Poner nuestra confianza en Dios

Mt. 9, 18-26

[1]). Poner nuestra confianza en Dios

   En los dos textos que hemos escuchado el día de hoy, Génesis 28 y Mateo 9, podemos encontrar un elemento común: poner nuestra confianza en Dios.

En la primera lectura del libro del Génesis, remarcamos como Jacob intenta escapar de la cólera de su hermano Esaú. Ustedes recordarán que Jacob engañó a su viejo y moribundo padre Isaac para que le diera la bendición de primogenitura a él y no a su hermano mayor. Desde ese momento su hermano Esaú lo busca para matarlo. Jacob huye de su hermano, y cansado del viaje se acuesta y se duerme. Durante su sueño sueña que Dios está cerca de él: “Mientras dormía, soñó con una escala, apoyada en la tierra y que tocaba el cielo con su punta, y por la cual subían y bajaban ángeles de Dios. Yahvé estaba de pie a su lado y le dijo: “Yo soy Yahvé, el Dios de tu padre Abraham y de Isaac. Te daré a ti y a tus descendientes la tierra en que descansas”.” Si es verdad, como dice el psicoanalista Freud, que los sueños revelan los deseos más profundos de nuestro inconsciente, entonces Jacob –que seguramente tenía mucho miedo y no sabía qué hacer– pensaba y deseaba con mucha intensidad entrar en contacto, en relación, con Dios.

Por otra parte en el evangelio vemos dos situaciones distintas, pero que guardan algo en común: la fe en Jesús. Por una parte se trata de un jefe cuya hija acaba de morir, pero que él no se resigna a perderla; por otra parte vemos una mujer que sufre de hemorragias desde hace doce años, pero que tampoco se ha resignado y espera un milagro por parte de Jesús: “Con sólo tocar su manto sanaré”.

En los tres casos anteriores: Jacob que huye de su hermano; el jefe cuya hija acaba de morir; y la mujer con doce años de enfermedad, hay una constante: Se busca a Dios en los momentos inciertos, de sufrimiento y de dolor. En los tres casos hay una respuesta favorable por parte de Dios ante el sufrimiento humano. Una respuesta que le hace decir a Jacob: “El Señor está realmente en este lugar y yo no lo sabía.”

Pidamos al Señor la fortaleza de confiar plenamente en él en los momentos difíciles, cuando estamos tentados a pensar que ya no hay nada más que hacer, que todo es obscuridad, que la muerte parece ser más fuerte que la vida, el odio más fuerte que el amor, la desesperación más fuerte que la esperanza. Amén.


[1]). “Resurrección de una joven y curación de una mujer”. Gn 28, 10-22a, XIV Semana de Tiempo ordinario, Religiosas de St. Thomas de Villeneuve, Cluny, Paris, 9 de Julio del 2007.

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