La compasión nos hace pasar de la oración al compromiso vocacional

Mt. 9,36-10,8

[1]).  La compasión nos hace pasar de la oración al compromiso vocacional

 

En el capítulo 9 de San Mateo Jesús recorre las ciudades y los pueblos de Galilea haciendo el bien; cura a los enfermos, resucita a una niña y da la vista a los ciegos. Después se detiene y mira la multitud. ¿Y qué es lo que ve? Ve gentes cansadas y abatidas como ovejas sin pastor. En ese grupo de gentes Jesús pudo ver el hambre, el sufrimiento y la miseria humana. Desempleados, enfermos que corren hacía él en espera de un milagro, curiosos que están allí sin hacer nada esperando encontrar algo nuevo. Gentes abatidas y cansadas que corren en todos los sentidos como ovejas sin pastor, como esperando algo, o tal vez alguien que les indique un sentido, una dirección. Nos encontramos sin dirección, sin sentido, abatidos por el sistema neoliberal que dirige la economía mundial; confundidos por ciertos líderes políticos; con temor, a causa de la violencia nacional e internacional. Estamos desorientados, es decir sin oriente, sin saber a dónde ir, y esto a nivel social, pero también tal vez a nivel personal.

Jesús mirando la multitud tiene compasión de ellos. La palabra griega para decir compasión es splagkhna, que designa una emoción profunda; es decir las entrañas, las vísceras, en particular los riñones, el corazón y el útero de la madre. Esta palabra que expresa la compasión de Jesús describe una emoción casi física. Jesús está conmovido interiormente, sacudido hasta las entrañas ante el sufrimiento de la multitud. Sin embargo Jesús no se desanima y dice: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos”. ¿Qué es lo que quiere decir Jesús con la frase “La cosecha es abundante”? Creo que podemos ver dos cosas. La primera es enseñarnos a emitir juicios positivos a pesar de una visión aparentemente negativa de la realidad. El bien es silencioso y discreto. Seguramente para Jesús, en la multitud también hay buenos frutos para cosechar, incluso si no fuimos nosotros quienes los sembramos. La segunda es “aprovechar” (si se puede utilizar esa expresión) este sufrimiento  para dirigirnos a ellos; la multitud está cansada, tiene hambre y está en búsqueda de orientación. ¿Seremos capaces de conducir la gente hacía Jesús?

La primera cosa que Jesús nos dice, después de lo que él ha constatado, es de rezar: “Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger su cosecha.” Jesús no nos dice que nos pongamos inmediatamente a trabajar, sino que nos pongamos a rezar. ¿Por qué? Porque es mediante la oración que podremos escuchar su voz al interior de nosotros. Tal vez yo soy en parte culpable del sufrimiento de la multitud o tal vez no, tal vez yo pueda hacer algo por remediar eso. Si yo rezo con sinceridad, me abro a su llamado y recibo de él la fuerza para comprometerme personalmente. No se trata de rezar para que vayan otros, sino de buscar si yo soy elegido por él para hacer algo particular. El Señor nos dice que hay que rezar para buscar tener los mismos sentimos que él. Si yo mirara a la multitud como la miró Jesús, si yo tuviera piedad de ella y los amara hasta las entrañas, yo diría en mi oración: “¡Aquí estoy Señor envíame a mí!”. La primera lectura nos dice: “si ustedes me escuchan atentamente y respetan mi alianza, los tendré por mi propio pueblo entre todos los pueblos. Pues el mundo es todo mío, pero los tendré a ustedes como un reino de sacerdotes, y una nación que me es consagrada.”

Es importante remarcar que entre la multitud, hubo algunos que después de su oración y la mirada que Jesús les dirigió, experimentaron el llamado de él para ser sus misioneros, los trabajadores de su campo. Doce discípulos que Mateo nombra de dos en dos, tal vez para recordarnos la importancia del trabajo en equipo. Es importante señalar que los discípulos no eran gentes extraordinarias, entre ellos estaba el mismo Mateo colector de impuestos; Santiago y Juan que eran hijos de un propietario y que tal vez al principio buscaron dominar al grupo; Simón el zelote que era nacionalista; y Pedro, un pescador. El verbo griego apostellô significa enviado. De esta manera las tres palabras: apóstoles, misioneros y enviados, tienen el mismo sentido inicial.

Si Jesús envía sus apóstoles primero con las ovejas perdidas de la casa de Israel, no es porque él haya querido excluir a los otros países o culturas, sino porque él quería comenzar dándole el privilegio al primer pueblo elegido: a Israel. Pero después él dirá: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.”  (Mt. 28, 19). ¿En qué consiste ser elegido por Dios para ser su discípulo, es decir ser su enviado? Fundamentalmente en dos cosas, que resumen toda la pastoral cristiana, y que en el evangelio del día de hoy hemos escuchado: hablar y actuar. Anunciar el Reino de Dios y hacer el bien: “Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen los demonios.”

Roguemos al Maestro de la cosecha para que envíe más obreros a sus campos, y pidámosle también tener la fuerza y la voluntad de obedecer a su llamado, ya que todos, por nuestro bautismo, hemos sido llamados a trabajar en su parcela. Amén.


[1] “La cosecha es grande y los obreros son pocos”. Ex 19, 2-6a; Rm 5, 6-11. XI Domingo de Tiempo ordinario,  Catedral Notre-Dame de Paris, Domingo 16 de Junio del 2002.

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