Rostro y santidad

Mt 17,1-9

[1]). Rostro y santidad

 

Estamos llamados a ser santos, es nuestra vocación final independientemente de la vocación particular que cada uno de nosotros ha recibido. San Pablo nos dice en la segunda lectura: « Dios nos ha salvado y nos ha llamado para una vocación santa.” ¿Pero en qué consiste la santidad? ¿Dónde poder encontrarla?

 

La santidad no se encuentra mirando mi propio rostro. Ella no es una búsqueda egoísta e interesada por parte del alma, que busca la perfección para ser santa y bella. Los escrúpulos de un alma egoísta interesada por conseguir su propia santidad y perfección, se parecen a los esfuerzos de una adolescente que busca la belleza de su cara mirándose todos los días al espejo, y mientras más se mira más imperfecciones encuentra que tiene que esconder y disimular con maquillaje.

 

La santidad se encuentra mirando al rostro del otro. La santidad de descubre mirando al rostro del otro, de aquella persona que está enfrente de mí, como en el caso de la transfiguración de Cristo a sus apóstoles. La santidad no se encuentra mirándonos en un espejo que proyecta nuestra propia mirada, sino mirando el rostro del otro que nos invita a salir de nosotros mismos, a dejar nuestras seguridades para ir al auxilio del otro. La santidad es un llamado a salir de nosotros mismos, viaje a lo desconocido, sin posibilidad de regreso, sin protección. Como Abraham que escucha la voz de Dios para dejar su país y caminar en la nueva dirección que Él le va a indicar: “Yahvé dijo a Abraham: “Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré.” La santidad no la buscamos para nosotros mismos sino para los otros y, más todavía, no la buscamos por ella misma o por un deseo personal, sino como obediencia a la voluntad de Dios. La santidad es responder al llamado de Dios que nos llama, muchas veces, sin que nosotros se lo hallamos pedido. ¿En qué consiste la santidad? En primer lugar se trata de escuchar una voz exterior que me llama para ponerme a su servicio, para obedecerlo: “Una voz que salía de la nube dijo: “¡Este es mi hijo, el Amado; éste es mi Elegido, escúchenlo!”. Obediencia a una voz que viene de un rostro lleno de luz porque es el rostro de Dios.

Aquel día tres hombres, Pedro, Santiago y Juan, tuvieron el privilegio de experimentar un poco de la gloria de Dios a través de la experiencia del rostro transfigurado de su Maestro. Un “rostro humano” conocido al que tenían costumbre de ver, y con el que convivían todos los días, pero que sin embargo no habían logrado relacionarlo con el “rostro de Dios”.  Un rostro que ellos habían visto muchas veces pero al que no habían escuchado. Para esto fue necesario subir a la montaña, símbolo de la trascendencia, para lograr percibir algo misterioso y maravilloso que desprendía este rostro. “Señor, ¡que bueno es que estemos aquí! Si quieres, levantaré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.”

Nos podemos preguntar: ¿Podemos el día de hoy experimentar algo de la gloria de Dios al mirar un rostro humano? Yo diría que sí. Y más todavía, todo rostro, sobre todo aquellos que están sin protección: los pobres, desempleados, huérfanos, etc., se convierten en el lugar privilegiado en donde Dios se manifiesta. Pedro, Santiago y Juan participaron a la transfiguración por excelencia, ya que pudieron contemplar, por breves instantes, la gloria de Dios en el rostro de su Maestro Jesús de Nazaret. Nosotros también, por nuestra parte y de manera indirecta, podemos contemplar la gloria de Dios que se manifiesta en el rostro de cada hombre. El rostro del otro se convierte en el nuevo Sinaí en donde Dios me habla y me pide escucharlo.

¿Qué es lo que hay que hacer para poder vivir esta experiencia del rostro del otro como lugar de santidad a partir del cual Dios me habla? Tal vez hay que comenzar cambiando nuestra mirada con respecto a los hombres y mujeres que encontramos en nuestro camino. El otro no es un objeto o una cosa que yo pueda poseer, utilizar o poner a mi servicio; sino que el otro es rostro de Dios, presencia misteriosa o huella de Dios sobre la tierra, que me exige, me ordena, ponerme a su servicio. Voy a leerles un breve texto del filósofo Emmanuel Levinas, que nos habla de la santidad del rostro: “Yo me pregunto si se puede hablar de una mirada dirigida al rostro, ya que la mirada es conocimiento, percepción. Pienso que más bien el acceso al rostro es ante todo ético. Cuando usted mira una nariz, unos ojos, una frente, un mentón, y que usted puede describirlos, es que usted se dirige al otro como a un objeto. La mejor manera de encontrar al otro, es de ¡ni siquiera remarcar el color de sus ojos!  Cuando usted observa el color de los ojos, no está usted en relación social con el otro. La relación con el rostro puede, es cierto, estar dominada por la percepción, pero lo que es específicamente rostro, es lo que no se reduce a él. (…) En el acceso al rostro hay ciertamente un acceso a Dios.”  (E. Levinas, Ethique et Infini, p.79 y 86.)

Que podamos, gracias a nuestra relación con el rostro del otro, experimentar algo de la gloria de Dios, que me ordena escucharlo y servirlo.  Amén.


[1] La transfiguración del Señor. Gén 12, 1-4a; 2 Tim 1, 8b-10. II Domingo de Cuaresma. Ciclo A, Catedral Notre-Dame de Paris, 24 de Febrero de 2002.

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