Estar despiertos para poder ver y escuchar el hambre y las necesidades del otro

Mt. 24,37-44

[1]). Estar despiertos para poder ver y escuchar el hambre

y las necesidades del otro

   El día de hoy comenzamos el tiempo de Adviento, tiempo de espera mesiánica antes de Navidad. Cuatro semanas de preparación. Los textos del día de hoy nos invitan a no dormirnos. Nos dice San Mateo “Si un dueño de casa supiera a qué hora lo va a asaltar un ladrón, seguramente permanecería despierto para impedir el asalto de su casa. Por eso estén alerta.” Y San Pablo nos dice por su parte: “Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertar.” ¿Qué es lo que San Mateo y San Pablo nos quieren decir? ¿Por qué nos advierten del riesgo de quedarnos dormidos? ¿Dormidos con respecto a qué?

 

San Mateo nos dice también que en la época de Noé, antes del diluvio, “los hombres seguían comiendo, bebiendo y casándose, hasta el mismo día en que Noé entró en el arca, y no se daban cuenta.” Aquí nos podemos preguntar: ¿Qué hay de malo en comer, en beber y en casarse? Aparentemente no hay nada de malo en comer, beber o casarse, ¿por qué entonces San Mateo nos presenta estos actos de la vida humana como negativos? Tal vez porque estos actos tan importantes para la vida del hombre y de la mujer, pueden al mismo tiempo aislarnos de los otros, no hacer que pensemos en los demás, encerrarnos en el egoísmo humano. Tal vez por eso San Mateo dice que las gentes comían, bebían y se casaban pero “no se daban cuenta.”  Es decir que sólo se preocupaban por su bienestar físico y afectivo sin tomar en cuenta a los otros.

Aquel que come y que bebe demasiado puede dormirse muy fácilmente. La comida representa aquí una forma metafórica del egoísmo humano. Poder comer todo, asimilar todo, hacer entrar en mi mundo, en mis esquemas, en mi economía, en mi felicidad, etc. Como si mi hambre y mi sed de voracidad fueran el centro del mundo y no pensar en el hambre y en la sed del otro. Pienso en la figura del gordo Santa Claus (que ya comienza a estar omnipresente en las tiendas, casas, TV, etc., en estos días previos a Navidad) y que representa bastante bien a una sociedad que ha comido demasiado y que tiene el vientre lleno. No hay que comer ni beber demasiado para no dormirnos. Los textos del día de hoy nos dicen que tengamos los ojos abiertos y que estemos alertas. ¿Por qué? Porque hay alguien que va a llegar, o que ya llegó, y que espera algo de nosotros. El que ha comido demasiado es fácil que se quede dormido en sus laureles, en su felicidad bonachona de que todo va bien, de que mientras tengamos qué comer y qué beber no importa el hambre y la tristeza de otros. Hay quienes presentan el “espíritu navideño” como un asunto puramente consumista. Pareciera que lo único que hay que preparar es la cena de navidad, la comida, la bebida y los regalos. Esto sucedía en tiempo de Noé y sigue sucediendo ahora, olvidar a los otros pensando sólo en satisfacer mi hambre, mi sed, mis deseos.

¿Pero por qué se habla también del matrimonio? ¿Qué puede haber de malo en casarse? El matrimonio corre el riesgo también de hacernos dormir cuando es “fusión” y no “donación”. ¿Qué es lo que quiero decir? El matrimonio es algo hermoso porque es la unión de un hombre y una mujer en el amor. Sin embargo hay matrimonios que sólo “se aman ellos solos”, pero no aman a los demás. Se encierran y con esto se asfixian en su propio amor. Se preocupan sólo de sus propios intereses, de su propia felicidad, si incluso sus familiares más cercanos les molestan ¿qué se puede esperar de los demás? Son matrimonios que están dormidos en un “aparente amor” en que los otros no cuentan. Y digo aparente porque el verdadero amor es apertura a los demás: a los hijos, familiares y sociedad en general.

 

Hay que estar despiertos, nos advierten los textos del día hoy. Es decir hay que abrir bien los ojos y los oídos para poder ver y escuchar a aquel que se acerca a nosotros. ¡Dios-Emmanuel está por llegar! Sepamos reconocerlo en aquel que no ha comido ni bebido. Solamente la preocupación por el otro nos puede mantener despiertos para no dormirnos en un sueño burgués y egoísta. Para prueba basta ver como una madre no puede conciliar el sueño mientras su hijo, o su hija, no hayan llegado a casa. La preocupación por el bienestar del otro debe ser más fuerte que nuestro propio bienestar.

El profeta Isaías comprendió bastante que el tipo de hambre y de sed que Dios quiere es el hambre de justicia. Solamente la justicia nos puede mantener despiertos en una sociedad que nos invita a pensar sólo en nosotros mismos. Por eso en el breve texto que hemos escuchado hoy, Isaías nos revela cual es el hambre que lo mantiene despierto: Llegará un día en que “El Señor gobernará a las naciones y se enderezará a la humanidad. De las espadas se forjarán arados y de las lanzas podaderas.” Isaías “sueña despierto”, es decir trabajando para lograrlo (como en su tiempo el pastor Luther King nos revelara su más grande sueño: “I Have a dream”), Isaías sueña un día en que los instrumentos de guerra (la espada y la lanza) serán destruidos y con ese mismo material se forjaran instrumentos de trabajo para que los hombres puedan comer (arados y podaderas). Me parece que de un sueño egoísta que piensa en satisfacer su propia hambre debemos pasar a un sueño evangélico que desea satisfacer el hambre del otro.

Que sepamos mantenernos despiertos mediante la preocupación por el hambre del otro. Amén.


[1] “Estén alerta; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos piensan”. Is 2, 1-5; Rm 13, 11-14, 1er Domingo de Adviento, Ciclo A,  Catedral Notre-Dame de Paris, 2 de Diciembre de 2001.

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