Dios escribe derecho en líneas curvas

Mt. 9, 14-17

[1]).  Dios escribe derecho en líneas curvas

La primera lectura del libro del Génesis es un texto sorprendente por la manera en que nos presenta hasta donde se puede llegar por la ambición de obtener algo: poder político, económico, o incluso religioso. Esaú era el hijo primogénito de Isaac y normalmente era a él, a quien correspondía la bendición de su padre antes de morir. Es decir que normalmente era él quien debía recibir la bendición y con ello la promesa espiritual de sucesión hecha a Abraham. Pero vemos como su madre, Rebeca, quien lo prefiere a él, hace todo lo posible para engañar a su marido, logrando que el viejo y moribundo Isaac bendiga a Jacob en vez de a Esaú. Jacob se convertirá por lo tanto en el tercer patriarca, heredero de la promesa hecha a su abuelo Abraham. ¿Qué pensar de esta actitud de Jacob que engaña y roba la bendición a su padre antes de morir?

“Dios escribe derecho en líneas curvas” dice un conocido refrán. Es decir que Dios nos pide sacar el bien incluso de algo que al principio comenzamos mal, enderezar lo que empezó torcido. Jacob usurpa una identidad que no le corresponde: debe mentir con respecto a su voz, su piel y su olor. Jacob debe “imitar” a su hermano Esaú con tal de robarle la bendición a su padre Isaac. Por su parte en el evangelio del día de hoy Jesús nos dice: “Nadie echa vino nuevo en vasijas viejas, porque si esto se hace se rompen las vasijas, el vino se desparrama y las vasijas se pierden. El vino nuevo se echa en vasijas nuevas, y así se conservan el vino y las vasijas.” Para merecer ser el portador de la promesa divina, Jacob deberá no solamente “fingir” ser el primogénito de Isaac; sino “ganarse” el derecho de la primogenitura. Al viejo y cansado Isaac se le puede engañar y confundir, haciéndose pasar por otro, pero no a Dios; que es quien finalmente aprueba las bendiciones dadas acá en la tierra. Por lo tanto, Jacob tendrá que demostrar con su vida que tiene las cualidades necesarias para ser el tercer gran patriarca. Tendrá que hacer un camino de fe que lo llevara incluso a cambiar su nombre, su propia identidad, no ya su voz o su piel. Ya no se llamará más Jacob sino Israel, es decir fuerza de Dios.

Dios nos da la posibilidad también a nosotros de “robarle” la bendición y “colarnos” entre sus elegidos, de convertirnos en aquel (o aquella) que él espera de nosotros. Pero para esto no basta con cambiar solamente nuestra apariencia externa, de “look”, sino sobre todo cambiar interiormente. “El vino nuevo se echa en vasijas nuevas” dice el Señor. Es decir encontrar al Señor es dejar lo antiguo para comenzar todo con la novedad de Cristo. Amén.


[1]). “A vino nuevo vasijas nuevas”. Gn 27, 1-5.15-29, XIII Semana de Tiempo ordinario,  Religiosas de St. Thomas de Villeneuve, Cluny, Paris, 7 de Julio del 2007.

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