir por “renunciar a uno mismo”). ¿Qué es lo que Cristo quiere decir con la frase “negarse a uno mismo”? Por otra parte, en otro pasaje de los evangelios encontramos el “mandamiento nuevo” que nos da el Señor de amar a Dios y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Finalmente ¿hay que amarnos o negarnos?

Renunciar o negarse a uno mismo significa renunciar a tomarse uno mismo como modelo, renunciar a querer hacer de uno mismo el centro del mundo. Es reconocer en el “Otro” al Maestro. Y cuando decimos el otro nos referimos claro está a Dios, pero también a cualquier otro hombre o mujer que encontremos en nuestro camino. Renunciar a uno mismo es escuchar la voz de Dios que me invita a salir de mi egoísmo, el pensar solamente en mí y en mis necesidades para estar atento a las necesidades del otro. Buscar el bien del otro antes que el mío es una forma aparente de perderse, pero es de esta manera como nos convertimos, o nacemos al amor, es decir al cristianismo. “Porque el que quiera asegurar su vida la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.”

Por su parte el la primera lectura, el apóstol Santiago nos dice la manera concreta de renunciar a uno mismo, es decir de renunciar al yo egoísta para nacer al yo generoso que manifiesta su fe en Cristo y no en él mismo: “Hermanos, ¿qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe, pero no la demuestra en su manera de actuar? ¿Acaso le puede salvar su fe? Si a un hermano o una hermana les hace falta ropa y el pan de cada día, y uno de ustedes les dice: “Que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre”, sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe si no se demuestra por la manera de actuar: esta completamente muerta.”

Renunciar o negarse a uno mismo no es despreciarse, sino negar y renunciar a la parte de egoísmo que hay en nosotros. Es amarnos realmente, es decir amarnos y amar a los otros como Cristo quiere que los amemos. Amén.

 


[1] “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí miso, tome su cruz y sígame.” Santiago 2, 14-24.26. VI Semana de Tiempo ordinario, Catedral Notre-Dame de Paris, 17 de Febrero de 2000.

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