El mandamiento del amor nos transforma en criaturas nuevas

Mt. 22, 34-40

[1]). El mandamiento del amor nos transforma en criaturas nuevas

 

En este pasaje del evangelio Jesús pone “casi casi” en igualdad (semejanza) el mandamiento de amar a Dios y el “nuevo mandamiento” de amar al prójimo. Es decir que el amor a Dios y al hombre son una prescripción divina. ¿Pero que entendemos por la palabra prescripción o mandamiento, se trata acaso de una obligación? Efectivamente Jesús no propone, aconseja o recomienda amar,  sino que lo ordena: “En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. ¿Pero se nos puede obligar amar a alguien, ya sea a Dios o algún hombre o alguna mujer especifica? ¿La psicología y el sentido común no nos enseñan que debemos amar solo a aquellos con los que tengamos afinidades y que nos caigan bien? ¿El amor no debe ser más bien un sentimiento gratuito y no forzado? ¿Por qué entonces Jesús nos obliga a amar? Si Jesús nos “obliga” o nos “ordena” amar es porque tal vez nosotros no hemos entendido bien el sentido que él da a la palabra amor.

 

La palabra amor es una de las palabras más empleadas y tal vez por lo mismo una de las más prostituidas, blasfemadas y deterioradas en nuestra sociedad. Ya que por lo general asociamos la palabra amor a un sentimiento libre y espontáneo que nace dentro de mí y que yo doy a quien yo quiero y cuando yo quiero. Sin embargo este tipo de amor “espontáneo y libre” está más cercano al egoísmo que a la donación de nosotros mismos que Jesús nos pide. Amar a partir de mí es no reconocer la alteridad del otro, es no querer aceptar que el otro no es mío y que no es un objeto a mi disposición.  Aquel que ama a partir del él mismo (por ejemplo elegir a los demás a partir de mis propios gustos y criterios) en realidad no está amando al otro tal y como el otro es, sino que se está amando a sí mismo. Ama su propia imagen que el otro le refleja. Yo puedo equivocarme si me dejo llevar por mis propios gustos y deseos, es decir sólo puedo amar a mi conveniencia. Dios no se deja encerrar en mis esquemas y en mis gustos, Él me hace salir de mí mismo y amarlo tal como Él es: Un Dios exigente, que me pide demasiado: “amarlo con todo mi corazón, toda mi alma y toda mi mente” para hacerme crecer. Amar a la manera de Dios es amar hasta que duela –como decía la madre Teresa de Calcuta–, es decir: vivir sirviendo para poder morir amando. El hombre que ama a la manera de Dios es una nueva criatura no nacida de la carne sino del espíritu de Dios. En la primera lectura escuchamos como Dios da la posibilidad a unos huesos secos de poder vivir nuevamente a condición de escuchar la palabra del profeta. En este sentido también podemos entender la famosa frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras” [San Agustín, cometario a la primera epístola de San Juan, Capitulo 8]. Amar a la manera que Dios está unido a la Ley, es decir al reconocimiento de la exterioridad y de la alteridad que nos vienen de Dios. San Agustín dice en su comentario: “Ya que en esto consiste el amor a Dios: en guardar sus mandamientos. Ustedes ya lo saben: “En estos dos mandamientos se resumen toda la ley y los profetas” ¿Cuáles son estos dos mandamientos? “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo” He aquí los dos mandamientos hacen todo el objeto de esta epístola. Guarden por lo tanto el amor y ustedes estarán en paz. ¿Por  qué tendrías temor de hacerle mal a alguien? ¿Quién puede hacerle daño a aquel que ama? Ama y no harás otra cosa que hacer el bien”.

Que sepamos amar a nuestros prójimos a la manera de Dios y no a nuestra propia manera. Amén.


[1] “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón”. Ez 37, 1-14, XX Semana del Tiempo ordinario Seminario de San José, Diócesis de Nezahualcóyotl,, 20 de Agosto de 2004.

 

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