De la muerte del yo al amor por el otro

Mt. 16, 21-27

[1]). De la muerte del yo al amor por el otro

   La semana pasada meditábamos sobre la profesión de fe de San Pedro. A la pregunta de Jesús: “¿Y para ustedes quien soy yo?”, Pedro respondía: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo.” El día de hoy en el evangelio, una vez que Jesús anuncia a sus discípulos que debe sufrir, morir y resucitar al tercer día, Pedro no lo acepta. Pedro, que fue el primero en haber reconocido en Jesús al Hijo de Dios, ahora no acepta que su amigo, su maestro, su Dios, sufra y sea asesinado. Pedro es tan humano y se nos parece tanto. Nosotros también decimos creer en Dios, pero muy a menudo lo queremos hacer a nuestra medida, según nuestros intereses y conveniencias. En ocasiones, tal vez en el mismo día, pasamos de la profesión de fe al rechazo de la voluntad de Dios en nuestra vida.

Creer en Dios sí, pero sin que esto toque mi cuerpo, mis bienes, mi vida. Y sin embargo Jesús dijo: “Si alguien quiere seguirme que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida a causa de mí la salvará.” ¿Cómo comprender estas difíciles palabras de Jesús en la sociedad actual en que vivimos, en donde se trata al contrario de salvar la propia vida, de ser el primero y de triunfar, en ocasiones incluso pisando a los otros? En estos días es el regreso a clases, y ya desde la escuela se comienza a hacer una selección, un combate por sobresalir, por ser los primeros. Renunciar a uno mismo no significa renunciar a un progreso personal, sino renunciar al egoísmo. Renunciar a querer buscar un bien puramente personal sin preocuparse de los otros, renunciar al individualismo de la sociedad liberal que explota a los pobres en beneficio de unos cuantos, ya sea en le plano nacional o internacional. San Pablo nos dice en la segunda lectura: “No sigan la corriente del mundo en que vivimos, sino más bien transfórmense a partir de una renovación interior. Así sabrán distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo que le agrada, lo que es perfecto:”   Renunciar a uno mismo y tomar la cruz de Cristo significa poner nuestra vida y nuestros talentos al servicio de los otros, pasar del egoísmo y de la preocupación por sí mismo al don de la caridad. No es evidente renunciar a nosotros mismos y pensar en los otros antes que en nosotros, no centrarnos exclusivamente en nuestros pequeños problemas. El paso de la vida de egoísmo a la vida de donación no es fácil. El profeta Jeremías dice: “Por eso, decidí no recordar más a Yahvé, ni hablar más en su nombre, pero sentía en mí algo así como un fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de apagarlo, no podía.”

Que el Señor nos de la fuerza necesaria para vencer nuestros deseos egoístas y poner nuestras vidas al servicio de los demás. Amén.

 


[1] « Si alguien quiere seguirme que tome su cruz y que me siga”. Jer 20, 7-9; Rm 12, 1-12, XXII Domingo de Tiempo ordinario, Ciclo A, Catedral Notre-Dame de Paris, 1º de Septiembre de 2002.

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