La fe como búsqueda de Dios

Mt.16, 13-20

[1]). La fe como búsqueda de Dios

 

Aquí en Francia se acostumbra mucho hacer encuestas de todo tipo para saber lo que piensa la mayoría de la población sobre determinado tema. Jesús también, en su época, quiso saber lo que la gente pensaba de él y por lo tanto les pregunta a sus discípulos. “Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo?” La respuesta es dada muy rápidamente: “Para unos Juan el Bautista, para otros Elías, y para otros Jeremías o alguno de los profetas”. La respuesta que la gente da, su opinión, es más bien favorable. Esto muestra que Jesús, en aquellos primeros años de su ministerio y después de todo lo que había hecho, era, no solamente comparado con alguno de  los más grandes profetas de Israel, sino que algunos pensaban que él mismo era la resurrección misma de alguno de los profetas.

Pero Jesús quiere ir aún más lejos y pasa del decir de la población anónima, que lo conoce poco, al decir de sus discípulos que lo conocen mejor: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Podemos imaginar aquellos segundos de expectativa, de incertidumbre, y tal vez de cierta angustia por parte de Jesús en espera de la respuesta por parte de sus discípulos. Como cuando una pareja de esposos, de novios, o simplemente de amigos se hacen la misma pregunta: ¿Y para ti quién soy yo? ¿Tú qué dices de mí?

En la respuesta de Pedro podemos remarcar un cambio importante de nivel. Del plano puramente humano y horizontal de las apariencias, es decir de la opinión general, él se eleva al plano vertical de la fe. “Tu eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.” ¿Cómo es posible que Pedro realice este “salto” de la horizontalidad a la verticalidad, es decir de la opinión a la fe? Respuesta que será escándalo para la opinión (o incluso para la razón) y locura para la fe de Israel. Pedro se expresa así porque él no habla a partir de él mismo, tampoco es el portavoz del grupo, sino que habla a partir de lo que Dios le ha revelado. Su respuesta no es una encuesta de opinión, no viene de la sabiduría humana sino de Dios. ”Jesús le contestó. “Feliz eres tú, Simon Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos.”

La fe se recibe, no se compra en las librerías o tiendas de autoservicio, la fe es un Don gratuito de parte de Dios. ¿Esto quiere decir que es un acto injusto por parte de Dios? ¿Por qué algunos la tienen y otros no? Si la fe viene de Dios, la búsqueda y el hambre de Dios pertenecen al hombre. En este sentido nos podemos preguntar: ¿Por qué Pedro, que tal vez no era el más inteligente del grupo, mucho menos el más joven, fue elegido como fundamento y como primer Papa de la Iglesia? Tal vez porque fue capaz de poner su corazón en sintonía (armonía) con la voluntad de Dios.

Durante más de ocho siglos esta hermosa Catedral de Notre-Dame de Paris ha sido testiga de la fe de millones de gentes de todas razas y culturas. Personas (peregrinos o turistas) que han logrado superar la mirada simplemente estética, basada en la belleza artística de este lugar, para buscar en ellos mismos un encuentro personal con Dios. Me viene a la mente la conversión del poeta Paul Claudel, que cae de rodillas ante la imagen de Notre-Dame de Paris  escuchando el Magnificat en la noche de Navidad de 1886; o muchos siglos antes, en otro lugar, la conversión del gran San Agustín, que al escuchar a un niño cantar en latín ¡tolle lege! (¡toma y lee!), entra a su cuarto abre la Biblia y se encuentra con el texto de San Pablo que invita a dejar la vida del hombre viejo para revestirnos del hombre nuevo (Rm 13, 13-14). San Agustín al igual que Paul Claudel y que San Pedro, viven momentos de gran intimidad con Dios, que quedarán grabados en ellos para siempre. Sin embargo, esos momentos precisos: 25 de Diciembre de 1886, en el caso de Claudel; aquella mañana de Marzo del año 387 en Milán, en el caso de Agustín; o finalmente aquella tarde en Cesarea cuando Pedro reconoció en aquel hombre Jesús al Mesías, es decir al enviado de Dios, fueron momentos preparados por Dios. La fe es el resultado de un largo camino de búsqueda y hambre de Dios. Llega cuando el hombre ya está maduro para recibirla, para confesarla, antes no.

El Señor nos invita hoy a responderle a la pregunta que dirige a cada uno de nosotros: “Y para ti, ¿quién dices que soy yo?” Independientemente de lo que hayas aprendido en el catecismo, de lo que hayas leído, o de lo que hayas escuchado hablar de mí por otros. Es una pregunta que nos compromete y que debe ser contestada personalmente. Tal vez si tenemos temor, o si creemos que todavía no estamos listos para dar una respuesta personal, pidamos al Señor que nos de el deseo para seguirlo buscando. Que no nos deje sin ese deseo, esa hambre de él, de donde surgirá seguramente la fe como respuesta de parte de él a nuestro deseo de encontrarlo.              Amén.

 


[1] “Y para ustedes, ¿quién soy yo?”. Is 22, 19-23; Rm 11, 33-36, XXI Domingo de Tiempo ordinario,  Catedral Notre Dame de Paris, Ciclo A, 25 de Agosto de 2002.

 

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